viernes, 18 de enero de 2019

El hombre en el castillo

Philip K Dick es un autor que ha sido adaptado al cine en numerosas ocasiones. Lo que se dice un filón, vamos. Desafío total, Minority report, Blade runner (¿en serio había necesidad de hacer una continuación, por dios?)... 

Otra novela suya, El hombre en el castillo, ha sido también adaptada. En esta ocasión como serie de televisión que aún no he tenido forma de ver y que he leído hace relativamente poco tiempo. 



La obra, corta como eran las obras de literatura de género hace treinta o cuarenta años, nos sitúa en unos Estados Unidos que están divididos en tres partes: el Oeste, bajo dominación japonesa; el Este hasta más o menos las Montañas Rocosas que se encuentra bajo dominación nazi; y una estrecha franja central que son unos estados semiindependientes, pero que en ningún caso se encuentran en condiciones de discutir la hegemonía de los dos anteriores y son un mero estado tapón que evita fricciones entre los dos gigantes.

La novelita se encuentra basada en la parte japonesa, en la costa Oeste. Los japoneses ejercen una dominación suave, con cierta apariencia de independencia, y bastante alejada de la mano de hierro nazi que oprime a la costa y los estados orientales de lo que fueron los Estados Unidos. 

En resumen, la Segunda Guerra Mundial ha terminado con la victoria de las potencias del Eje tras el asesinato de Roosevelt en 1940. 



Pero circula un libro, más o menos clandestino, que cuenta una historia muy diferente y bastante parecida a lo que conocemos. El autor, el auténtico hombre en el castillo, vive retirado en una cabaña apartada en lo alto de una montaña, por miedo a que los servicios secretos nipones o germanos tengan la tentación de enviarle a mejor vida. El título del libro: La langosta se ha posado.

Los protagonistas principales, todos estadounidenses, tienen en común un afán por consultar el I Ching, famoso oráculo chino. Supongo que también sería una de las muchas obsesiones del bueno de Dick, que al parecer iba sobrado de ellas. 

La verdad es que es todo muy lioso. Pasan las páginas, en las que vamos situándonos en el marco espaciotemporal distópico de la novela y aparentemente las historias van avanzando. Aunque cuando llegué al final me dió la impresión de que no habíamos ido a ningún sitio. Una extraña sensación de haber perdido el tiempo. 

Vaya carita... Y qué camisa...


O sea que, fuera de la novedad de presentar los Estados Unidos de América como si fueran una ex-nación, poco más puedo decir de El hombre en el castillo. No sé yo si Philip K. Dick es un autor para mí, o yo soy un lector para él. Lo voy a volver a intentar, pero no estoy seguro de si deberé dedicar mi tiempo en mejores caladeros. 


domingo, 6 de enero de 2019

Las aventuras del capitán Hatteras

Fascinantes aventuras en unos parajes igualmente fascinantes son las señas de identidad de Julio Verne. Ya sea por el aire, por el agua, bajo el agua, en el espacio exterior o en el interior de la Tierra, los personajes del genio francés persiguen quimeras que el resto de los mortales solo nos atrevemos a soñar. 

En este caso nos subimos a un barco sin capitán con un rumbo desconocido para participar en una empresa también desconocida. Los interrogantes se irán desvelando conforme pasen los días y nos veremos envueltos en el sueño de un hombre, el capitán Hatteras, por llegar a donde ningún hombre ha llegado jamás: el polo Norte. 

Acompañado por un enorme perro, el capitán Hatteras dirigirá con mano de hierro la expedición, haciendo frente tanto a posibles adversarios como a motines a bordo, hasta que solo le quede un puñado de incondicionales con los que, a pesar de todas las contrariedades y retos, paso a paso se dirigirá a su meta de forma inexorable.



Las aventuras del capitán Hatteras, el primero de los Viajes Extraordinarios, es un libro que he disfrutado mucho más que Viaje al centro de al tierra, aunque sea mucho menos conocido por el público en general. La forma de narrar el viaje a un territorio por entonces inexplorado como el polo Norte, que tantas vidas de hombres valientes se cobró durante el siglo XIX, mezclado con el intento de descubrir el paso del Norte entre la costa oriental de Canadá y la Alaska estadounidense, me pareció de lo más interesante.

El capitán Hatteras es el personaje principal, por completo obsesionado con ser el primer hombre en alcanzar la región polar y atormentado por las decisiones que se ve obligado a tomar en pos de ese destino que se ha marcado. Un personaje con más sombras que claros y del que muchas veces cuesta trabajo pensar cómo es posible que sea merecedor de la fe ciega del resto de protagonistas, entre ellos el doctor Clawbonny que es quien pone la nota erudita en la novela (podríamos decir que es el alter ego del mismo Verne, a través del cual el autor pone al lector al día de los últimos conocimientos científicos y tecnológicos relacionados con la aventura).

Por otra parte, el capitán estadounidense Alamont aparece bastante difuminado, bastante plano como personaje. Quizá porque su único objetivo sea dar a Hatteras un adversario digno de su talla y poco más.



Aventuras, regiones inexploradas de indudable belleza, animales peligrosos entre los que no podría faltar el oso polar que está a punto de devorarlos y que hace gala de una inquietante inteligencia. Todo lo que consideramos esencial en una novela de estas características lo encontraremos aquí.

A destacar lo chocante que resulta la teoría que imperaba por aquellos años (recordemos, segunda mitad del siglo XIX) de que una vez superados los hielos del océano ártico, la temperatura comenzaría de nuevo a subir y nos encontraríamos con una porción de agua libre de hielos que rodea el polo. Esta teoría se demostró con posterioridad errónea, pero la forma en la que Verne la describe es de lo más plausible.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Vengadores: Infinity War

El Universo Cinematográfico Marvel ha ido, pasito a pasito, preparándonos para un final de traca dividido en dos película. La primera de ellas es Vengadores: Infinity War y no defrauda, presentándonos a casi todo el elenco superheroico y al mayor de los villanos al que jamás se enfrentarno: Thanos, el titán loco.


Desde el principio en la nave que transporta a los supervivientes de Asgard, donde acaba con Loki y derrota a Hulk, Thanos se muestra como lo que se supone: un tipo duro, muy duro de pelar. Tiene además un objetivo claro: obtener las Gemas del Infinito y purificar el Universo, haciendo con su inimaginable poder que uno de cada dos seres vivos desaparezcan como si nunca hubieran existido. 

En el lado contrario tenemos a los de siempre. Thor, el Capitán América (que está en Wakanda), Iron Man, la Bruja Escarlata, Visión, Spider-Man, el Doctor Extraño, la Viuda Negra, Hulk (bueno, más bien Bruce Banner, porque el giganete esmeralda se niega a salir a la superficie, quizá acobardado por la paliza a la que le sometió Thanos). A todos ellos se unen los gamberros de los Guardianes de la Galaxia, que ponen un cierto tono de humor. Bueno, Gamora no. Gamora, como hija adoptiva de Thanos, y Nébula, tienen un papel determinante en la consecución de una de las gemas que le faltan al titán loco.


Pantera Negra y su séquito juegan también un papel protagonista, pues es en Wakanda donde se instala la última línea de resistencia mientras intentan extraer la última Gema del Infinito de la frente de Visión. 

Pero Thanos es mucho Thanos y al final logra de una épica batalla logra chasquear los dedos y.... nos vamos de caveza a Vengadores: End game y al final del Universo Cinematográfico Marvel como lo conocemos hoy en día. 

Vengadores: Infinity War es  una película abrumadora, no solo por las dos horas y media que dura su metraje, sino por la cantidad ingente de personajes, principales y secundarios, que acaban pasando por la pantalla. Tanto es así que si no eres un aficionado a las películas, lo más fácil es que acabes perdido en unos pocos minutos y no disfrutes del espectáculo, más preocupado por saber quién es el siguiente tipo estrafalario que va a salir en la película.


Además hay varias tramas que se entrelazan, siendo la más épica sin duda la forja de la nueva arma de Thor, una vez que Mjolnir fue destruido por Hela en Thor Ragnarok. Y digo épica, porque no se puede calificar de otra forma el arrancar de nuevo una forja congelada que toma su energía de una estrella. Y, por si no fuera esto poco, aquí hace su aparición Peter Dinklage en el papel del ¿enano? Eitri, forjador de Mjolnir y que se encargará de forjar la nueva arma.

Una vez más, Tom Holland se hace un hueco en nuestras retinas, con el mejor Spider-Man que hayamos visto. Sí, incluso mejor que el Tobey Maguire de la primera película, pero por supuesto que a años luz de Andrew Garfield. Spider-Man nos gana con sus referencias frikis y la naturalidad de un chaval de instituto que se encuentra en medio de algo demasiado grande, pero que aún así sabe hacer lo que haya que hacer porque él mejor que nadie sabe que un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Ciento cincuenta minutos frenéticos, culminados por una de las mejores escenas post-créditos que puedo recordar. Una de las mejores y una de las más duras de ver, con Nick Furia y María Hill envueltos en un atasco. Y el logo de la Capitana Marvel en el móvil, como un faro de esperanza.

Porque está claro que el Universo y los superhéroes que lo defienden van a necesitar mucha esperanza.

Contando los días para Vengadores: End game.


domingo, 23 de diciembre de 2018

El puente de los espìas

La Guerra Fría ha sido un período de la Historia del siglo XX que ha marcado al menos a un par de generaciones y ha dado frutos tanto en el cine como en la literatura. 

El puente de los espías, película del que fuera rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg, bucea en uno de los momentos más representativos de ese período histórico: el primer intercambio de prisioneros entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, en una partida que se jugaba en un tablero global pero que tenía en Berlín una de sus casillas centrales.



Los servicios de inteligencia norteamericanos capturan a Rudolf Abel, un agente soviético que lleva tiempo pasando información a su Madre Patria, totalmente integrado en el modo de vida americano. Por el otro lado, un avión espía es derribado y su piloto capturado en la inmensa Unión Soviética.

Mientras los norteamericanos buscan publicidad a su sistema mediante la celebración de un juicio "justo" que ponga en valor la democracia frente a la dictadura comunista, a los soviéticos se la pela el tema y lo que buscan es información técnica sobre el avión espía.

Otra mañana de lunes...

En el fregado aparece envuelto James Donovan (el bueno de Tom Hanks), un negociador experto de una empresa de seguros al que se le encarga la defensa de Rudolf Abel y, aunque se le pide que no el ponga mucho entusiasmo, resulta que él sí se cree que todos tenemos derecho a la mejor defensa posible y contra todo pronóstico consigue evitar una condena excesiva.

No hay nada como hacer un buen trabajo para que te encarguen otro marrón. Y en este caso no iba a pasar otra cosa, así que el amigo Donovan se ve en un viaje a Berlín con el encargo de negociar un posible intercambio de cromos, incluyendo el de un estudiante norteamericano de doctorado que es detenido en Berlín Oriental, cuando se ponía la primera piedra del Muro.

Con este planteamiento tenemos una película un tanto tópica, con los soviéticos, los alemanes orientales y los americanos tratando de sacar ventaja de sus cartas, sus mentiras y sus triquiñuelas, con Donovan, el héroe de cada día, el único que quiere cumplir con su deber y ser honesto, envuelto en los tejemanejes y los vaivenes de la negociación.





Lo mejor de la película es la siempre solvente actuación de Tom Hanks, el eslabón que conecta a James Stewart con Matt Damon, los tres héroes populares del cine americano, los tres yernos que todo padre quisiera tener.

Como personaje por derecho propio tenemos también el checkpoint Charlie, mítico puesto de control que separaba Berlín Este y Berlín Oeste en el sector norteamericano y que tantas reuniones semiclandestinas alojó. 

Y, finalmente, tenemo que agradecer el oficio de Spielberg, que sabe como nadie contar historias aunque sean del palo de El puente de los espías. Que probablemente hubiera sido un truño si no fuera por estos dos gigantes del cine y no fuera por la manera estadounidense de contar hasta las cosas más mínimas de su historia, con una grandilocuencia y una épica a la que no estamos acostumbrados los europeos.

Pasas un buen rato, pero no es para tanto, me parece.

sábado, 15 de diciembre de 2018

La isla mínima

El cine español a veces me sorprende. Otras veces, muchas, no. Pero a veces sí, y suele ser cuando trata el género policíaco o negro. Cuando hay crímenes y muertos encima de la mesa, hemos visto algunas propuestas más que interesantes. Sin ir más lejos, El cuerpo, la película del inclasificable peinado de Javier Coronado.

La isla mínima es una película que ya tiene unos cuantos años (es de 2014) y que aúna un ambiente agobiante con unos actores que desarrollan unos personajes creíbles. 



La historia que la sostiene es la de un asesinato de un par de jóvenes adolescentes en un pueblo de las marismas del Guadalquivir al que son destinados un par de policías de Madrid, con personalidades y opiniones políticas contrapuestas. Son los primeros años de la democracia y todavía hay un gran número de policías que continúan reciclándose desde las posiciones más reaccionarias del régimen anterior. 

Juan Robles (Javier Gutiérrez) y Pedro Suárez (Raúl Arévalo) tendrán que aprender a convivir entre ellos y con sus diferencias mientras aúnan esfuerzos en resolver el misterio ante el que se encuentran. 



La región de las marismas del Guadalquivir adquiere la relevancia de un personaje más. Las peculiaridades de la zona, unidas a la época en la que está ambientada la cinta, una época en la que los señoritos adinerados tienen más poder del que les correspondería por su posición social, sirviéndose de una población acostumbrada a obedecer sin apenas decir nada, pintan el marco social y geográfico de la historia. 

 Poco a poco, Robles y Suárez irán deshilvanando la madeja que les llevará a resolver el doble crimen, con grave riesgo para su vida. Al mismo tiempo, los hilos de sus vidas se irán entretejiendo y desarrollando algo parecido a la amistad. Quizá sea excesivo definirlo así, pero ambos comenzarán a comprender los puntos de vista del otro y construirán una relación basada en el respeto mutuo.

En cuanto a lo que es el misterio en sí, no hay mucho que decir. La verdad es que la película se me hizo un poco confusa y me parece que tira demasiado del recurso externo, en este caso un periodista de El caso (sí, el mismo periódico que se publicó hasta 1987 y en el que los españolitos ávidos de historias truculentas se informaban a través de personajes en sí mismos como la periodista Margarita Landi). 

Margarita Landi, un personaje en sí misma

Lo bueno, La isla mínima tampoco es una película hiperlarga como a las que nos tienen ahora acostumbrados.  105 minutos de metraje que se agradecen. Y hoy tiene un 7,3 en imdb.