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sábado, 11 de septiembre de 2021

¿Dónde estabas, hace veinte años?

Veinte años son casi media vida, para algunos. En cualquier caso es un tiempo ya apreciable para poder ver las cosas en perspectiva.

El 11 de setiembre de 2001 yo estaba bastante nervioso. Tenía un billete en el tren nocturno que me llevaría desde Gijón a Madrid, a la primera entrevista de trabajo en la que hoy es mi empresa. Pensaba comer y echarme una buena siesta, pues nunca había cogido ese tren y no sabía si iba a poder dormir. Además, no cogí compartimento, sino asiento y no estaba seguro de si iba a poder descansar.

Comiendo en la cocina, como siempre, teníamos el telediario en la tele de la salita, como siempre. Allí estaba el gran Matías Prats, hablando con voz de susto. Dejé de comer y me puse a mirar la pantalla: vi en directo, como medio mundo, el impacto del segundo avión y la bola de fuego que lo siguió. 

Aquello no era un accidente, sino algo premeditado. El mundo cambió y no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Recuerdo escuchar la radio en el tren y el debate en tiempo real que estaba decidiendo si se iba a disputar la jornada de Champions League (el 11 de setiembre de 2001 fue martes). 

A los niños de hoy, hay que explicarles lo bonito
que era este skyline

 

Pocas semanas después, ya habiendo superado una segunda entrevista y el proceso de selección, y mudado a vivir a Madrid, el mundo siguió cambiando. Estados Unidos invadió Afganistán a principios de octubre, el mismo día en que yo estaba pasando el reconocimiento médico. 

Ahora, veinte años después, Estados Unidos y todos los países occidentales aún presentes, han evacuado el país y los talibanes han vuelto a tomar el control y apoderarse del gobierno. 

Veinte años, cientos de muertos occidentales y miles de muertos afganos después, hemos vuelto al punto de partida, pero con China y Rusia habiendo adelantado por la derecha a estadounidenses y europeos, tomando ventaja en una negociación con el gobierno de un país que solo tiene piedras, arena, ganado y algunos de los componentes más raros y necesarios para la economía moderna. 

En la memoria queda un día que cambió por completo a la hora de comer; un viaje en tren más propio del siglo XIX, que incluía una parada de varias horas en Venta de Baños durante la que se desenganchaba nuestra máquina y los vagones (sin electricidad, aire acondicionado o calefacción) esperaban a que llegara el tren de Irún que los recogía y llevaba a Chamartín; un cambio de ropa y afeitado en los baños de la estación y una entrevista de trabajo. 

Aquél viaje fue uno de los más tristes de mi vida, si no el que más. Y aquél martes se grabó para siempre en la memoria. Luego vinieron otras jornadas impactantes, pero el 11-S cambió la faz de la capital del mundo y creo que solo se puede comparar con el 11-M, por cercanía.

viernes, 7 de junio de 2019

75 años de Omaha

Omaha la sangrienta
 
Juno

Gold

Utah

Sword

Aquello tuvo que ser escalofriante. Bajar de las lanchas de desembarco, tropezar en la orilla, oír zumbar las balas de una MG42, ver caer a tus compañeros justo a tu lado... 



Ayer se han cumplido 75 años del amanecer del 6 de junio de 1944. El Día D. 

Miles de muchachos británicos, canadienses, estadounidenses, algunos de los cuales ni siquiera sabrían ubicar Francia en un mapa, asaltaron la Fortaleza Europa y abrieron el segundo frente que los rusos llevaban años reclamando. A partir de ahí a Alemania se le fue escapando el aire poco a poco, aunque la guerra duraría casi un año más. 



Lejos de identificar a todo alemán con un nazi (aunque el tema daría para una entrada completa, sobre todo esa silenciosa aceptación del régimen por parte de la inmensa mayoría de la población y salvo muy honrosas excepciones), sí es verdad que seguramente estos muchachos salvaron al continente de un largo período de oscuridad. 



Siempre en el recuerdo, los caídos y los cada vez más escasos supervivientes de aquella jornada.  




domingo, 11 de noviembre de 2018

Cien veces once de noviembre

Once de noviembre. Con este, van cien. 

Cien años de la firma del armisticio en un vagón en Compiègne y que ponía fin a cuatro años de guerra. De la Madre de todas las Guerras, que dirían algunos. La que se suponía que iba a poner fin a todas las guerras futuras y que, un par de años después, se convirtió en el germen de la Segunda Guerra Mundial por, entre otras cosas, la avaricia de los vencedores que empujó a Alemania a una espiral de autodestrucción que traería consigo el ascenso del nazismo.

Más de cuatro años de pesadilla, de la industrialización del terror, que dejaron millones de muertos, otros cuantos millones de mutilados, países completos en ruinas y una desazón de la que Europa tardaría años en recuperarse.



Como decía, fue el germen de la Segunda Guerra Mundial, pero también del avispero de los Balcanes que todavía hoy colea, ya que uno de los efectos de la Primera Guerra Mundial fue la desaparición del Imperio Austro-húngaro, Kakania, un gigante con pies de barro que englobaba a diversas nacionalidades que vieron sus aspiraciones colmadas al final de la guerra.

Porque otro efecto fue el cambio de los mapamundis en todo el globo. Además del Imperio Austro-Húngaro desaparecieron el Imperio Otomano, el Imperio Ruso (sustituido por la naciente Unión Soviética) y el Segundo Reich Alemán (este último dejando paso a la efímera República de Weimar). Decenas de naciones surgieron del desmembramiento de los tres primeros, otras muchas cambiaron sus fronteras y el imperio colonial alemán se repartió entre los vencedores (Namibia, Tanganika...)...

Y aunque tuvo sus héroes románticos (Manfred Von Richthofen y el circo volante por ejemlo), la Primera Guerra Mundial será recordada como un desastre humanitario en toda regla y la aparición de armas que hicieron de la experiencia una pesadilla: ametralladoras, carros de combate, el inicio de la guerra aérea... y la guerra química.



Cloro, iperita... agentes químicos invisibles que atacaban de manera silenciosa y quemaban las vías aéreas y los pulmones desde dentro. De efecto cuantitativo limitado, fueron mucho más efectivos de forma cualitativa, sembrando el pánico en el frente.

Pero claro, el ser humano resulta incapaz de aprender de sus errores y pocos años después, se enzarzó en una nueva y cruenta confrontación que vion suceder alguno de los hechos más deleznables de nuestra Historia.

Dicen que hay que conocer nuestro pasado para aprender de nuestros errores y evitar repetirlos. Esperemos que sea así, aunque también hay un refrán muy conocido que dice que no hay dos sin tres...


domingo, 6 de marzo de 2016

Cien años de Verdún

Hace unos cuantos años, en este blog intercalaba diversas efemérides según iban surgiendo. Ha habido un poco de todo, pero la costumbre decayó y ya no consigo recordar cuándo fue la última vez que la Historia (con mayúsculas) fue protagonista de Historias de Iramar. Hoy, cuando se ha cumplido recientemente un siglo del inicio de la batalla de Verdún, es un buen momento para volver a los orígenes.

No deja de ser truculento que el objetivo alemán de la ofensiva del 21 de febrero de 1916 no fuera otra cosa que infligir un número de bajas elevado al ejército francés que lo dejara tiritando, para así poder concentrarse en derrotar definitivamente a los rusos. O sea que nada de territorio y ningún objetivo primordial, sino que los soldados alemanes mataran más rápido de lo que morían. 



Para ello, el estratega alemán Erich von Falkenhayn supuso que llevando al ejército francés a un punto del cual no pudiera retroceder, por motivos estratégicos o de orgullo nacional, llevaría a una situación en la que sus chicos pudieran poner en marcha un picadero de carne. 

Con estos antecedentes no es de extrañar que las bajas fueran abrumadoras para cualquiera que se informe: más de un cuarto de millón de muertos y cerca de medio millón de heridos entre ambos bandos. 

Si además leemos que se dispararon más de 23 millones de proyectiles de artillería y que en algunos puntos estallaron cincuenta proyectiles por cada metro cuadrado de terreno, nos haremos una composición de lugar bastante aproximada de lo que supuso Verdún. 

Pensemos ahora que Verdún fue una batalla que discurrió durante meses en paralelo a la batallad del Somme, en la que ambos bandos tuvieron unas bajas de aproximadamente un millón de hombres entre muertos y heridos (solo el primer día, 1 de julio de 1916, fallecieron cerca de veinte mil británicos). 


Cifras abrumadoras, muy diferentes a lo que es la guerra hoy en día, con operaciones a distancia casi quirúrgicas en las que cada baja propia se ve como una tragedia. Pero en 1916 la guerra estaba en manos de hombres que, en su mayor parte, veía a los propios como peones sacrificables (en el más amplio sentido de la palabra) en aras de un fin mayor: el honor de la nación. 

Solo han pasado 100 años de todo aquello. Conceptos como la Paz Armada nos llevaron después a la Guerra Fría que atemorizó el mundo durante treinta años. Nunca antes tuvo la especie humana tal capacidad destructiva, pero en los campos de Verdún (y del Somme o Ypres), se demostró que la inventiva humana para la destrucción va más allá de cualquier previsión: tanques, aviones, ametralladoras, artillería, guerra química... La industrialización del horror.

domingo, 15 de marzo de 2015

Terry y Alexander

Esta semana pasada ha sido abundante en efemérides y circunstancias dignas de reseñar. Entre ellas, se cumplían once años de los atentados de Madrid, del 11-M. Recuerdo que aquel día estaba desayunando en casa de mis suegros, en Gijón. Estaba haciendo unos cursos de doctorado y había pedido una semanita de vacaciones para poder hacerlos con tranquilidad. 

Por aquel entonces vivía en Madrid, asi que el impacto fue aún más grande si cabe. Incluso me llamaron compañeros desde nuestra central de Alemania, preguntando si me encontraba bien. Fue, y es, un palo tremendo.

Ese mismo día, el 11 de marzo, pero de 2015, se cumplieron sesenta años del fallecimiento de Sir Alexander Fleming. Es, quizá, uno de los nombres más importantes que ha dado la Humanidad y es indiscutible que sus descubrimientos cambiaron para siempre la Historia. 

Gracias a Fleming, las personas podían sobrevivir a infecciones bacterianas que poco tiempo antes hubieran acabado con sus vidas o las habría dejado graves secuelas. Quién sabe el número de vidas que salvó la penicilina en la Segunda Guerra Mundial, en la que las infecciones de las heridas estaban al orden del día. La calidad de vida de los más débiles, niños y ancianos principalmente, mejoró tanto que la esperanza de vida ha alcanzado niveles que no se hubieran podido soñar a principios del siglo XX. 

Su descubrimiento de la penicilina fue casual, pero su aguda mente fue capaz de vislumbrar el potencial detrás de ese accidente y guiarnos hacia un mundo mejor. Hoy apenas existe un sitio en el que no se le homenajee: calles, plazas, colegios, parques, sellos.

No es para menos. 

Gracias, Alexander





Apenas un día después, el 12 de marzo, se conoció la muerte de Sir Terry Pratchett. Tenía solo 66 años de edad, pero muy castigados tras su lucha de ocho años contra el Alzheimer. 

Uno de los escritores más vendidos, Pratchett alegró las vidas de millones de personas con historias que no solo destilaban humor. Escondida entre líneas se encontraba una aguda crítica social. Pratchett no solo nos hacía reir, sino que transmitía valores a todos aquellos que supieran rascar por encima de la superficie de su obra. Es increíble cómo la historia del Mundodisco evolucionó hasta este punto, sin perder un ápìce de popularidad.

Da vértigo pensar que ya no habrá ninguna más. Al menos, escrita de su mano. Quizá su hija, que colaboró con él en los últimos años, se decida a continuar la obra de su padre. Quizá no. 

Yo ahora miro con tristeza la estantería en la que tengo todos los libros publicados en castellano sobre el Mundodisco. A pesar de pertenecer a colecciones y editoriales distintas y ser estéticamente horrendo el batiburrillo de tamaños y colores, no dejo de pensar en todos los buenos ratos que he pasado con ellos. 



Gracias, Terry

sábado, 31 de enero de 2015

La industrialización del horror

Hace bastante tiempo que no publico una entrada haciendo referencia a algún hecho histórico concreto. Probablemente hubiera tardado más de no haberme dado cuenta de que hace unos pocos días se cumplieron 70 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por parte del Ejército Rojo. 

Mucho se ha escrito sobre lo que se ha dado en llamar Holocausto. Hay incluso negacionistas, lo cual me revuelve las tripas. Hoy no me apetece hablar de esto, sino que lanzaré unas preguntas al aire. Preguntas que resuenan con un eco en los barracones vacíos. 

La primera que se me viene a la cabeza cuando pienso en estas cosas es que cómo personas razonablemente cultas, racionales y lógicas, se reúnen en una casa en Wannsee y diseñan un plan de exterminio de millones de personas. Quizá sea porque eran fanáticos y esa misma racionalidad les proporcionaba una frialdad ante el sufrimiento ajeno. Quizá sea porque eran, simple y llanamente, sociópatas, incapaces de empatizar con sus prójimos. Quizá porque años de aleccionamiento hicieron que dejaran de ver a millones de personas como sus prójimos. Demasiados quizás, creo yo. 

El trabajo libera, o el cinismo más repugnante


La segunda es que cómo aquellos que recibían las órdenes de sus superiores las cumplían con, en ocasiones, tanta alegría como parece si leemos los relatos de los supervivientes. ¿Miedo a represalias? Todos sabemos que la fuerza del grupo es capaz de anular las individualidades o, mejor dicho, cómo personas de carácter débil se ven arrastrados por la marea, bien del grupo o bien de un líder carismático como, pásmense, era Adolf Hitler. O quizá lo hacían porque, simplemente, les gustaba. Sádicos con uniforme que daban rienda suelta a sus instintos. 

Las historias de los campos de concentración son historias de miseria. Hay, cómo no, alguna deslumbrante luz perteneciente a personas excepcionales que, aún en esas condiciones, brillaban como un faro. Aún y así, no compensan el horror. 

Mucho se ha escrito sobre el por qué una nación entera se convirtió en cómplice de una pandilla de malhechores. Por qué la barbarie se adueño de todas las clases sociales, de todo tipo de profesionales y se hizo bien visible en todos los órdenes de la vida. Por qué continuaron siguiendo a la misma pandilla de locos aún cuando todo estaba perdido. Por qué continuaban enviando a sus hijos, cada vez más jóvenes, al matadero. 

¿Es suficiente la humillación de Versalles, las desorbitadas indemnizaciones de guerra, el clima político de salvajismo extremo, suficiente para transformar a una sociedad entera? No lo sé. Quizá sí, o quizá no. Es cierto que, en vida de Hindenburg, Hitler no osó dar un paso más allá de las palabras. Lo que me lleva a otra reflexión: cómo un ciudadano normal es capaz de votar a semejante monstruo, aún cuando no ocultaba demasiado las líneas maestras de su pensamiento enfermo. 

La Primera Guerra Mundial llama la atención por el brutal coste en vidas humanas y por ser la muestra de lo que puede ser la guerra total y la inventiva humana puesta al servicio de la destrucción. Aún cuando las cifras y las descripciones ponen la carne de gallina, la Primera Guerra Mundial no puede competir con la puesta en práctica de la solución final. Si aquella fue la industrialización de la guerra, esta es la industrialización del horror. 

Y, además, algo así sucedió en la culta y vieja Europa, y no en cualquier rincón perdido del planeta. Nombres como Sobibor, Dachau, Treblinka, resuenan en lo más oscuro de nuestra memoria histórica, pero todos palidecen ante Auschwitz, en lo más alto de un imaginario podio del horror.

Aún hoy, la foto estremece a pesar de su aparente paz.
Jugamos con ventaja: nosotros sabemos qué había al final de las vías


Decía Hobbes en su Leviatán (afortunadamente estudié EGB y BUP): el hombre es un lobo para el hombre. Homo homini lupus, que decían los clásicos. Una gran verdad, si nos paramos a pensarlo.

Dicen que visitar Auschwitz marca para siempre. No sé si alguna vez tendré la ocasión de hacerlo, pero seguro que sería un eterno recordatorio de que, en lo más profundo de cada uno de nosotros habita un monstruo dispuesto a salir a la superficie cuando se den las circunstancias apropiadas.

jueves, 10 de abril de 2014

Cinco años

Tal día como hoy, hace cinco años, nacía este rincón de la red. De madrugada, a eso de las tres o las cuatro de la mañana, víspera de Viernes Santo. En ese momento decidí abrir un blog. 

Hasta hoy. El resto es historia.

Doscientas setenta y cinco entradas (con esta, doscientos setenta y seis). Más de diez mil visitas. Once seguidores (gracias a todos, por estar ahí), algunos de los cuales llegaron por casualidad y se quedaron... Mucho más de lo que hubiera podido esperar. Antes escribía para mí. Desde hace una larga temporada, también para vosotros.

Creo que la cosa está bastante asentada. Una entrada semanal, en algunos casos dos (vacaciones, verano, Navidad, Semana Santa...), en las que hablo de las cosas que me gustan. Muchas entradas pendientes (llevo una lista en la que voy apuntando cosas hasta que llega el momento y...), muchos libros por leer, muchas pelis que ver....

Es pronto para hacer planes, pero ahora mismo firmaría continuar otros cinco años.

Pues eso, que muchas gracias y un...


...abrazo

sábado, 21 de diciembre de 2013

Un país al paroxismo

Vuelvo después de unos cuantos -bastantes- días de inactividad en el blog y con una lista de asuntos pedientes que quiero comentar por aquí. Pero es que hoy se cumplen también treinta añazos de aquel famos partido España - Malta, clasificatorio para la Eurocopa de fútbol de Francia ´84. 

Es una de esas cosas que no se olvidan nunca. Yo no he sido nunca un gran aficionado al fútbol, la verdad, pero aquella tarde-noche de diciembre me puse frente al televisor  y a mis diez añitos fui testigo de la machada épica. 

La historia es por todos conocida. España debía ganar a Malta en el último partido. Eso nadie dudaba que iba a pasar. Lo que era más difícil era que se consiguiera por una diferencia de once goles que haría a España clasificarse por delante de Holanda (que tampoco era gran cosa por aquel entonces). 

Y así empezaron a jugar los españolitos. Nombres míticos de nuestro fútbol como Paco Buyo (en la portería en lugar del gran Arconada, no recuerdo muy bien por qué), Víctor, Gordillo, Maceda, Carrasco, Señor, Santillana, Maceda... Nombres que nos han acompañado durante nuestros años mozos. 

La primera parte terminó con el resultado de 3-1 y la sensación de que aquello no iba a ser posible, pero luego...



Recuerdo como el primer día la voz quebrada del no menos mítico José Ángel de la Casa retransmitiendo el último gol, el de Juan Señor, el que nos metía de cabeza en la Eurocopa, y todavía se me pone la piel de gallina.

Ahora estamos mucho más acostumbrados a las glorias deportivas de nuestros representantes. Hemos sido campeones mundiales, olímpicos o europeos en todos los deportes mayoritarios: fútbol, baloncesto, balonmano, waterpolo... tanto en categoría masculina como femenina. Disfrutamos de fenómenos como Gasol, Nadal o Fernando Alonso. Estamos en la cresta de la ola.

Pero en los primeros años de la década de los ochenta, la cosa era bastante distinta. El mundial de fútbol, celebrado el año anterior en nuestro país, se había saldado con un fracaso desmoralizador. Solo Seve Ballesteros o Ángel Nieto eran deportistas de escala mundial en sus respectivos deportes. Conseguir medalla en unos Juegos Olímpicos era poco más que utópico...

Y, lo peor de todo, es que la situación del país era bastante peliaguda. El terrorismo de ETA en su máxima expresión. Apenas habían pasado dos años del golpe de estado del 23-F y el PSOE llevaba un añito en el poder. Paro galopante. Inflación de dos dígitos anuales. Depreciaciones continuas de la peseta. Reconversión brutal en el sector naval, la minería y la metalurgia pesada... Pocas alegrías había por aquellos días, aunque la inocencia de mis diez años hiciera que no fuera consciente plenamente de lo que sucedía a mi alrededor.

Por eso, hoy va mi recuerdo a once chavales en pantalón corto que, persiguiendo una pelota, consiguieron hacer feliz a todo un país.




viernes, 6 de diciembre de 2013

Hasta siempre, Madiba

Es tarde, terriblemente tarde, y me caigo de sueño delante de la pantalla. Pero antes de irme a la cama tengo que escribir esta entrada, con lágrimas en los ojos.

Ha muerto Nelson Mandela, Madiba. Ya llevaba varios meses con una precaria salud. Simplemente su vida se ha ido apagando, no en vano había cumplido ya los 95 años. Una edad venerable que ha conseguido alcanzar a pesar de los largos años pasados en prisión, en condiciones difíciles.

¿Por qué escribo ahora, y no lo dejo para mañana?

La respuesta es simple: hay personas que no deberían morir nunca. Personas que hacen que uno vuelva a tener fe en un género humano capaz tanto de las acciones más atroces como de las más elevadas muestras de heroísmo. 

Mandela, con su sencillez, su honestidad y su perenne sonrisa, es una de ellas. 

Por eso, porque su memoria merece todo esto y más. ¿Qué son cinco minutos de mi tiempo comparado con la magnitud de toda una vida dedicada a la lucha social?

Deja ahora a un país, Sudáfrica, huérfano. Pero sin duda con él ha muerto un poquito de cada uno de nosotros.


INVICTUS (William Ernest Henley)
Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.




Osiyeza (The crossing), el bueno de Johnny Clegg



No hay palabras para honrarte






sábado, 23 de noviembre de 2013

Cincuenta años del nacimiento de un mito

Ayer se cumplieron cincuenta años desde que el entonces presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, fue asesinado en Dallas por Lee Harvey Oswald, un oscuro simpatizante comunista que consiguió su momento de gloria antes de, a su vez, caer abatido por Jack Ruby, un no menos oscuro hampón que se tomó la justicia por su mano.

O al menos eso dice la versión oficial, de la mano del estudio de la Comisión Warren. 

Pero hoy no me interesa hablar de teorías oficiales ni de conspiranoica, sino de cómo la muerte de una persona, en determinadas circunstancias, es el paso previo a su conversión en mito social. 

Ha ocurrido antes y volverá a ocurrir en el futuro: John Lennon, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, James Dean... John Fitzgerald Kennedy... generalmente gente joven que muere de forma inesperada y/o en la cúspide de su poder. 

Allá por 1963 Kennedy había prometido poner un hombre en la Luna antes de finalizar la década, había pronunciado un sonado discurso en Berlín (Ich bin ein Berliner, dijo), la había cagado en Bahía de Cochinos, había resuelto con firmeza la crisis de los misiles de Cuba, se ponía del lado de los afroamericanos en la lucha por los derechos civiles y comenzaba a dar importancia al conflicto en Vietnam. Además, había comenzado la frenética carrera para la reelección, no hay que olvidarlo. 

Aquellas balas en Dallas cortaron de raíz esta posibilidad para el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos y el primero católico. Los americanos se despertaron de lo que había parecido un cuento de hadas que había durado tres años, desde que Kennedy venciera a Trick Dick Nixon en las elecciones de 1960, por un escasísimo margen. 

¿A dónde quiero ir a parar? Pues a que toda esta vorágine de sorpresa y estupefacción llevó probablemente a idealizar lo que se había conseguido en esos tres años, tendiendo a olvidar los detalles más escabrosos de su personalidad (probable adicción al sexo, relaciones con la mafia, vida familiar cuestionable...) y a sustituirlos por una crónica edulcorada que sirve para vender una imagen prefabricada al americano de a pie. 

Con la perspectiva que da la distancia temporal, la figura de Kennedy se ve más completa, con sus luces, sus sombras y sus contraluces, que de todo hubo, sin duda.





domingo, 21 de octubre de 2012

Al borde del precipicio

Parece que fue ayer, y ya han pasado unos cuantos años, cuando el mundo (la Tierra, no el periódico) estaba polarizado en dos bloques antagónicos: la OTAN y el Pacto de Varsovia. 

Da vértigo pensar que para un quinceañero de la ESO, todo esto le suena a batallita del abuelo Cebolleta. Da vértigo pensar que los que vivimos todo eso ahora somos padres. 

No es la primera vez que el mundo vio una confrontación global de ese calibre (la Monarquía Hispánica contra todo lo que se movía en los siglos XVI y XVII; La Francia de Luis XIV contra Inglaterra, Austria, España, Holanda; Napoleón contra el mundo; La Triple Entente Cordiale contra los Imperios Centrales; El Eje contra los Aliados...)

En bastantes ocasiones hubo guerras entre los bloques antagónicos contemporáneos. Incluso guerras repetidas. Guerras que arrasaron poblaciones enteras.

La gran diferencia respecto a la OTAN-Pacto de Varsovia era que una guerra abierta representaba, potencialmente, el fin del mundo. Nunca antes en la Historia, los bandos beligerantes disponían de un arma que pudiera arrasar el planeta. Y lo que era más importante, la voluntad de utilizarla.



Durante casi cincuenta años vivimos permanentemente en el filo de la navaja, asistiendo a un tremendo pulso entre las superpotencias hegemónicas, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. Pulso que se reproducía en todos los aspectos de la vida: economía, política, deportes... Gracias a esa competitividad, llegó la Humanidad a la Luna.

Un buen número de conflictos de baja intensidad, en áreas de influencia que estaban en disputa. El mundo confiaba en que la disuasión nuclear bastaría como factor limitante. Al fin y al cabo, nadie en su sano juicio tensaría la cuerda más allá del punto de no retorno. ¿O sí?

Pero Fidel Castro expulsó a Fulgencio Batista de Cuba e instauró una dictadura que derivó hacia el comunismo militante. Probablemente fue empujado a ello, pero este hecho hizo que los Estados Unidos se sintieran amenazados. 

Hace ahora un poco más de 50 años, aviones espía estadounidenses descubrieron lo que parecía un despliegue de misiles soviéticos en Cuba. A esa distancia, el territorio norteamericano estaba en peligro. Durante los trece días que duró la crisis de los misiles de Cuba, el mundo asistió atónito a una escalada de tensión que parecía no tener fin y que iba directamente camino del precipicio.

La crisis de los misiles sería, probablemente, la vez en que se estuvo más cerca de una guerra nuclear total. Al menos que trascendiera a la opinión pública. No sabemos cuántas otras veces se estuvo tan cerca, o más, debido a errores humanos o de los sistemas de control...

Afortunadamente ya no existen esos bloques antagónicos y la nueva Rusia mantiene, aparentemente, el control del antiguo arsenal nuclear de la Unión Soviética. Solo países gamberros como Irán o Corea del Norte amenazan el equilibrio.

Lo que no tranquiliza, en absoluto.

martes, 10 de abril de 2012

Tres años

Hace hoy exactamente tres años que iniciamos la andadura de estas Historias de Iramar.  Este tiempo ha dado para más de 160 entradas, casi dos mil visitas, seis seguidores con firma (gracias) y alguno más que se esconde en la oscuridad (gracias también). 

No está mal, la verdad. Seguimos en la parte ascendente de la campana de Gauss y, dentro de la modestia, mantenemos un nivel estable de visitas. Quizá eche de menos algún comentario más, pero bueno, todo se andará.

Espero que sigáis ahí, echándonos unas risas a costa de Dan Brown, Artur Balder o José Luis Corral (de momento, ya tenemos Tríada) y comentando cosejas de interés. Espero por lo menos ahorraros ver bodrios en el cine o leer ladrillos y que podáis aprovechar vuestro tiempo en otras cosas de provecho.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El día de la infamia

7 de diciembre de 1941. Los japoneses ponen en práctica un plan del almirante Yamamoto para poner de rodillas al gigante americano. Atacan rápido y veloz, con la esperanza de acabar con la mayor parte de la flota del Pacífico. Aunque acaban con la vida de más de dos mil militares y hunden trece buques de guerra, las víctimas más preciadas, los portaaviones, no se encontraban en el puerto y se salvaron indemnes.

Fuente: Wikipedia


No soy un especialista en Historia, ni mucho menos, pero no acabo de comprender las razones del ataque ni las ventajas que podría conllevar. Los Estados Unidos, dirigidos por el presidente Roosevelt, se empecinaban en no entrar en guerra y únicamente aportaban armas y suministros gracias al programa cash & carry. Aunque evidentemente simpatizaban con las democracias occidentales, vivían en un continuo quiero y no puedo, haciendo equilibrios de circo para evitar lo inevitable.

A los japoneses, así como a los alemanes, les interesaba que esa entrada norteamericana en la guerra se produjera lo más tarde posible, tras consolidar las victorias en el Pacífico y en Europa, respectivamente. Su industria de guerra estaba estirada al máximo de su capacidad y el suministro de materias primas dependía de sus conquistas exteriores. Un país-continente como son los Estados Unidos, unido a su enorme potencial humano, desequilibraría la balanza de una forma decisiva.

Quizá pensaron que, obligándolos a luchar en dos frentes, incluso su inmenso poderío no sería suficiente para acabar con ellos. En cualquier caso, las previsiones más optimistas de los japoneses indicaban que si la guerra con los americanos se alargaba por más de seis meses, tendrían todas las de perder.

Así fue, por supuesto. Los Estados Unidos entraron en guerra y desequilibraron la balanza, dando más que oxígeno a los casi ahogados británicos. Aún así, fueron necesarios casi cuatro años más para acabar con la guerra en Europa y dos bombas atómicas para rendir a Japón. 

El ataque a Pearl Harbor es también fuente de innumerables teorías conspiranoicas, las más de las cuales vienen a decir que los dirigentes americanos sacrificaron hombres y material para torcer definitivamente la oponión pública americana hacia los fines que ellos mismos se habían marcado. La mera ausencia de los portaaviones en el puerto se ha señalado como una prueba más de ello. A mí se me hace muy difícil pensar algo así, queridos pasajeros de la nave del misterio...

Hoy, setenta años después, continúan las incógnitas.

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿Dónde he dejado la toalla?

Sí, amigos.

La vorágine del día a día ha hecho que se me haya olvidado sacar la toalla a la calle.

Olvido lamentable, siendo hoy 25 de mayo.

Menos mal que don Jaime ha visitado su blog favorito y, viendo tan imperdonable descuido, me ha llamado para cantarme las cuarenta en bastos.

Y ahora, ¡a dominar el mundo!

P.D.: no olvidéis una poner vuestro sable laser en carga...

sábado, 12 de marzo de 2011

domingo, 20 de febrero de 2011

Ya casi hace 30 años

La tarde del 23 de febrero de 1981 salí con mis padres de la consulta de Montes-Noriega, el otorrinonaringólogo (me fascina esta palabra) que me iba a extirpar las vegetaciones al día siguiente por la mañana. Por la radio de nuestro SEAT 1500 (de color verde manzana) oímos la noticia de la toma del congreso.

Hoy, casi 30 años después, echo la vista atrás y recuerdo.

Recuerdo que apenas fui consciente de los hechos, aunque mis padres cambiaron de actitud. Tenía apenas siete años, pero esas cosas se notan. A la preocupación por la operación (leve, sin necesidad de ingreso, pero siempre he sido un poco nervioso para estas cosas) se unía, presumo, el miedo a lo que se podía armar. Habían vivido una dura posguerra y ahora quizá vivirían una guerra.

Cuando fueron a la farmacia del barrio, la gente hablaba del bombardeo de Gijón durante la Guerra Civil por parte de un barco de guerra, así que llegaron con tembleque en las piernas. Mis preguntas respecto a quiénes eran "los buenos" tampoco es que ayudaran mucho.

Recuerdo que me metieron pronto en la cama; aunque no se sabía qué pasaría, se supone que iban a operarme prontito al día siguiente. Me dieron la medicación (en realidad, un hipnótico o algo así), me dejaron al cuidado de mi hermano, creo, y se fueron a casa de los vecinos. Allí les decían cosas como irse a la casa del pueblo y tal, una versión como otra cualquiera del "echarse al monte" de toda la vida.

Así hasta que, ya de madrugada, vieron por televisión el mensaje del Rey. En ese momento creo que respiraron un poco, aunque las noticias de que en Valencia habían salido los tanques a la calle no habían sido muy tranquilizadoras. Además, desde que volvimos de la consulta médica y fueron a la farmacia, no volvio nadie de casa a salir a la calle. Como el piso de mis padres es totalmente interior... no tenían ni idea de lo que había sucedido o lo que había podido suceder.

Finalmente, la mañana del día 24 mi padre fue a trabajar y mi hermano fue al colegio. Mi madre y yo, acompañados por una vecina, fuimos a que me extirparan las vegetaciones. La intervención se hacía sin anestesia aunque iba totalmente drogado con los medicamentos, no recuerdo si supositorios o pastillas, que tomé la noche anterior y aquella misma mañana.

Es curioso cómo algunos recuerdos, por banales que sean, permanecen en la memoria. Apenas recuerdo otra cosa más que las bolsas de plástico verde con las que me cubrieron los pies antes de entrar en el quirófano. Recuerdo, como si fuera hoy mismo, que pensé que eran bolsas de supermercado mientras iba tambaleándome por los efectos de los sedantes.

Al salir del hospital me compraron un airgamboy. A mí, que siempre he sido de los clicks de playmóbil... Pero bueno, era un motorista, tenía bigote, llevaba casco y en las manos parecía que llevaba guantes. No sé por qué, en mi inocencia, lo llamé Milans Del Bosch. Al principio fue el héroe de mis juegos pero luego, por ser más grande que los demás y un abusón, se llevó la peor parte.

La historia es por todos conocida. A pesar de ello, no me canso de ver cualquier programa especial que por estas fechas se emiten en las cadenas de televisión, ni de leer cualquier reportaje en revistas o periódicos, que tratan lo que se dio en llamar el 23-F.

Aún admiro a Suárez, Carrillo y, por encima de todo y de todos, a Gutiérrez Mellado. En su enjuto cuerpo, entrado en años, encarnó el ansia de libertad del pueblo español, valiente y frágil a la vez. Y me maravillo cuando veo las imágenes en las que, ni siquiera la insidia traicionera de Antonio Tejero fue capaz de ponerlo de rodillas. La vida no es justa, está claro, y Gutiérrez Mellado falleció en accidente de tráfico cuando se dirigía a dar una ponencia a un grupo de estudiantes que, supongo, hoy tendrán más o menos mi edad.

No falta quien dice que, aún hoy, estamos lejos de saber todo o de entender algunas implicaciones. No entraré en ello, pero sí considero que es un capítulo importante, probablemente el más importante de la Historia reciente de España. Y que no debemos olvidar, porque si olvidamos, la Historia tiene una molesta tendencia a repetirse.

Humildemente, dedico esta entrada a la memoria de todos los que aquel día se estremecieron como mis padres.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La Gran Guerra

11 de noviembre de 1918. Finaliza oficialmente la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra o la Guerra de las Guerras.

Tal fue el despropósito, tal el horror en los campos de batalla de Europa, que muchos pensaron que sería la última Guerra de la Humanidad. Los errores cometidos fueron muchos, las carnicerías debidas a ellos fueron innumerables. Verdún, Somme, Gallipolli, son algunos de los nombres que resuenan en la memoria. Largas trincheras donde los hombres sobrevivían como podían; cargas de innumerables masas de carne que eran segadas al son del tableteo de las ametralladoras; miseria, hambre y fango...

Apareció el tanque, el avión se convirtió en algo más que una herramienta de reconocimiento y los aviadores fueron los últimos caballeros andantes. Pero también se utilizó masivamente el gas...

Millones de combatientes murieron. Las fronteras de Europa cambiaron por completo. Desaparecieron tres imperios (alemán, turco, austro-húngaro). Los Habsburgo y los Romanov dejaron de ser dinastías reinantes en sus países después de cuatro siglos. Los Estados Unidos comenzaron el camino a lo que hoy son...

Pero tras la batalla vino el revanchismo. Lo peor de todo no fue que se vivieron cuatro años de pesadilla, sino que se sentaron las bases del victimismo alemán que en gran medida llevó al poder a Hitler.

Y lo que fue una pesadilla se convirtió en algo menor comparado con lo que habría de venir...

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un 11 de setiembre

Sin duda muchas cosas ocurrieron el once de setiembre de 2001. Aquí hablaré de dos.
La primera es que ese día viajé a Madrid para una entrevista de trabajo. Tomé el tren nocturno de Gijón a Chamartín y allí amanecí a eso de las 8 de la mañana. Un afeitado rápido en los lavabos de la estación y cambio de ropa en el retrete. Muchas veces he dicho que fue el viaje más triste de mi vida, pues entendía que las posibilidades de trabajar en Asturias se esfumaban con esa entrevista. Finalmente fui seleccionado, incorporándome a mi empresa el dos de octubre de ese año. Si Dios quiere, pronto cumpliré 8 años, pero por fin trabajo en mi tierra.
El otro, evidentemente, es el brutal ataque a las torres gemelas de Nueva York. Recuerdo que el segundo impacto se vio en directo por televisión, mientras Matías Prats contaba lo que estaba ocurriendo. Impactante. Como una película, pero esta vez era realidad. Muchas cosas cambiaron el 11 de setiembre y aún hoy arrastramos esos sucesos.
Otro día 11, esta vez de marzo, sacudió los cimientos de la inocencia española. Pero esa es otra historia.
A todas las víctimas de la barbarie.

martes, 1 de septiembre de 2009

Hace 70 años

1 de setiembre de 1939. Unos soldados polacos disparan a soldados del Reich destacados en la frontera entre ambos países. Ya tenemos casus belli y el resto es Historia.
Evidentemente el episodio nunca sucedió, pero a los jerifaltes nazis les importaba poco. Era el momento de conquistar un poco de Lebensraum, espacio vital, y a quién mejor que a los pobres polacos emparedados entre el gigante alemán y el coloso soviético.
Menos de un mes duró la resistencia polaca, hasta la caída de Varsovia. Su valeroso ejército, escaso de medios, no pudo resistir el empuje de la Wehrmacht y la puesta en práctica de las novedosas teorías bélicas de los militares alemanes.
Fue el comienzo de una guerra de pesadilla. Aproximadamente 60 millones de muertos, entre civiles y militares, en apenas 6 años de conflicto. La primera guerra verdaderamente mundial. La "industrialización del horror". Hoy Alemania, de nuevo unificada, es un país pujante, pero avergonzado de su pasado. Incluso mis compañeros de trabajo alemanes tienen esa percepción. Afortunadamente parece que han aprendido de sus errores. Lo mismo que Japón.
Pero no son sólo ellos los que deberían avergonzarse de lo sucedido. También los "aliados" deberían reconsiderar los hechos y hacer examen de conciencia. Pero en Nuremberg sólo se sentaron los de un bando.
Lamentablemente, la Historia la escriben los vencedores.

jueves, 6 de agosto de 2009

Tal día como hoy

El 6 de agosto de 1945 se arrojó la primera bomba atómica sobre Hiroshima. El arma de mayor poder destructivo de la Historia se presentó en sociedad, para sonrojo de la Humanidad.
Los datos de víctimas mortales varían. Parece que unos 80.000 murieron directamente por efecto de la explosión, y posteriormente la cifra se elevó a 140.000 debido a las heridas o la radiación. La ciudad prácticamente fue destruida.
La decisión de arrojar la bomba es discutible. Probablemente se ahorraron vidas, pues la perspectiva de una guerra de desgaste contra Japón era igualmente indeseable y previsiblemente gravosa para ambos contendientes. Mucho más discutible fue la utilización de un segundo artefacto sobre Nagasaki, con Japón aterrorizado y mucho más proclive a la firma del armisticio. Aquí probablemente entraron en juego consideraciones geopolíticas de alto calado, y un más que probable aviso a navegantes, un mensaje directo a Stalin.
Lo que no cabe duda es que el comienzo de la era nuclear tuvo efectos beneficiosos en su utilización civil como fuente energética, tanto como riesgos a la propia supervivencia del planeta y la amenaza de un holocausto nuclear.
Japón recuerda hoy, nosotros también.