martes, 10 de abril de 2012

Tres años

Hace hoy exactamente tres años que iniciamos la andadura de estas Historias de Iramar.  Este tiempo ha dado para más de 160 entradas, casi dos mil visitas, seis seguidores con firma (gracias) y alguno más que se esconde en la oscuridad (gracias también). 

No está mal, la verdad. Seguimos en la parte ascendente de la campana de Gauss y, dentro de la modestia, mantenemos un nivel estable de visitas. Quizá eche de menos algún comentario más, pero bueno, todo se andará.

Espero que sigáis ahí, echándonos unas risas a costa de Dan Brown, Artur Balder o José Luis Corral (de momento, ya tenemos Tríada) y comentando cosejas de interés. Espero por lo menos ahorraros ver bodrios en el cine o leer ladrillos y que podáis aprovechar vuestro tiempo en otras cosas de provecho.

lunes, 9 de abril de 2012

¡Épico!

Archimagos de inconmensurable poder arcano, cargados de objetos mágicos que harían palidecer a los mismos dioses... Guerreros con relucientes armaduras y espadas que decapitan con un movimiento... Archidruidas que pueden transformarse en critaturas colosales con el fin de defender el equilibrio de la naturaleza... ladrones que, además de fundirse literalmente con las sombras y moverse en silencio, son capaces de abrir cerraduras con los ojos cerrados o apuñalar a sus víctimas con mortal eficacia...La magia crepita por doquier, los conjuros se apelotonan para ser lanzados con mortal eficacia: dedo de muerte, rayo relampagueante, resurrección, deseo, bola de fuego...

Dragones rojos, azules, verdes, negros... dracoliches, liches, espectros, vampiros, demonios... Los enemigos son de por sí potenciales catástrofes naturales, cuando no son los propios dioses los que caminan por el mundo en forma de avatares.

Los retos a los que se enfrentan los PJs son de tal enjundia que cambian la faz de la tierra o la historia de un país de un plumazo. No hay tonterías ni medios pelos cuando cada uno de ellos convoca a decenas de seguidores y desplaza toneladas de material...

Esto es, en resumen, lo que el sistema D&D (Dragones y Mazmorras en cualquiera de sus reencarnaciones) entiende por juego épico. A mí me supone un cierto aburrimiento y descontrol, la verdad. Son tantas las opciones que tenemos los jugadores que al final me acabo centrando en las tres o cuatro cosas que funcionan y desechando el resto. Total, ¿para qué? Y si en lugar de jugador soy DJ, no te quiero contar. Preparar un módulo se convierte en una labor titánica, crear los PNJ lleva mucho más tiempo del que dispongo... así que también me centro en tres o cuatro cosillas de toda la vida y ya está. O sea, que el juego se desaprovecha en un 70%, por lo menos...

No, amigos...

Lo realmente épico es jugar partidas con personajes de nivel 1. Creedme, lo sé...

Nada supera a la sensación de escurrirte por un laberinto de piedra, ajeno a lo que se esconde más allá del reducido círculo de luz de la antorcha, atento a cualquier ruido que delate lo que quiera que hay más adelante mientras evito pisar una losa o un cable que active una mortífera trampa. Todo ello con apenas 6 o 7 puntos de vida, insuficientes para soportar dos golpes bien dados de una mísera daga.

En esos momentos, una decisión errónea puede llevar a la muerte del grupo completo. ¿Giramos a la izquierda o a la derecha? El pasillo de la izquierda está oscuro como la boca de un dragón, pero el de la derecha huele como una cloaca... de dragón. ¿Malgasto el conjuro de sueño, el único que tengo para este día, con los dos centinelas de la entrada o lo guardo para más adelante? Si lo guardo, ¿quién me asegura que estaré vivo para cuando haga falta lanzarlo? ¿Y el orden de marcha? ¿Quién va el primero? Amigo, hay que tenerlos como el caballo de Espartero para presentarse voluntario...

Es en el primer nivel cuando los hombres se diferencian de los niños. Especialmente cuando detrás de la puerta se escuchan los ladridos que delatan una horda de kobolds que, en proporción de cinco o seis a uno, se apelotonan deseando clavar sus lanzas de palo entre los resquicios de las armaduras de mis camaradas. 

Sí, eso que saboreas entonces es ¡miedo! Disfrútalo, porque es la salsa del juego.

Eso sí que es ÉPICO.

viernes, 6 de abril de 2012

¡A los leones!

La décima novela de Marco Didio Falco lleva el sugerente título ¡A los leones! y vino de regalo con la revista Historia y Vida de la que soy asiduo comprador. Bueno, de regalo no. Pero a muy buen precio. 

Tenía ganas de leer algún libro de la serie, porque hace ya siglos que leí la primera (La plata de Britania) y me gustó mucho, aunque apenas recordaba nada de ella y ni siquiera sé por dónde la tengo (probablemente ande en casa de mis padres, escondida entre la multitud de libros que todavía tengo por allí). 

Ambientada en la época en la que Vespasiano se hizo con el poder en Roma, aúna un cierto aroma histórico con el sabor de las buenas novelas de misterio. Pero cuidado, que el aroma histórico es a veces un pelín difuso y las más veces un mero vehículo para recorrer junto con Marco la geografía de la Ciudad Eterna y las provincias del Imperio. El punto fuerte es el personaje principal, cínico como buen sabueso clásico, pero con un código de honor que le empuja a hacer lo correcto. La retahíla de secundarios da aún más color a la historia, como si estuviésemos en una especie de reality de la vida de Falco.

En esta entrega, Falco comienza un trabajo para el censo, buscando aflorar la economía sumergida (qué terriblemente actual suena eso) y devolver al fisco parte de lo defraudado. Como socio tiene al antiguo jefe de espías de Vespasiano, al que no soporta. Con esta base, nos encontramos frente a la lucha subterránea entre los empresarios que buscan la mejor posición a la hora de contratar con el Estado cuando el Anfiteatro Flavio (sí, el Coliseo) sea una realidad. La muerte de un león será el detonante de la curiosidad de nuestro amigo. Pero no es un león cualquiera, sino uno especialmente entrenado para ajusticiar a los condenados a muerte (ad bestias, que se dice).

No podía faltar: Panthera leo en reposo
 La trama se desenrreda poco a poco y, aunque pronto parece que no va a dar más de sí, nos guarda una sorpresa al final del libro (por lo menos yo no lo ví venir, aunque a lo mejor esto no quiere decir mucho). Para dar un poquito más de volumen, qué mejor que alguna trama secundaria familiar. 

El resultado final es más que interesante, mezclando todos los ingredientes en una medida aceptable. Una lectura agradable que me hará leer más, sin duda. Veremos qué tal se dan los primeros volúmenes de la serie, porque la única duda que me queda es cómo ha ido evolucionando la historia hasta este décimo volumen y cómo seguirá a partir de ahí.

Vamos a darle un siete, con perspectiva positiva.

miércoles, 4 de abril de 2012

El sicario de Dios

Película corta que no llega a hora y media de metraje. Es lo mejor que se puede decir de ella.

La idea no es mala: la Iglesia (Católica, por supuesto), entrena un grupo de Sacerdotes (así, con mayúscula que suena y todo) para combatir a los vampiros. Tras la victoria final, desbanda el equipo, que pierde contacto hasta que las circunstancias vuelven a unir a una parte de él. 

Así, en bruto, la idea no está mal. Pero en bruto, ¿eh?. Que cuando se desarrolla no es más que un refrito de spaguetti western, Mad Max, Matrix, El planeta de los simios, Juez Dredd, Rambo y 1984, con todos los tópicos típicos habidos y por haber. 

¿Parece Batman o qué?


Tenemos un prota duro, pero carcomido por su pasado al haber tenido que dejar atrás a su colega más colega del mundo mundial. Pero, a pesar de los pesares, nada hace mella en su granítica determinación.Tenemos al hermano del prota, carne de cañón y motivación primaria (venganza) para él. Tenemos al maluto. Malo malísimo de la muerte, pretende ser carismático y se nos presenta como un rival prácticamente invencible. Pero claro, si lo fuera no tendríamos película, ¿verdad? Tenemos tensión sexual no resuelta entre el prota y su antigua compañera, que si bien son sacerdotes, la carne es débil. Aunque eso, la tensión sexual no está resuelta, así que dependeremos de grandes dosis de bromuro. Tenemos una organización a la que es fácil poner de mala, la Iglesia Católica, que como el gobierno de los Estados Unidos tras Vietnam, se olvida de los que lucharon por ella en aras de mantener con mano férrea el gobierno de lo que queda del mundo...

Porque todo esto sucede en una Tierra postcataclísmica. Probablemente una guerra nuclear. Los hombres viven en ciudades amuralladas, fuera de las cuales no hay más que devastación (las tierras baldías), aunque grupos poblacionales minúsculos aspiran a prosperar fuera de la vigilancia del Gran Hermano, digo de la Iglesia. 

Así que los protagonistas son cowboys que cambian el caballo por una motocicleta solar, se enfrentan a los malos y... pues eso. 

¿Cómo quedan los vampiros en este meollo? Lejos de la moda glam de estos últimos años, los vampiros se reducen a criaturas bestiales ciegas (no en vano tienen que vivir en la oscuridad), que viven en colmenas y dependen de una reina. Ya está. ¿Para qué filosofar, si lo que vende es el gore?

Vamos, que siendo buenos podemos ponerle un tres sobre diez. Lo más chungo es que el final es abierto, porque no sea que la cosa se venda y podamos hacer una segunda parte...

domingo, 1 de abril de 2012

Certamen Teseo VIII

Una vez más, el portal El Multiverso.com convocó el certamen Teseo. En este caso, la pregunta a la que había que responder era ¿Qué le ocurrió a la Atlántida? con un relato (o dos) de un máximo de 500 palabras cada uno.

Hay que reconocer que ha sido un fracaso total. Por un lado,  Sin Rumbo ha sacado 1 puntaco. No me extrañó, porque tampoco tenía muchas ilusiones puestas en él. No deja de ser una sátira de un acontecimiento real por todos conocido, que podía gustar o no gustar. No podía competir con otros relatos más elaborados, y lo asumo. Su puesto, 29 de 35, empatado con otros dos.

Sol sin estrellas sacó 4 puntacos, de dos votantes distintos. Su puesto, 23 de 35, empatado con otros dos relatos. Pero en este sí que tenía esperanzas. Creo que es bueno, pero los comentarios indican que es allido, porque su final abierto deja al lector confuso. En general, tampoco se apreciaron juegos de palabras con los nombres y la situación, y se indicó que necesitaba mayor extensión para desarrollarse por completo. Creo que sí, porque la versión 0 tenía unas 650 palabras que hubo que ir recortando hasta llegar al máximo permitido. 

Bueno, un serio paso atrás, incluso peor que con mi primera intervención. No ha sido lo mejor que he ofrecido, pero Sol sin estrellas quizá no mereciera tanto castigo.

Juzgad vosotros.

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SIN RUMBO

Los glaciales ojos azules del superintendente observaron el rostro de Farelli. Ordenó sus notas con meticulosidad eslava, tomó un sorbo de sucedáneo de café y esperó paciente el reflujo de la marea ofendida. Cuando habló, lo hizo en un susurro.
—Creo que no ha tomado conciencia de la situación en que se encuentra, comandante —pronunciaba la neolengua con un fuerte acento—. Debemos aclarar lo ocurrido y determinar su responsabilidad en el accidente.
Farelli se pasó la lengua por los labios y miró fijamente la mesa de bioplástico, que reflejaba con dureza la luz de los focos del techo.
—Mire Vorykhov —probó otra vez—, ya se lo he dicho. No sé qué alteró el rumbo del Atlantis. Puede que un error en el navegador…
—¿Quiere usted decir, comandante —interrumpió Vorykhov—, que el encontrarse a más de veinte millones de kilómetros de su posición teórica, en el puñetero centro de un campo de asteroides de cuatro parsecs cúbicos, se debe a un fallo de un sistema que cuesta más de lo que usted y yo ganaríamos en cien vidas?
—Bueno…
—¿Mantiene —continuó Vorykhov, implacable— que se produjo una explosión fortuita en la cubierta de mantenimiento que, cito textualmente, hizo temblar los cimientos de la nave?
—Yo… —empezó, cabizbajo.
—¿Cómo explica entonces que el casco se rasgara hacia el interior?
—Verá…
—Y, ya puestos, ¿qué hizo para salvaguardar las vidas de sus subordinados y las valiosas grabaciones de datos del sistema? —apuntó Vorykhov—. ¿He de recordarle que estaba al mando del primer hipervuelo de la Historia?
—Sé muy bien cuál era mi responsabilidad, superintendente —trató de defenderse Farelli—, pero todo fue muy confuso. Estaba oscuro y apenas podía ver.
—¿Dónde se encontraba mientras coordinaba las labores de rescate? —dijo Vorykhov, tomando otro sorbo de sucedáneo—. ¿Por qué nadie lo vio en el puente de mando después de producirse la colisión?
—Estaba inspeccionando una cápsula de escape.
—Ya veo… —dijo Vorykhov mientras revisaba sus notas; enarcó los ojos, mostrando sorpresa fingida—. ¿Fuera del Atlantis?
—¡Se disparó por accidente!
Inclinándose con rapidez sobre la mesa que se interponía entre ellos, Igor Vorykhov propinó un sonoro bofetón que hizo girar la cabeza del comandante, quien solo acertó a llevarse la mano a la mejilla dolorida.
—¡Es usted una vergüenza para el género humano! —escupió el superintendente—. ¡No solo ha echado a perder cien años de trabajo y billones de créditos, sino las vidas de los tripulantes que estaban bajo su mando! ¡Ocho personas, Farelli! ¡Ocho! ¡Mezquino hijo de la grandísima…!
Trató de recuperar el control mientras Farelli se encogía sobre la silla, ante el brutal ataque de ira que se cernía sobre él.
—¡Fuera de mi vista! —aulló Vorykhov.
Al momento, dos guardias de seguridad entraron en la sala y se llevaron en volandas a un derrotado comandante, que aún balbuceaba incoherencias.
Al quedarse a solas, tiró el vaso, derramando el sucedáneo de café por la pared.
—¡Cazzo!

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SOL SIN ESTRELLAS

—Descendiendo por debajo de cinco mil pies —recitó—. Ajustando velocidad de inmersión a doscientos pies por minuto.
A bordo del pequeño Atlántida, el capitán John Scott miraba a través de los gruesos mamparos de plexiglás la negrura de las profundidades marinas, apenas hendida por los proyectores halógenos. Pronto llegaría a la plataforma submarina en la que se habían detectado anomalías en el campo magnético terrestre y que ahora afectaban a sus sistemas.
Revisó la telemetría, sin sacar nada en claro del galimatías en que se convertían los datos obtenidos por los sensores. Al menos, el batiscafo respondía con normalidad al modo manual.
Algo llamó entonces su atención. Los potentes focos iluminaron la superficie marina, salpicada aquí y allá de curiosas formaciones extrañamente regulares. Un intento de activar las videocámaras solo inundó los monitores de nieve y ruido, así que los desconectó y activó la comunicación.
—Poseidón, aquí Atlántida, ¿me reciben?
Un pitido agudo amenazó con romperle los tímpanos. Se vió obligado a despojarse de los auriculares aunque se aseguró de mantener el sistema de grabación en funcionamiento.
—Capitán John Scott, del buque de investigación USS Poseidón, a bordo del batiscafo Atlántida. Los sistemas de comunicación, audio y video no están operativos. El sistema de soporte vital funciona, de momento. Navegación en modo manual.
Hizo una pausa para acomodarse mejor frente a los paneles frontales.
—Veo unas formaciones regulares, dispuestas en dos líneas rectas paralelas que se pierden más allá del alcance de la iluminación. Decido seguirlas.
Las hélices del batiscafo impulsaron la nave ovoide hacia delante, estabilizando la altura sobre la plataforma a unos cincuenta pies. El sonar mostraba numerosas formaciones similares, cruzándose a intervalos regulares en perfectos ángulos rectos.
Minutos después decidió seguir una de esas avenidas —la palabra surgió, casi por casualidad— laterales por unos dos mil metros.
Unas figuras indeterminadas se cruzaron en el camino del batiscafo, de izquierda a derecha. Pudo ver otros grupos a través de los mamparos laterales,  siguiendo su misma dirección. El sonar marcaba decenas de puntos, guardando la distancia respecto a él.
—¿Qué coño es esto?
Había pasado por debajo de un arco sostenido por enormes columnas de lo que parecía mármol cubierto de coral. Extendiéndose a ambos lados, incontables pórticos cerraban una enorme plaza circular, en cuyo centro se alzaba la torre más alta que nunca hubo visto en la superficie.
La sección superior de la torre se iluminó. Primero de un color rojo mate, que fue ganando intensidad y virando hacia el amarillo brillante. Como una salida de sol, pensó, pero sin estar precedida por una noche estrellada.
La inmensa plaza quedó iluminada y vio centenares de edificios, brillando a la luz de este sol artificial, hasta donde alcanzaba la vista.
Apenas unos segundos después, la intensidad de la luz aumentó hasta que le hizo daño a los ojos e inundó el interior del batiscafo como si fuera pleno día. Miró hacia el sol y comprendió.
—Dios mío, parece como si…
Nada.