Después de tantos años y tantas entradas, supongo que no será un secreto que lo mío con Tarantino no es precisamente una relación de amor. Tampoco de odio, ya puestos, porque en realidad no abomino del director ni su obra, pero no me parece que vaya a convertirme nunca en un fanático de su cine.
Al final, a pesar de mis reticencias, creo haber visto casi todo su cine. Al menos he visto un buen puñado, excepto Kill Bill, Reservoir dogs o Jackie Brown. Tres grandes títulos que no me llaman la atención y que, hasta ahora, he resistido ponerme.
En todas sus películas me pasa lo mismo: empiezo a verlas y me fascina la construcción de personajes, los diálogos y todo lo que va creando alrededor. Incluso me encanta, diría yo. Cada una de las películas que he visto, me parece que tienen momentos memorables y personajes inolvidables que han marcado un hito en la historia del cine.
No obstante, en algún momento de la segunda mitad de la cinta, llega la ensalada de tiros, la violencia y la sangre. De forma invariable. Y también de forma invariable, esto me saca de la película de tal forma que no vuelvo a entrar: Malditos bastardos, Los odiosos ocho, Django... Todas.
Érase una vez... en Hollywood es un ejemplo más. La confirmación de una opinión personal.
Los personajes de Rick Dalton (Leo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt) me parecen sólidos, tridimensionales y muy bien construidos, con unas motivaciones creíbles y unas circunstancias personales que podríamos tener cualquiera de nosotros.
La estrella en decadencia que sobrevive a base de pequeños papeles a la espera de que los grandes estudios y directores vuelvan a acordarse de ella y el doble de acción que se ha convertido en el hombre para todo, pero también en el soporte emocional. No se trata de una relación de amistado, porque la diferencia de estatus es demasiado amplia, pero todo lo demás está ahí.
El ambiente en el Hollywood de los años sesenta está reconstruido de una forma magistral. Es como hemos visto muchas veces en documentales o fotografías, como si estuvíéramos allí, viviéndolo: el vestuaro, el colorido, la música...
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| Otro meme de Leo |
Hay un buen puñado de escenas que merecen la pena: la disputa entre Booth y un emergente Bruce Lee que todavía era Kato en El avispón verde; otra es la llegada de Booth a la comuna hippy que se ha establecido en unos antiguos estudios al aire libre, llena de tensión dispuesta a arder con cualquier chispa y que me tuvo agarrado al asiento; por último, una de las escenas finales con el asalto a la villa de Rick, hasta que al director se le va la pinza por completo como viene a ser habitual. Aunque, a fuerza de ser sinceros, esa locura es bastante menor que en otras peliculas que ya he comentado y no he terminado con esa sensación mezcla de asco y disgusto que suelo tener.
Además de Brad y Leonardo, que están descomunales, como suele hacer Tarantino tenemos unos cuantos secundarios que, en su parcela, dejan huella en el espectador. Es otra de las virtudes del director, hacer unas películas corales en que cada personaje tiene su momento.
Mencionaría, por supuesto, a Margot Robbie (Sharon Tate), pero también a Margaret Qualley (Pussycat) y Austin Butler (Tex). Estos últimos se están haciendo un nombre en la Industria en los últimos años.
El resultado de todo este cóctel es una cinta de más de dos horas y media (tampoco se corta, el muchacho) que me ha gustado bastante más que otras anteriores y que, a pesar de su duración, me ha parecido sólida y entretenida. El 7,6 que luce hoy en imdb es una muestra más de que la película merece la pena.




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