Ayer se cumplieron cincuenta años desde que el entonces presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, fue asesinado en Dallas por Lee Harvey Oswald, un oscuro simpatizante comunista que consiguió su momento de gloria antes de, a su vez, caer abatido por Jack Ruby, un no menos oscuro hampón que se tomó la justicia por su mano.
O al menos eso dice la versión oficial, de la mano del estudio de la Comisión Warren.
Pero hoy no me interesa hablar de teorías oficiales ni de conspiranoica, sino de cómo la muerte de una persona, en determinadas circunstancias, es el paso previo a su conversión en mito social.
Ha ocurrido antes y volverá a ocurrir en el futuro: John Lennon, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, James Dean... John Fitzgerald Kennedy... generalmente gente joven que muere de forma inesperada y/o en la cúspide de su poder.
Allá por 1963 Kennedy había prometido poner un hombre en la Luna antes de finalizar la década, había pronunciado un sonado discurso en Berlín (Ich bin ein Berliner, dijo), la había cagado en Bahía de Cochinos, había resuelto con firmeza la crisis de los misiles de Cuba, se ponía del lado de los afroamericanos en la lucha por los derechos civiles y comenzaba a dar importancia al conflicto en Vietnam. Además, había comenzado la frenética carrera para la reelección, no hay que olvidarlo.
Aquellas balas en Dallas cortaron de raíz esta posibilidad para el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos y el primero católico. Los americanos se despertaron de lo que había parecido un cuento de hadas que había durado tres años, desde que Kennedy venciera a Trick Dick Nixon en las elecciones de 1960, por un escasísimo margen.
¿A dónde quiero ir a parar? Pues a que toda esta vorágine de sorpresa y estupefacción llevó probablemente a idealizar lo que se había conseguido en esos tres años, tendiendo a olvidar los detalles más escabrosos de su personalidad (probable adicción al sexo, relaciones con la mafia, vida familiar cuestionable...) y a sustituirlos por una crónica edulcorada que sirve para vender una imagen prefabricada al americano de a pie.
Con la perspectiva que da la distancia temporal, la figura de Kennedy se ve más completa, con sus luces, sus sombras y sus contraluces, que de todo hubo, sin duda.
El pasado fin de semana vi Thor 2: El mundo oscuro en el cine. Ya he comentado que Thor es uno de mis personajes favoritos de la Marvel y además la primera película me gustó bastante, no sé si por ser Kenneth Brannagh el director o porque iba predispuesto a ello, a pesar de algunos detalles. Y sí, también por ese Loki que por momentos se hace el dueño de la escena.
Así que no tuve dudas en pasar por caja a ver esta segunda parte, con el añadido de que aperece Malekith, uno de los malutos más carismáticos de la serie de comics.
¿El argumento? Hace eones, el elfo oscuro Malekith estuvo a punto de destruir los nueve mundos al utilizar un arma (el éter, no se han roto la cabeza con el nombre) para destruir la luz. El padre de Odín los derrotó, pero no destruyó el éter, sino que lo enterró (¡qué tontería, por dios!).
Muchos años después, la novieta de Thor lo encuentra por casualidad (¡cómo, si no!) y el éter se funde con ella.
Ya tenemos el cóctel necesario para involucrar a nuestro dios nórdico favorito que, cómo no, acudirá a la llamada del honor y la gloria, para enfrentarse en una lucha sin esperanza a Malekith, con la única ayuda de Loki (vaya, ¿quién lo diría?).
El dios de las mentiras, Loki, maneja a los mortales a su antojo
A partir de ahí, frenéticos movimientos de cámara tan de moda en el cine de hoy en día, hacen prácticamente imposible seguir la acción. Y hay una poca de acción, todo hay que decirlo.
Los elfos oscuros han defraudado. Son bastante curiosos en la caracterización, y tienen armas láser y naves espaciales. Los supervivientes de la guerra con el padre de Odín se encuentran en animación suspedida y... pero, ¡espera! ¿estamos hablando de Thor o de una peli de cifi? Y es que, en esta segunda entrega, se hace mayor hincapié si cabe en la idea de que los dioses nórdicos no son tales, sino una raza alienígena con avanzados conocimientos indistinguibles de la magia (hala, cita de Arthur C. Clarke sin citarlo).
No estoy muy seguro de que esto me guste demasiado.
En cuanto a los personajes, Thor está en la línea que ya le conocíamos y Loki se confirma como todo un descubrimiento. En esta ocasión a Odín le toca el momento de ser vengativo, colérico y poco dado al sentimentalismo. Y la doctora Jane Foster hace poco más que ser el receptáculo del éter y ponerle ojitos al rubio musculoso que tiene al lado. Los secundarios, graciosos y poco más, dando un contrapunto cómico que, bueno... tiene un resultado discutible.
La dama Sif
¿Y Heimdall?, negro como un tizón, por supuesto.
Decepcionado estoy. Tanto que le doy un seis raspado, casi dos puntos por debajo de la votación popular en imdb.
Los Reinos Olvidados son una de las ambientaciones del D&D, quizá la más popular (aunque de eso ya habrá tiempo para hablar) y, como no podìa ser de otra forma, pasó los límites del juego de rol para convertirse en franquicia literaria.
Lo que no tiene por qué ser necesariamente bueno, ni malo ya que estamos. Aunque por experiencia suele haber más de lo último que de lo primero, con algunos libros bastante infumables y con graves errores de traducción (por ejemplo la serie de Avatar).
Imperio es una trilogía compuesta por Los señores de la estepa, de David Cook, La muralla del dragón, de Troy Denning y Cruzada, de James Lowder, los tres publicados a mediados de los noventa del siglo pasado por Timun Mas (o Timan Más, si queréis) y que son una adaptación de las invasiones mongolas al universo de los Reinos Olvidados.
O sea, tenemos tres libros y tres autores. No sé si esto es una buena idea, pero tampoco soy lo que se dice un experto en historias franquiciadas. No obstante, se nota que han intentado minimizar los riesgos: los tres libros tienen un enfoque distinto y unos personajes protagonistas también distintos, así que no tienen demasiada influencia entre ellos.
De todos, el más interesante es sin duda el primero, Los señores de la estepa. Una historia de los mongoles y sus extrañas costumbres vistos a través de los ojos de un lama tibetano, Koja de los khazaris, que se convierte en anda (algo así como hermano) de Yamun Kahan, unificador de las tribus teiganas y autoproclamado emperador de todos los pueblos. Está bien estructurado y muestra las diferencias de pensamiento y obra de este pueblo nómada que acaba de darse cuenta de su poder gracias a un líder carismático. Una dosis adecuada de intriga y acción hacen del libro un cóctel interesante para los que conocemos el percal de los Reinos. Un seis con perspectiva positiva.
La muralla del dragón nos ofrece un cambio de perspectiva en el que seguiremos la historia a ojos de los chinos. Me gustó bastante menos que el primero, entre otras cosas porque hay una concepción más maniquea de la historia: los buenos son honorables, los malos son muy malos y de oscuros propósitos. Posee también algunos de los ingredientes que más me cargan en las historias de fantasía: una mujer de apariencia frágil pero que en realidad resulta ser una ninja experimentada (porque yo lo valgo) y unos niños que hablan y actúan de una forma muy poco infantil (como los cargantes niños de Parque Jurásico, por ejemplo). La historia va avanzando, pero el interés decae. Un cuatro y gracias.
El último volumen, Cruzada, remonta un poco, pero no mucho. El protagonista es Azoun IV de Cormyr, liderando una coalición de humanos, enanos y orcos que tratará de detener a la horda teigana. Buena parte del libro discute las propias motivaciones de Azoun y sus dudas al liderar la Cruzada. Añadimos también un conflicto paternofilial con la princes Alusair, todavía no sé muy bien por qué, resuelto de una forma bastante precipitada. Y, cómo no, aderecemos el asunto con ideas derivadas del propio juego de rol, del alineamiento de los personajes, en este caso un Legal Bueno como Azoun que se reconcome por dentro por mentir y por dirigir ejércitos en batallas en las que, sin duda, morirá gente. Vamos, de lo más creíble todo. Para este va un cinco peladito, más que nada porque me gusta esa sensación de desesperación al enfrentarse con un enemigo superior. Cruzada es también el volumen en el que la magia está más presente (a pesar de un Vangerdahast, mago mayor del reino, que en ocasiones resulta patético).
Es una serie dirigida a fanáticos de los Reinos o del juego de rol. Necesitaba un poco de lectura ligera antes de dirigirme a nuevos pastos, pero solo salvaría claramente al primer volumen.
Vamos pues con la segunda parte de estos recuerdos televisivos que tanto revuelo han levantado en el ciberespacio.
Ulises va volando por las galaxias, más veloz que una estrella fugaz... así empieza Ulises 31, una serie de la que no me perdía un capítulo hace ya más de 30 años. Su hijo Telémaco, el pequeño roboto Nono... una serie que mezclaba la ciencia ficción con los mitos clásicos de la Odisea. Todavía la recuerdo con mucho cariño.
También francesa, como la anterior, Erase una vez el hombre unía unos dibujos y unas historias que enganchaban a los niños con el afán de educar de una forma amena. Repasaba los mejores momentos de la Historia, desde la creación del mundo hasta nuestros días. A partir de aquí, otras series como Erase una vez el espacio o Erase una
vez la vida, tuvieron progresivamente menos interés. Vemos que el amigo
Jean Chalopin se hizo de oro con los niños españoles de mediados de los
ochenta.
Otra serie francesa, Inspector Gadget, que estaba bastante bien. La venían mis padres conmigo, y también se echaban una risas con el inspector. Si no fuera por su sobrina Sophie y el perro Sultán, otro gallo hubiera cantado. La intro en francés, como la ponían en la tele.
Otra serie francesa más, Los diminutos. En esta ocasión se trata de una especie de roedores antropomorfos, de una cuarta de altura más o menos, y que viven con nosotros escondidos de nuestra vista.
Pero también en España se hicieron buenas series de dibujos animados, principalmente gracias a BRB. Una de ellas adaptó nuestro clásico El Quijote, con la voz de Fernando Fernán Gómez y la canción del grupo Botones.
Otra adaptación fue La vuelta al mundo de Willi Fogg, del clásico de Verne La vuelta al mundo en ochenta días, en la que los personajes eran animales. El personaje de Tico, huelga decirlo, es propio de la serie de animación y hablaba con un acento muy andaluz. Aquí tampoco repararon en gastos, porque la canción de inicio corrió a cargo de Mocedades. ¡Vamos, Bully!
¿Y qué me decis de Los mosqueperros? D´Artacán, Amis, Pontos y Dogos, el cardenal, Planchet, Milady... Todos perros. ¡Eran uno, dos y tres, los famosos mosqueperros...!
El despertar de la conciencia ecológica llevó a nuestras pantallas al pequeño y carismático David el Gnomo y a su esposa, Lisa. Curiosamente esta serie fue censurada en los Estados Unidos de América: parece ser que para su mente luterana era excesivo ver a una madre amamantando a sus pequeñuelos. Curioso, en una época en la que proliferaban las pelis de Charles Bronson o Chuck Norris. ¡Soy veces más fuerte que tú, muy veloz y siempre estoy de buen humor!
¡Ahhh! Los pitufos, Gargamel, Azrael... han merecido una adaptación de Hollywood después de muchos años, pero en la vieja Europa hace décadas que sabemos de ellos.
Llegamos ahora a un mundo fantástico, lleno de seres extraños. Dragones y mazmorras (Calabozos y dragones en América) adaptación estadounidense de mi querido D&D. Supongo que fue una de las razones por las que todavía hoy leo fantasía y juego al rol cuando puedo, que siempre es menos de lo que quisiera.
¿Qué podemos decir de robots que se transforman en aviones, coches, camiones? Mola, ¿no? Optimus Prime, Megatrón y los demás luchan por la energía que les permitirá seguir con vida. Transformers, ahora una saga de cine de acción con mujeres cañon
O estos felinos a modo de superhéroes en una suerte de mundo de fantasía épica, los Thundercats siguiendo a su líder Leon-o en una lucha de la que recuerdo más bien poco aparte de esa espada que se va haciendo cada vez más grande: ¡Thunder! ¡Thunder! ¡Thundercats!
En plena preadolescencia, calculo que con doce o trece años, no me perdía un capítulo de Sherlock Holmes de Miyazaki. Una de las mejores adaptaciones del personaje, incluyendo aquí películas y series de televisión con actores reales. Si no recuerdo mal la echaban los viernes por la tarde y era el preludio de un largo fin de semana. ¡Es un detective de lo más singular, sigue cualquier pista hasta dar en el clavo!
Aún más mayor, ya por el COU, no me perdía tampoco un capítulo de Campeones, Oliver & Benji. Echando la vista atrás, era un poco fantasma la serie. Eso de que la portería salía por debajo de la línea del horizonte o que el balón se transformaba en elipsoide cuando le pegaban un patadón... pero Oliver Aton, Benjamin Price, Mark Lenders, Ed Warner, Clifford Yuma, los gemelos Derrick, quedan también en la memoria.
De la misma época, Los caballeros del zodíaco. Otra serie que no me perdía. Un poco sangrienta, eso sí, y cierta definición sexual en algunos de sus personajes (¿verdad, caballero de Andrómeda?). Comenzó a emitirse los domingos por la mañana y luego se convirtió en serie de diario. Estaba dividida en sagas, en una de las cuales incluso se enfrentaban a caballeros nórdicos.
Y aunque no se tratan de dibujos, Los Aurones también ocuparon un hueco de la parrilla televisiva. Un poco cutres para mi gusto, pero Gallofa tenía momentos de risa. Producción nacional.
El creador de Los Teleñecos nos sorprendió con Fraggel Rock, los goris, los fraggel, los curris, el tío Matt el viajero, el perro Sprocket...
Bueno, hemos hecho un repaso de nuestra niñez. No puedo evitar sentir nostalgia de aquellos tiempos. Las notas de estas intros despiertan recuerdos imborrables y, por qué no, las ganas de volver a ver aquellas series que me hicieron soñar de niño.
Uno ya tiene cuarenta años y su memoria cubre unas cuantas décadas. Los más jóvenes no recordarán que, durante muchos años, después del telediario de fin de semana y antes de la película, ponían en la tele algunas de las series de dibujos animados que marcaron nuestra infancia. También los domingos, más tarde, a eso de las seis o las siete, había alguna serie que otra.
Tiro de memoria en un ejercicio de nostalgia, que no pretende ser más que eso: recordar aquellas series que durante años me tuvieron pegado al televisor y con las que luego jugaba, imaginando que era uno de los personajes.
Empezando por Marco y su mono Amedio, que ponían cuando yo tenía tres o cuatro años. Su historia, ya conocida: sale de Génova para buscar a su mamá, que se había ido a la Argentina.
Otro clásico de la animación japonesa fue Heidi, con el abuelo, Pedro, Clara y Niebla. Libertad sin límites en los Alpes suizos. ¡Qué miedo de la Rotenmeyer!. Por cierto, unos frikis han calculado la longitud del columpio, basándose en el período de oscilación.
Otro clásico, esta vez gracias a Parchis ya que no me acuerdo de mucho, es Comando G, en su Ave Fénix. El diseño del robot es sospechosamente parecido a R2D2, pero cuidado, que es cinco años anterior al del amigo Lucas.
Más ciencia ficción. Otro clásico es Mazinger-Z, el gigantesco robot pilotado por Koji Kabuto, que luchaba contra los monstruos que un par de malutos, el Dr. Hell y el barón Ashura. Luego de muchos años la volvieron a echar a diario por las mañanas y la veia antes de ir a la Escuela de Ingenieros. Craso error, porque se cayó un mito de mi infancia. Aún así, las órdenes a viva voz de puños fuera y fuego de pecho no se pueden borrar de la memoria.
Vamos ahora con una serie española, Ruy el pequeño Cid (gracias, BRB) que se centraba en los años de infancia de un Rodrigo Díaz, Ruy, que ya apuntaba maneras de héroe. Aparecen también su primo Álvar (¿quizá el que fue su lugarteniente, Álvar Fáñez, Minaya) y Jimena. De pequeño tuve un castillo de cartón y una figuras troqueladas que se sostenían sobre una base de plástico. Con ellas podías soñar que eras un caballero medieval.
¿Qué me decís del pequeño Vickie el vikingo? Esta serie sí que sigue vigente (de hecho están poniendo una adaptación 3D actualizada y hasta dos películas de acción real). El ingenio del pequeño vikingo, en contraste con la torpeza del padre, saca a sus compañeros de cualquier situación problemática. Los habitantes de Flak, el padre Alvar, la madre de la que no recuerdo el nombre, la pequeña Ylvi, los vikingos Snorre, Tejure, Fax, Urobe, Gorm (¡estoy entusiasma-do!), el bardo... Compartía país de origen (Alemania) y voces de doblaje con la siguiente:
La abeja Maya, dulce abeja Maya, que viajaba con su amigo Willie mientras descubría ese mundo de color del que hablaba la canción. El saltamontes Flip, la mosca Puc (con grandes gafas negras que ocultaban sus ojillos miopes), la malvada araña Tecla y su acordeón, la señorita Casandra... Otra serie que no me canso de ver, ni siquiera ahora (también hay adaptación 3D)
¡Buf! Esto va a ser mucho más largo de lo que había pensado. Todavía quedan muchas series que recuerdo con cariño y que me gustaría volver a ver, así que creo que voy a tener que dejar una segunda parte (al menos) para otro día.