domingo, 30 de diciembre de 2012

Caballeros del aire

La Primera Guerra Mundial fue un horror sin precedentes en la Historia de la Humanidad hasta ser superada por la Segunda Guerra Mundial. Desde su inicio hasta el armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918, a las 11 de la mañana, fue un conflicto sin sentido en el que millones de combatientes se despedazaban entre sí por un palmo de terreno.

La guerra de trincheras dominó la mayor parte de la contienda en el frente occidental, manteniéndose un equilibrio que ninguno de los dos bandos fue capaz de romper hasta que la entrada en la guerra de los Estados Unidos, con su inmenso potencial humano, económico e industrial, fue demasiado para una exhausta Alemania a la que sus aliados, Austria-Hungría y Turquía, salían demasiado caros de mantener.

Para el recuerdo quedan nombres como Marne, Somme, Verdún o Ypres, todos ellos sinónimo de muerte y destrucción sin sentido. Cifras como el 90% de bajas sufridas por Austria-Hungría (sumando muertos, heridos y desaparecidos) o más del 75% de bajas en Francia o Rusia; más de 60 millones de hombres movilizados con alrededor del 60% de bajas totales, el uso de gases de guerra, la aparición del tanque, globos de observación, el arma aérea...

Y justo aquí quería llegar yo con toda esta introducción. La Primera Guerra Mundial fue el bautismo de fuego de la aviación como arma de guerra. No olvidemos que la primera aeronave, más pesada que el aire, no apareció hasta menos de 10 años antes del inicio de la Gran Guerra. Hasta entonces, únicamente se habían utilizado globos aerostáticos, para observación, y aviones tanto para observación como para el bombardeo (reducido) de posiciones avanzadas.

El arma aérea se convirtió en la antítesis de la guerra de trincheras. Cual modernos caballeros medievales, cientos de jóvenes montaban en frágiles caballos de madera y tela para surcar los cielos en busca de enemigos contra los que combatir. Desde el momento del avistamiento, se acometían hasta que uno de los dos caía. 

Los aviadores estaban envueltos en un halo de heroísmo que los gobernantes utilizaban para mantener alta la moral del pueblo. Lejos del barro, los bombardeos, las trincheras y las mutilaciones, la vida del aviador era casi como idílica. Los combates entre enemigos, casi como una lucha entre caballeros. Y más jóvenes se alistaban en el arma aérea.

Aquí también tenemos nombres para el recuerdo: monturas como Fokker o Sopwith Camel; pilotos como Göring, de infausto recuerdo por sus hazañas posteriores; René Fonck, as de Francia con 75 victorias; Billy Bishop, as canadiense con 75 victorias; Ernst Udet, as alemán con 62 victorias; o Manfred Freiherr von Richthofen, probablemente el aviador de combate más famoso de todos los tiempos y, todavía hoy, una especie de héroe romántico.

Muerto a los 26 años de edad, fue el mayor as, no solo alemán sino de la guerra, con más de 80 victorias en su haber que le valieron la condecoración Pour le Mèrite, más conocida como Blue Max (antes había sido también condecorado con la Cruz de Hierro). Mundialmente conocido por su apodo, el Barón Rojo, debido al color con el que pintaba su aeroplano. Costumbre que fue también adquirida por sus compañeros de escuadrón, el conocido Jasta 11 o por el más colorido nombre de Richthofen´s Flying Circus. 

La imagen que se tiene de Manfred von Richthofen, en un triplano de color rojo surcando el cielo, es cuando menos curiosa. Richthofen apenas voló en triplano (Fokker) consiguiendo la mayor parte de sus victorias pilotando un Albatros. 

Herido en la cabeza en julio de 1917, pasó varios meses hasta volver a pilotar un avión. La leyenda habla entonces de que no se recuperó nunca del todo. Parece cierto que padecía dolores de cabeza, mareos y cambios de humor que pueden achacarse a la lesión. Novelas y películas especulan también con que tenía un presentimiento negro sobre su vida y que por eso combatía con arrojo temerario, como si no hubiera mañana.

Su muerte es discutida, pues no se sabe a ciencia cierta quién lo derribó: un piloto canadiense (Roy Brown) o un soldado de infantería australiano, que le dispararía al pasar el Barón Rojo en vuelo rasante por encima de sus posiciones mientras combatía contra Brown.

Lo que no se discute es que los mismos británicos enterraron a Richthofen con todos los honores, como a un héroe. El mismo epitafio muestra la admiración que tenían por él sus más enconados enemigos: 

Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz. 


viernes, 21 de diciembre de 2012

La luz al final del túnel

Nos acercamos a la Navidad, una época del año tradicionalmente llena de buenos deseos, esperanza y amor. Este año, en un país castigado por la crisis... bueno, la crisis no golpea a los países. Lamentablemente golpea a las personas. 

Decía que, este año, parece que no hay motivos por los que brindar una copichuela de sidra, cava o champán. Parece que la cuesta abajo será muy dura de remontar cuando toque hacer el viaje de vuelta. 

Pero bueno, también es cierto que siempre hay luz al final del túnel (a no ser que sea de noche) y que esta luz no tiene por qué ser la de un tren que nos arrolle. 

Vamos, que quiero decir que hay que levantar el ánimo. Y para eso, a lo mejor es necesario fijarnos en las pequeñas cosas, las que están a nuestro alcance, porque las demás están fuera de nuestro control. 

En estos días he encontrado un par de videos que ejemplifican un poco todo esto. Aquí os los dejo, esperando que los disfrutéis.
















domingo, 16 de diciembre de 2012

La traición de Roma

La traición de Roma es el último volumen de la trilogía de Santiago Posteguillo dedicada a Publio Cornelio Escipión, el Africano, vencedor de Zama. 

Y es precisamente tras esa batalla donde empieza este volumen, narrando casi veinte años de historia del amigo Publio, su familia, amigos y rivales. En paralelo se narra la deriva de Aníbal Barca, una vez derrotado en Zama y elegido sufete (cargo similar al cónsul de Roma) de Cartago, la traición de su pueblo y el viaje sin retorno que se ve obligado a realizar.

 

El autor se hace eco de alguna que otra anécdota apócrifa (el encuentro de ambos en Éfeso y su conversación), así como el suicidio una vez que todas las opciones se le habían acabado. 

Tenemos también a personajes conocidos: Cayo Lelio, Plauto, Netikerty, Catón, la familia de Escipión... Pero también nuevos personajes como Antíoco III de Siria y su séquito, Prusias de Bitinia, Eumenes de Pérgamo...

En la narración, destaca la descripción de la batalla de Magnesia en la que el poderío de la siria seleúcida se ve arrollada por los ejércitos de Roma. Batalla narrada con la agilidad a la que Santiago Posteguillo nos tiene acostumbrados. 

Pero también tenemos la acostumbrada retahíla de hechos o descripciones que me cuesta creer, como esa escena en Magnesia en la que Lucio Cornelio Escipión se dirige al combate haciendo un molinete con la espada, como signo distintivo de los Escipiones (esto, lo siento, no me lo creo). O la costumbre a narrar combates singulares de oficiales de alto rango, rodeados de enemigos a los que casi siempre derrotan haciendo alardes esgrimistas fuera del alcance de los demás mortales. 

O también encontramos la contraposición entre el bueno (Escipión) y el malo (Catón). Blanco y negro se enfrentan. Todo lo que hace Escipión tiene una justificación, mientras que Catón es el malo más malo desde el toro que mató a Manolete. Supongo que ni tanto ni tan calvo, pero está claro que todo best-seller necesita esa confrontación, por más que sea estereotipada y poco creíble en su desarrollo. 

La obra es anticlimática, pues termina, como no puede ser de otra forma, con la muerte del héroe (Escipión), con su figura ya difuminada por algún claroscuro, así como la muerte de su imagen especular (Aníbal), figuradamente heroica. Evidentemente, no podemos esperar un relato vibrante de lo que hacen unos ancianos de sesenta años de la Antigüedad Clásica.

El conjunto de la trilogía es decepcionante para lo que esperaba. En muchos foros he visto cómo se ensalza a Santiago Posteguillo como la nueva figura de la narrativa histórica española. No digo que no lo sea (sobre todo si lo comparo con José Luis Corral), pero no es para tanto. Creo que en algunos casos, esas críticas tan grandilocuentes (y muchas veces, interesadas) hacen un flaco favor al autor y a la obra que se supone deben engrandecer. Y son contraproducentes porque crean expectativas que luego no se cumplen. Este es uno de esos casos.

La traición de Roma se lleva un seis. Esperaba algo así y no ha hecho sino confirmarse.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La conquista de la longitud

Por mucho que el gran Terry Pratchett se empeñe en demostrar lo contrario, el mundo es redondo. 

Y en esta gran pelota (achatada por los polos para los que estudiamos la EGB), en este esferoide, los seres humanos han tratado de orientarse y viajar.

Al principio, cuando los hombres eran nómadas, tampoco tenía mucha importancia dónde ibas a parar, siempre que hubiera agua, alimentos y refugio por una temporada. Una vez agotados los recursos naturales, a emigrar y a otra cosa (los hombres somos un poco como langostas, pero a gran escala; el problema es que ahora, a escala planetaria, no hay dónde ir cuando acabemos con los recursos que ahora mismo tenemos). 

Luego, el hombre se enfrentó a un nuevo reto: navegar. Pero los inicios tampoco fueron tan complicados. Bastaba con navegar bien pegadito a la costa para saber dónde estabas y, si la cosa se complicaba, acercarse a la playa y hacer un vivac hasta el día siguiente.

Así podríamos seguir, pero llegó un momento en que los hombres tenían que viajar sin ver tierra. Y es en esos duros momentos donde hacía falta una buena técnica de geolocalización. Aparecen entonces los mapas y las referencias, para dividir la superficie de la Tierra en una inmensa rejilla que ayudara a trazar rumbos y marcar posiciones. 

Pero como somos así de raritos, cada país, cada región tomaba una referencia distinta, así que a cada mapa había que añadirle la cifra que lo hacía entendible para todos los demás. O sea, el punto de referencia que se había tomado para su desarrollo y el de los rumbos trazados.

Básicamente, cada punto de la Tierra viene definido por dos coordenadas: latitud y longitud. 

La latitud es cómo al norte o al sur se encuentra un punto del Ecuador. Para eso, están los paralelos (círculos imaginarios, de radio decreciente, que discurren paralelos al Ecuador entre éste y los polos). La forma de medir la latitud se conocía de antiguo, midiendo la altura de astros conocidos con elementos de ayuda fabricados por el hombre (sextantes, cuadrantes, octantes....). 

El problema venía al definir la longidud. O sea, la distancia al este o al oeste que se encontraba un punto de la Tierra, respecto a un meridiano (círculo imaginario perpendicular al Ecuador y que pasa por los polos, en los que se divide la Tierra) de referencia (hoy en día, el que pasa por Greenwich; podía haber sido el que pasa por Madrid, pero España perdió su oportunidad, en esto y en otras muchas cosas...).

Medir la longitud no era tan sencillo. Había que medir la diferencia horaria entre el punto de referencia y la localización del barco (porque esta dificultad aparece principalmente en las grandes travesías transoceánicas de los siglos pasados). Y la cosa no es baladí, porque los relojes, los cronómetros, tienen un error. Y si hay un error en la hora, hay un error en la posición. ¿Como de importante? Veamos.

Relooooj, no marques las horaaaaaaas


Supongamos que la circunferencia de la Tierra en el Ecuador es de 40.000 km. Y que tenemos 24 husos horarios de 15º cada uno. O sea, que cada hora supone aprox. 40.000 / 24 = 1.666,66 km (periódico puro). Y un minuto supone un error de 1.666,66 / 60 = 27,77 km. Y un segundo supone casi 500 m de desfase.

¿Cómo medir la diferencia horaria? Sencillo en principio, no tanto en la práctica: la hora local se mide por mera observación del sol. Pero para saber, en todo momento, la hora del punto de origen o de referencia, hay que tener un reloj que te la marque. Un reloj que soporte las penalidades del viaje (no despreciables en la época de la que hablamos) y que no atrase (aún más complicado). 

La Royal Navy británica convocó un concurso allá por el siglo XVIII a quien consiguiera determinar con exactitud (bueno, con un margen de error aceptable) la longitud. Y gracias a un tal John Harrison, inventor de varios cronómetros mecánicos (alguno de los cuales aún se puede ver en museos de la pérfida Albión), los barcos de Su Graciosa Majestad marinearon durante décadas con una gran ventaja tecnológica que convirtió a Inglaterra en dueña de un Imperio Global (el segundo, que nosotros fuimos los primeros...)


John Harrison, evidentemente


La inventiva del ser humano es, a veces, impresionante.

Por cierto, en esta entrada he empleado varias veces la palabra "hombre". Lo he hecho porque existe en castellano, y porque está generalmente aceptado su uso para referirse al género humano. Paso de correcciones políticas y de @ para dar idea de dos sexos. El castellano está para usarse, qué demonios.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Y su gloria renacerá

Hoy os traigo un relato escrito para el IX Certamen Teseo. En aquella ocasión rascó pocos puntos, la verdad, pero a mí me gustaba. De hecho, lo que aquí veréis es la versión ampliada, pues pasé de 500 palabras a unas 2.000. Pensaba que la historia merecía más extensión, clarificar algún punto, explicar algo más las motivaciones... sin cambiar la estructura básica del relato.

Una vez hecho esto, lo presenté a la IV edición del Ovelles Eléctriques, un certamen convocado en el blog del mismo título y que tiene un gran prestigio en el mundillo. 

Resultado: me comí los mocos.

Pero la cosa es que a mí me sigue gustando la historia, así que se la mandé al administrador de la página web de ociozero.com (muy recomendable, la tenéis en la lista de enlaces de interés, a la derecha del texto). 

Y su gloria renacerá es ciencia ficción como la que leía de chaval, cifi light, como se podría escribir en la década de los cuarenta o de los cincuenta del pasado siglo XX (salvando las distancias, claro). Cómo no, tiene giro final, que pretende ser sorprendente.

Espero que os guste.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ya van doscientas

Número redondo, entrada especial.

Ya van algo más de tres años y medio escribiendo este blog, que empezó como algo personal y de poca difusión. Después de ese tiempo y doscientas entradas, sigue siendo de poca difusión pero ya no es tan personal. 

Este rinconcito de la WWW tiene siete seguidores con cara y ojos y algún que otro personaje que se pasa por aquí de vez en cuando, aunque no esté registrado. A todos, gracias.

Creo que el blog está estabilizado, tanto en frecuencia de entradas (una o dos a la semana; tres en momentos de locura) como en número de visitas (unas 250 al mes) y lejos de la pendiente negativa de la campana de Gauss. De momento, si las cosas siguen yendo como hasta ahora, le queda cuerda para rato. 

Pues nada, un click y sube el marcador.




domingo, 25 de noviembre de 2012

Tiergarten

Hace unos cuantos días me he leído el libro de Erik Larson titulado En el jardín de las bestias. Otra de esas veces en que juegas a la ruleta rusa del Círculo de Lectores (abro inciso - cada vez es más difícil encontrar algo interesante en la revista, la verdad; este último bimestre me he tenido que pedir un libro de cuentos para la nena, porque no encontré nada que me llamara la atención - cierro inciso).

Digo que juegas a la ruleta rusa porque muchas veces no sé del libro nada más que lo que pone la pequeña sinopsis de la revista. En este caso estuve a punto de pifiarla: pensé que era novela histórica. Estaba equivocado.

Lo que me encontré se puede definir como un ensayo novelado. No es propiamente una novela, sino más bien un ensayo que se desarrolla como algo que recuerda una novela. Eso sí, hay un montón de notas al pie y una amplísima bibliografía. 

En el jardín de las bestias se centra en el período en que el profesor William Dodd fue embajador de los Estados Unidos en Berlín, pocos meses después de que Adolf Hitler fuera elegido canciller de Alemania. Más en concreto, de su hija Martha Dodd. 

 

El autor utiliza material privado (diarios, cartas) y público (informes, cartas) para dibujar con verosimilitud la deriva de opinión de la familia Dodd respecto a los nacionalsocialistas. Digo deriva, porque al principio los Dodd, si no simpatizantes, eran tolerantes con el nazismo, incluso con su solución para el conflicto judío (por aquel entonces no había exterminio, sino boicots y palizas de advertencia; vamos, nada a lo que un estadounidense sureño no estuviera acostumbrado...). Lo veían como un mal menor, un garante del orden en Alemania como salvaguarda de las tradiciones y de los tratados internacionales. 

Poco a poco se van enfrentando con la realidad. Y van viendo cosas que resultaban inimaginables en los Estados Unidos, nación garante de la libertad de los individuos (si el individuo era blanco y protestante, principalmente). La llamada noche de los cuchillos largos termina por abrirles los ojos, siendo Dodd uno de los primeros en advetir que el mundo se dirigía, cuesta abajo y sin frenos, hacia una confrontación global.

Un hecho importante: el embajador Dodd no asistía a la festividad anual del partido nazi en Nuremberg. Eso le granjeaba la antipatía de los nazis, además del respeto de las gentes de bien.

Aparte de eso, el libro es interesante porque describe cómo Martha Dodd, al principio únicamente interesada en fiestas, sexo, alcohol... la vida, vamos, pasa a interesarse por la política.  Y cómo comienza a simpatizar con el comunismo hasta que en los años cincuenta debe exiliarse de los Estados Unidos.

Un libro que se lee con rapidez, y que permite ser testigo de una época con los ojos de un observador externo. Aunque nosotros sabemos el desenlace, resulta curioso ver cómo la mayoría de la gente era bastante ingenua en esas fechas. 

Un siete (asumo que no todos los lectores dan el perfil para este libro, así que...) para un libro bastante recomendable si se tiene interés en el tema.

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Cómo están ustedeeeees?

Chico, era oir ese saludo y la algarabía infantil alcanzaba un volumen infernal. Mientras tanto, yo estaba en mi casa, dando buena cuenta de la merienda: unas onzas de chocolate, o un bocadillo de mermelada, nocilla o leche condensada. ¡Se me hace la boca agua, todavía!



Los payasos de la tele. Así llamábamos a la familia Aragón, a Gaby, Miliki y Fofito. No conocí a Fofó, el que dicen era el más conocido de todos. Sí ví los inicios de Milikito (Emilio Aragón, que luego haría carrera en la vida), haciendo de payaso mudo con un cencerro (o una bocina, no recuerdo bien). 



Cómo olvidar las canciones (La gallina turuleca, Susanita, Había una vez, Mi barba, Cómo me pica la nariz, Don Pepito y don José, En el auto de papá...), las actuaciones circenses, que dejaban con la boca abierta y, claro, los cortos. Entremeses, podríamos llamarlos. En ellos, los payasos de la tele burlaban una y otra vez a Fernando Chinarro y al mismo Gaby. 




Hace ya muchos años que lo dejaron. Gaby desapareció por completo de la vida pública y únicamente nos quedaban Miliki y Milikito, este ya como Emilio Aragón. 

El bueno de Miliki continuó con espectáculos en vivo y colaborando en televesión con su hija Rita Irasema. También publicó una serie de discos con las canciones que hicieron famosos a él y a sus hermanos. 

Posteriormente se supo que no era todo lo que relucía. El clan Aragón estaba polarizado entre Milikito (y Miliki) y los demás. Fofito, tras admitir un pasado de alcoholismo, denunció en prensa que su primo (y su tío) maniobraban para quitarle de enmedio y disminuir sus oportunidades de trabajo. Acusó a su tío de haber tenido siempre envidia del cariño que los niños profesaban al entrañable Fofó, su padre (del que hay dedicada una estatua, en Madrid, creo)...

No sabemos si todo esto es cierto o no. Cuando el río suena, agua lleva, pero en cualquier caso siempre hay dos versiones de la misma historia. Y es triste cuando las familias sacan los trapos sucios a pasear.

Hace unos días ha muerto Miliki, el último de los hermanos. El payaso entrañable que tocaba el acordeón y tantas risas me hizo pasar de niño. 

Un trozo de mi infancia se ha ido con él. Me hago mayor, sin duda.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Todo empezó con un big bang

Estos días me acabo de ver la quinta temporada de La Teoría del Big Bang (The Big Bang Theory para los perros sajones), la historia de unos frikis, inadaptados para la vida social, pero unos genios en sus campos de trabajo o investigación, así que podemos decir que estoy al día...


Penny, Penny, Penny
 La historia del doctor Sheldon Cooper, el doctor Leonard Hofstader, el doctor Rajeez Koothrappali y el señor (ojo, no doctor, lo que da un cierto juego en algunos capítulos) Howard Wolowitz es una sucesión de gags, derivados de su propia ineptitud para las cosas más sencillas, plagados de momentos en los que su grado de frikismo raya lo absurdo. Lo absurdo para quien no sea friki, claro. 

Leonard
 En estas cinco temporadas los personajes hay ido evolucionando y ya son algo menos sociópatas (bueno, Sheldon Cooper parece que no tiene arreglo, aunque las teorías para su comportamiento son también bastante frikis. Metafrikismo, podríamos llamarlo. O frikismo sobre el frikismo). La serie ha adquirido también más poso, más profundidad. Se ha convertido en una sit-com más típica, pero manteniendo ese atractivo inicial para gente de nuestra calaña.

Al principio, únicamente la bella y dulce Penny, la vecina de enfrente, era la contrapartida femenina de este cuarteto. Amor platónico de Leonard, con el paso del tiempo llegó a ser algo más que eso. Han cortado, han vuelto, han... no sé muy bien qué... Un poco como en Friends, pero con más gracia.

Wolowitz

Luego se añadió la pequeña, dulce y gritona Bernadette, novia y después prometida de Howard. Y, finalmente, Amy Farrah Fawler, pareja de Sheldon (con una relación algo peculiar, por supuesto regida por un contrato de noviazgo). Lo mejor de esto, volver a ver en televisión a Mayim Bialik (Blossom, en la tele, hace décadas).

La serie se basa en sus cuatro personajes principales, que son la caña, cada uno con lo suyo. Verlos jugando a World of Warcraft, Star Wars, algo parecido a Heroquest... Visitan su tienda de comics habitual una vez a la semana. Se tragan maratones de cine... Son como todos nosotros querríamos ser... bueno, a lo mejor no... pero juegan a todo lo que querríamos jugar. Y tienen tiempo de sobra para hacerlo.




Lo bueno de la serie, que además de enganchar al friki de pro, tiene bastantes papeletas para enganchar a alguien no demasiado relacionado con el tema. O sea, que el espectro de potenciales espectadores es amplio. Eso y que no hace sangre de los frikis. No es una serie de humillaciones, sino de realidades. Más o menos todos nosotros tenemos un poco de Sheldon, de Leonard, de Rajeez y de Howard (uf, espero tener algo menos de este...).

Raj
Momentos míticos:

  • A Sheldon le roban su dinero en World of Warcraft y llama a la policía.
  • Juegan a piedra-papel-tijera-lagarto-spock
  • El contrato de convivencia con la bandera del piso que, por supuesto, debe colocarse al revés en caso de emergencia.
  • Cuando Howard ve atrapada su cosita por una mano robótica con la que estaba "experimentando". Lo malo es que le pasa dos veces.
  • Sheldon disfrazado de Flash.
  • Penny disfrazada de Wonderwoman (es-pec-ta-cu-lar)
  • Rajeez disfrazado de Thor, o por qué un indio de la India no puede disfrazarse de dios nórdico.
  • Esa especie de tensión sexual no resuelta entre Howard y Rajeez... Juegan con su supuesta homosexualidad de una forma bastante inteligente...
  • El cameo de Stan Lee, el de Stephen Hawking
  • Y muchos más para descurbrir.
Una serie totalmente recomendable que merece un lugar junto a otras series míticas. Un nueve


sábado, 10 de noviembre de 2012

Acero puro

Tras el subidón de adrenalina de X-Men: Orígenes, pasamos a una vuelta a algo más terrenal con Acero puro (Real Steel), una cinta que tiene como telón de fondo los combates entre robots humanoides en un futuro cercano y lo que los rodea. 



Hugh Jackman es un boxeador retirado que, al suspenderse los combates de boxeo tradicionales trata de ganarse unos dólares controlando un robot boxeador. La verdad que sin mucha suerte, todo hay que decirlo. Es una especie de vividor, siempre huyendo de los acreedores y buscando ese golpe de suerte que le cambie la vida. El típico perdedor que tanto gusta a los yanquis...

Si a esto añadimos que tiene un hijo al que abandonó, que hay una cierta tensión sexual no resuelta con la dueña del antiguo gimnasio en el que entrenaba, y que pudo haber sido un campeón pero su mala cabeza se lo impidió, tenemos...

Una historia típica y tópica.

Pues sí, amigos, Acero puro no es más que otra historia de superación personal con la moralina que se suele incluir en Holywood. Nada que no hayamos visto ya un centenar de veces.

Si no fuera porque los combates entre esas máquinas de acero puro, de tres metros de alto y quinientos quilos de peso, son ciertamente espectaculares. Y si no fuera porque el robot Atom es un fajador al más puro estilo Rocky pero que, al igual que su modelo humano, consigue pelear por el título mundial...

Y si no fuera por Evangeline Lilly....

Si no fuera por todo lo anterior, la peli sería perfectamente olvidable. 

Y, si me apuras, casi que con todo lo anterior es perfectamente olvidable. 

Seamos generosos y pongamos un cinco. Más que nada porque logra entretener.

domingo, 4 de noviembre de 2012

X-Men Primera Generación

¡Askajsñlgknañdfdlfasnf!

¡Qué buena peli, por dios!

He visto el pasado viernes noche la peli X-Men Primera Generación y me ha encantado. La historia de cómo empezó todo, el Profesor X y Magneto de jovencitos, salvando al mundo del holocausto nuclear (la misma crisis de los misiles de Cuba de la que hablábamos hace unos días), luchando en una guerra subterránea con otros mutantes al servicio de los soviéticos (o, más bien, del megalómano Nicholas Show). 



El inicio es espectacular, no por los efectos especiales, sino por la historia en sí. El director nos sumerge utilizando el recurso de que tanto el joven Erik Lensher (Magneto) como el doctor nazi hablen en alemán. Así, a las bravas y sin subtítulos. La carencia de moral y de escrúpulos del doctor es en realidad escalofriante, poniendo la primera piedra en la férrea actitud de Magneto, que pasará los siguientes años como implacable cazador de nazis.

Es durante el desempeño de esta actividad cuando, por accidente, se cruza con Charles Xavier. No podían ser más distintos, ya que el futuro Profesor X es un niño bien, con acceso a los mejores centros académicos del mundo y que obtiene un doctorado con una tesis sobre la mutación. Junto a Xavier, la joven Raven / Mística (quién lo diría).

Pues eso, se presentan los personajes (cameo de Lobezno, bastante gracioso, incluido) y el principio de la Patrulla X. Me gustan, aparte de los principales Magneto y Xavier, el señor Shaw y la Bestia (veremos cómo, intentando eliminar su apariencia mutante, la caga y adquiere el aspecto que conocemos). Luego hay unos cuantos secundarios, con poderes bastante conocidos, hasta una especie de clon de Rondador en color rojo...

De acción va bien la cosa, con las impresionantes escenas a las que estamos acostumbrados en otras pelis del ramo. Así que por ahí no nos vamos a sorprender. 

Es la historia misma el punto fuerte. Vemos cómo crece la distancia entre Xavier y su amigo Magneto, separados por su diferente visión de las cosas: para Xavier, todos los humanos son mutantes y, por tanto, iguales; para Magneto los mutantes son una raza separada cuyos miembros deben unirse ante la amenaza común, los humanos. 

Otro de los puntos de interés de la peli es que veremos el origen del peculiar casco de Magneto o sabremos por qué el Profesor X necesita una silla de ruedas. 

Bueno, que me ha gustado. Más que eso, me ha encantado. Junto a la primera peli de Spiderman, para mí es la mejor del subgénero de superhéroes Marvel. 

Sin dudar, un nueve.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La yihad butleriana

Tengo una asignatura pendiente en el género ci-fi: el universo de Dune me parece bastante aburrido. No he sido capaz de leer más de tres libros de la saga y eso gracias a la fuerza de voluntad, porque cada uno de ellos es más lento y pesado que el anterior. Lo dejé cuando el hijo de Paul Atreides se convierte en una especie de reptil. Para mí, eso marcó el punto final. 

No obstante le he dado una nueva oportunidad. Un amigo, con el que coincido en mi partido semanal de baloncesto de los sábados, me ha dejado La yihad butleriana, escrito ya por el hijo del autor y desarrollador del universo, Frank Herbert.

En este volumen, creo que cronológicamente el primero (algo que no puedo confirmar totalmente por mi desconocimiento de la línea temporal de este universo), se nos descubre cómo la Humanidad se encuentra en lucha constante contra Omnius, una especie de supermente cibernética que controla lo que se da en llamar Planetas Sincronizados. En ellos, los humanos viven como esclavos sometidos a las máquinas pensantes.



Frente a ellos, la Liga de Planetas, que luchan por la supervivencia. Se da la paradoja, sin embargo, de que en algunos de estos planetas se permite la esclavitud, lo que deberia ser censurable o, al menos, cuestionable cuando se lucha por el futuro de la Humanidad.

En medio, los cimeks, organismos híbridos que se componen de un cerebro humano mantenido con vida desde hace milenios e instalado en cuerpos mecánicos de combate. Son los titanes, humanos que quisieron en su día trascender de su propia mortalidad y permanecer rigiendo los destinos del universo hasta que Omnius tomó el control y los redujo a sus lugartenientes.

La historia habla además de los Atreides y los Harkonnen, Arrakis, los gusanos de arena, la especia melange, los escudos corporales y las precursoras de la Hermandad Bene Gesserit.

Resumiendo un poco, diré que el libro se lee con relativa rapidez favorecida por la estructura de capítulos cortos. Pero que durante las más de seiscientas páginas no se logra empatizar con los personajes. La pretendida epicidad de la historia es más bien un intento, sin llegar a conseguirse en ningún caso y haciendo que el lector sea un mero observador de lo que pasa. 

Interesante, pero sin alcanzar la fibra. 

Mira que la peli original (aquella con el inolvidable agente Cooper de Twin Peaks haciendo de Paul Atreides, con Sting en el papel de uno de los hijos de Harkonnen), a pesar de los primitivos efectos especiales y la lentitud de la historia, me gustó bastante, pero es que el resto va decayendo. 

No sé si merece la pena volver con ello. De momento, va a ser que no.

Para la yihad butleriana, por su interés histórico, vamos a darle un aprobado justito. Un cinco. Y eso porque hay circulando por ahí cosas bastante peores.

domingo, 21 de octubre de 2012

Al borde del precipicio

Parece que fue ayer, y ya han pasado unos cuantos años, cuando el mundo (la Tierra, no el periódico) estaba polarizado en dos bloques antagónicos: la OTAN y el Pacto de Varsovia. 

Da vértigo pensar que para un quinceañero de la ESO, todo esto le suena a batallita del abuelo Cebolleta. Da vértigo pensar que los que vivimos todo eso ahora somos padres. 

No es la primera vez que el mundo vio una confrontación global de ese calibre (la Monarquía Hispánica contra todo lo que se movía en los siglos XVI y XVII; La Francia de Luis XIV contra Inglaterra, Austria, España, Holanda; Napoleón contra el mundo; La Triple Entente Cordiale contra los Imperios Centrales; El Eje contra los Aliados...)

En bastantes ocasiones hubo guerras entre los bloques antagónicos contemporáneos. Incluso guerras repetidas. Guerras que arrasaron poblaciones enteras.

La gran diferencia respecto a la OTAN-Pacto de Varsovia era que una guerra abierta representaba, potencialmente, el fin del mundo. Nunca antes en la Historia, los bandos beligerantes disponían de un arma que pudiera arrasar el planeta. Y lo que era más importante, la voluntad de utilizarla.



Durante casi cincuenta años vivimos permanentemente en el filo de la navaja, asistiendo a un tremendo pulso entre las superpotencias hegemónicas, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. Pulso que se reproducía en todos los aspectos de la vida: economía, política, deportes... Gracias a esa competitividad, llegó la Humanidad a la Luna.

Un buen número de conflictos de baja intensidad, en áreas de influencia que estaban en disputa. El mundo confiaba en que la disuasión nuclear bastaría como factor limitante. Al fin y al cabo, nadie en su sano juicio tensaría la cuerda más allá del punto de no retorno. ¿O sí?

Pero Fidel Castro expulsó a Fulgencio Batista de Cuba e instauró una dictadura que derivó hacia el comunismo militante. Probablemente fue empujado a ello, pero este hecho hizo que los Estados Unidos se sintieran amenazados. 

Hace ahora un poco más de 50 años, aviones espía estadounidenses descubrieron lo que parecía un despliegue de misiles soviéticos en Cuba. A esa distancia, el territorio norteamericano estaba en peligro. Durante los trece días que duró la crisis de los misiles de Cuba, el mundo asistió atónito a una escalada de tensión que parecía no tener fin y que iba directamente camino del precipicio.

La crisis de los misiles sería, probablemente, la vez en que se estuvo más cerca de una guerra nuclear total. Al menos que trascendiera a la opinión pública. No sabemos cuántas otras veces se estuvo tan cerca, o más, debido a errores humanos o de los sistemas de control...

Afortunadamente ya no existen esos bloques antagónicos y la nueva Rusia mantiene, aparentemente, el control del antiguo arsenal nuclear de la Unión Soviética. Solo países gamberros como Irán o Corea del Norte amenazan el equilibrio.

Lo que no tranquiliza, en absoluto.

domingo, 14 de octubre de 2012

El arte de destruir legados

Ya en varias ocasiones he visto cómo los autores de obras que podemos considerar de culto, se lían los trastos a la cabeza y se dedican a continuarlas, quizá en busca de reverdecer viejas glorias o, probablemente en la mayoría de los casos, por hacerse con un buen fajo de billetes.

La cosa ya viene de lejos. No hay más que recordar que Cervantes, después de ver cómo un tal Avellaneda se aprovechaba de su Ingenioso Hidalgo, decidió escribir una continuación. Lo que fue la segunda parte del Quijote, vamos.

Recuerdo también cómo Dumas, padre, continuó las andanzas de los tres mosqueteros más uno en Veinte años después. O cómo Arthur Conan Doyle tuvo que retomar a su personaje estrella, Sherlock Holmes, debido a la presion popular después de que creyera haberlo matado bien muerto en las cataratas de Weilerbach. 

En estos casos, la calidad de la continuación es al menos similar a la de su primera parte, así que no son un ejemplo de lo que quiero decir aquí: continuaciones que son manifiestamente inferiores a sus originales, o cómo se puede destrozar un legado que ha costado mucho construir. 

Vamos a ver algunos ejemplos:

Larry Niven escribió Mundo Anillo en 1970, ganando los premios más prestigiosos de la Ciencia Ficción. Aunque la historia no era gran cosa, el atractivo que supone la descripción del mundo con todo lujo de detalles y con una base científica sólida (quiero decir, si realmente se pudiera construir un mundo así), era suficiente para mantener el interés. En 1980 (véase el lapso temporal, un hecho que se repite en estos ejemplos) llega Los ingenieros de Mundo Anillo. Esta segunda parte carece de la misma base argumental sólida, pero además pierde el efecto sorpresa producido por la ambientación. No contento con esto, en 2004 y 2005 aparecen la tercera y cuarta partes, ya totalmente prescindibles (de hecho, no he leído la cuarta, visto lo visto). 

En la década de 1950, Isaac Asimov escribe la trilogía original de la Fundación, compuesta por Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación. Arrasó con premios y menciones especiales, y aún hoy se la considera una de las obras más influyentes de la Ciencia Ficción. Pero esto no fue suficiente para el bueno doctor, sino que en la década de 1980 escribió y editó Los límites de la Fundación y Fundación y Tierra. No tienen nada que ver con la trilogía original y además trata d conectar, un poco con calzador, con sus series de Robots y del Imperio Galáctico. El resultado es más bien desigual, con las tres primeras obras muy por encima en calidad respecto a sus sucesoras. Y de las otras novelas de la serie, escritas por terceros, mejor no hablar. 

Allá por 1977, un tal George Lucas dirige La guerra de las galaxias. La peli se convierte en un fenómeno de masas, como lo fueron El Imperio contraataca (uno de los pocos ejemplos de segundas partes que mantienen el tono de una trilogía) y El retorno del jedi. Podía haberse quedado así perfectamente, a pesar de periódicas revisiones únicamente destinadas a engrosar el tamaño de su cartera, pero a finales de la década de 1990 y principios del siglo XXI, perpetra una segunda trilogía, correspondiente a los episodios I, II, III (recordemos que La guerra de las galaxias era el episodio IV). A pesar de las ventajas de las nuevas tecnologías, esta serie es decepcionante en todos los aspectos: actores, personajes, historia... Genera ciertas incongruencias y no satisface más que a los más fanáticos. 

¿Por qué tú odias misa?


Años más tarde, el mismo Lucas dirige En busca del arca perdida, la presentación en sociedad de un tal Indiana Jones, uno de los héroes icónicos del cine. Luego llegarían Indiana Jones y el templo maldito e Indiana Jones y el santo grial. La segunda parte resultó ser un poco pobre, no así la tercera que presentaba al padre del Dr. Jones en la persona de Sean Connery (¿recordáis que hubo una época en que este tío tenía que estar en cualquier peli que se preciara?). También podía haberlo dejado ahí, pero no. Tuvo que perpetrar la infame Indiana Jons y la calavera de cristal. Otra cagada, con la gravedad de que el amigo Lucas es reincidente. 

¿Qué puede ocurrir si a la Rowling se le ocurre, digamos dentro de diez o quince años, retomar a nuestro querido Harry Potter? 

¿Qué puede hacer a un autor arriesgarse a enfangar así su legado?

Son cuatro ejemplos, pero seguro que hay muchos más.


domingo, 7 de octubre de 2012

La Gran Armada

El último libro que he terminado en estos días ha sido el ensayo La Gran Armada, de los británicos Colin Martin y Geoffrey Parker, y que trata de la que en su día se llamó La empresa de Inglaterra, luego fue La Grande y Felicísima Armada y finalmente La Armada Invencible, con socarronería británica.

Como en otras ocasiones, manda narices que tengan que ser unos sajones herejes a enseñarnos nuestra Historia. Sí señores, Mr. Martin y Mr. Parker son unos de los mayores expertos en ese suceso que pudo cambiar el rumbo de la Historia del Mundo.

Ojo, esta no es la portada de la edición de Círculo

La historia debería ser por todos conocida: en 1588 zarpó del puerto de Lisboa la mayor Armada jamás flotada por la Monarquía Hispánica. Su destino, el Canal de la Mancha, donde debería conectar con el Ejército de Flandes del duque de Parma, Alejandro Farnesio, uno de los mejores generales de su tiempo. El objetivo final, la conquista de Inglaterra. Y, si la conquista no fuera posible, forzar una paz favorable. 

El resultado también debería ser conocido por todos: la Armada y el Ejército de Flandes no pudieron conectar, así que Parma no fue capaz de cruzar el Canal. La amenaza española desapareció tan pronto como vino, y los barcos se enfrentaron a un horrendo viaje de vuelta a través del Mar del Norte y la costa occidental de Irlanda. 

Para la Historia, la supuesta ineptitud del duque de Medina Sidonia, que se encontró con el mando de la Armada tras la muerte del marqués de Santa Cruz. Y también la supuesta cita de Felipe II, una vez supo del fracaso: "No envié mis naves a luchar contra los elementos".

Los autores nos muestran un cuadro meridianamente claro, no solo de la empresa en sí, sino también de los factores geopolíticos que llevaron a ello. Luego nos desvelan qué ocurrió durante la travesía del Canal y finalmente explican qué pasó durante el viaje de retorno. 

Todos los capítulos vienen trufados de notas al pie, todas ellas dando base documental a las afirmaciones, citas y demás que nos están mostrando. Y es que la base documental es ciertamente apabullante. 

Y, para terminar, un poco de historia ficción, un capítulo de ¿Y si...? En este no se trata muy en detalle, sino que se esboza lo que podría haber sido el progreso de la invasión. Eso sí, dejan claro que si el Ejército de Flandes, con más de 20.000 avezados veteranos, hubiera puesto un pie en Inglaterra, la reina Isabel no habría tenido argumentos bélicos que oponerle. Los autores son realistas y piensan que la conquista no habría sido posible, pero el segundo objetivo de obtener una rendición y una paz honrosa se habría alcanzado con una relativa facilidad.

En resumen, es un libro que se lee con agrado (lo más lioso es pasar páginas atrás y adelante para consultar las notas al pie de cada capítulo), bien documentado y bien expuesto. A pesar de que los autores sean sajones...

Un bien merecido ocho, y recomendable para aquellos que quieran aprender un poco más sobre el tema.

Otro acierto en esa selección a ciegas que, cada dos meses, me ofrece la revista del Círculo de Lectores.


domingo, 30 de septiembre de 2012

He aquí que veo a mi padre

Devoradores de cadáveres es una novelita de 1976 de un Michael Crichton al que aún le quedarían unos años para el pelotazo de Parque Jurásico, pero que ya había dejado algunas obras interesantes como La amenaza de Andrómeda o El hombre terminal.

La historia parte de la base de un manuscrito árabe del siglo X, de un embajador en la tierra de los rus (vikingos), un tal Ahmed Ibn Fadlan, que será testigo de una aventura increíble. 

La novela describe bastante bien lo que es el choque cultural entre árabes y hombres del norte, que evidentemente no tienen nada que ver entre sí. Tardarán un tiempo en acostumbrarse unos a otros, siendo especialmente interesante la forma en que Ibn Fadlan aprende a hablar su idioma y cómo los sorprende con este aprendizaje. 

Cuando a Bulwyf le reclama el rey Hrothgar, Ibn Fadlan le acompaña. En total son trece guerreros los que se enfrentarán a una amenaza como hacía generaciones que no se veía. 

El lector va descubriendo lo que hay detrás de los extraños devoradores de cadáveres. El miedo a lo desconocido está presente en cada página, así como la estoicidad vikinga, puesto que el hilo de la vida de cada uno no depende de sus actos, sino del destino, así que ¿para qué rebelarse?. 

La epicidad de la historia recuerda a las sagas islandesas, los héroes hacen grandes proezas, las relaciones dependen de la reputación y el honor... Sabe a nieve de los fiordos de Noruega. 



Algo más de veinte años después, habiendo ya pasado un poco la fiebre por las adaptaciones de las novelas de Crichton (después de Parque Jurásico se adaptaron Sol naciente, Esfera, Congo...), se rueda El guerrero número trece, con nuestro Antonio Banderas en el papel protagonista de Ibn Fadlan.

No es por eso por lo que la he visto ya no sé cuántas veces, sino porque es una fidelísima adaptación del librito que tanto me gustó. En cuanto a fidelidad a un libro es de lo mejorcito que he visto, quizá al nivel de El nombre de la rosa.

Tanto para el libro como para la peli, allá va un ocho como la copa de un pino. Ambos son muy recomendables.


domingo, 23 de septiembre de 2012

Las legiones malditas

Las legiones malditas es el segundo volumen de la trilogía de Escipión, de Santiago Posteguillo y el libraco que me acabo de ventilar... algo más de 800 páginas del ala, aunque el final lo constituye un glosario bastante extenso que, si sabes algo del tema de Roma, puedes pasar por encima. 

En él se continúa la narración de la historia, desde la toma de Cartago Nova hasta la batalla de Zama y su título viene por la denominación de las legiones V y VI, compuestas por aquellos legionarios que huyeron de la derrota de Cannae y se salvaron de la masacre pero que, a cambio de haber salvado sus vidas fueron desterrados a Sicilia y olvidados durante más de diez años de guerra contra Aníbal. 



Las legiones malditas es la historia de cómo Publio Cornelio Escipión se hace con su mando, las entrena y finalmente les devuelve su dignidad al invadir África y, finalmente, derrotar al gran Aníbal en la batalla de Zama (202 a.C.)

Continúa tanto con las virtudes como con los defectos del primer volumen (recordemos: Africanus, el hijo del cónsul). Entre las virtudes está que se lee muy rápido. La estructura del libro es, como en su predecesor, de capítulos cortos, supongo que en un intento del autor de dar ritmo a la historia. La verdad es que no resulta nada mal.

Luego, la precisión histórica parece impecable (¡ay, amigo Balder, de nombre Artur, cuánto tienes que aprender!), por lo menos para mi nivel de conocimiento del tema tratado. Tampoco es que yo sea una eminencia, pero sí que es uno de los períodos históricos que más me han interesado de siempre y algo he leído sobre ello...

Santiago Posteguillo adorna la trama histórica con otras más accesorias, de amor, traición, amistad y honor. Sigue habiendo un malo malísimo, Quinto Fabio Máximo, moviendo los hilos allá en Roma, y su particular miniyo (Marco Porcio Catón). Son aún peores que el mismísimo Aníbal, que al final se muestra como un hombre y no como una especie de semidios.

Es cuando miro más allá de la mera recreación que me parece que el libro flojea. Le falta algún secundario carismático, porque Cayo Lelio no aguanta esa función y los demás pasan demasiado fugazmente por la historia. Y, lo mismo que en el primer volumen, algunos diálogos me parecen excesivamente forzados, poco naturales.

También me parece que, a pesar de todos los intentos del autor, falla el sentido épico. Es más una sensación, pero no me ha enganchado, no me ha llegado del todo. 

Gracias a sus virtudes, especialmente la buena recreación histórica, y a pesar de sus defectos, bastante evidentes, es un libro que en general me ha gustado. No es algo que me haya maravillado, pero podríamos decir que está por encima de la media. 

Yo le daría un siete.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Indomable

El pasado día de Asturias, día del santo de mi peque, decidimos irnos ella y yo al cine a ver una peli de dibujos. Durante la semana, había hecho una brillante labor de publicidad a favor de Tadeo Jones, así que para allá que nos fuimos.

Pero una vez en el cine, vi con horror que la sesión a la que pensábamos acudir era en 3D y que la siguiente sesión normal la ponían después de casi hora y media. La verdad que no veía yo muy claro esperar con Covadonga durante todo ese tiempo, así que busqué en la cartelera y vi que ponían Brave en apenas media hora.





No era que me entusiasmara pasarme a ver una peli de princesitas Disney, por muy Pixar que hubiera, pero la opción de esperar por Tadeo nos trastocaba todos los planes para esa tarde, así que me lié la manta a la cabeza, pillé dos entradas, unas chuches, un agua y una cocacola (por unos 27 € del ala todo ello, manda narices) y nos fuimos a ver a la pelirroja Mérida. 

¡Qué buena suerte!

Pasé uno de los mejores ratos en el cine desde hace tiempo. A pesar del aroma feminista que vemos, sobre todo al inicio de la cinta, tenemos una protagonista interesante, unos secundarios también interesantes, una historia atractiva, mezclada con los paisajes salvajes de Escocia en versión digital y unos gags con los que me reí muchísimo.

La verdad, no sé quién de los dos disfrutó más. Pero a mí se me pasaron volando los cien minutos de metraje. Vamos, que es una peli que seguramente volveré a ver unas cuantas veces cuando me haga con ella (pero ya en casa).

Creo que la puedo recomendar y darle un ocho.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Dragones que bailan

Han sido casi cinco años de espera desde Festín de Cuervos hasta que al final he podido disfrutar de Danza de dragones. Cinco años que se han hecho muy duros, porque no se puede decir que FdC fuera un libro intenso. La decisión de Martin de dividir el cuarto volumen en dos tomos, debido a la extensión que iba tomando la cosa, podía parecer acertada, pero lo que pasó fue que en el cuarto volumen publicado nos vimos sin la mayoría de los personajes más carismáticos, aunque algunos como Jaime Lannister fueron un gran descubrimiento. 



Ahora, en DdD, volvemos a disfrutar de ellos: Jon Nieve, Daenerys Targaryen, Arya Stark, Tyrion Lannister... Aparecen otros puntos de vista muy interesantes (Theon y Asha Greyjoy, Barristan Selmy) Todos nos dan momentos sin duda memorables y algún que otro ladrillo, la verdad. 

Estamos de vuelta a la mejor localización que puede haber a día de hoy en la Fantasía Épica: el Muro. Así con mayúsculas. Porque no estamos hablando de una valla, no. Ni de un muro. Hablamos de un Muro, todo de hielo, de chorrocientos metros de anto por porrocientos metros de ancho y cienes de kilómetros de largo. Un muro de Adriano a lo bestia. 

También volvemos a las Ciudades Libres, con una guerra de por medio... y dragones. 

Y la cosa se complica en cuanto a culos candidatos a sentarse en el Trono de Hierro...

Y tenemos un par de sorpresas de esas que dejan sin aliento. Martin sigue siendo tan perro como siempre y no da tregua ni a protagonistas ni a prersonajes. 

La verdad es que estamos en el quinto volumen y parece que la serie va a tener siete en total. Pero la cosa, en lugar de irse perfilando para un desenlace que se presume épico, se dispersa en nuevas subtramas de las que no tenemos ni idea de cómo va a salir el orondo deus ex machina en que se ha convertido Martin.

El resultado es que DdD es un volumen algo irregular, con un desarrollo bastante lento que se precipita en las últimas 70-80 páginas y que no satisface muchas de las pretensiones del lector. No se aprecia un avance claro en la historia, más allá de que no es que el invierno se acerque, sino que ya está encima; o que los Otros van a ser quienes finalmente decida quién planta sus posaderas en el Trono de Hierro. 

Las apuestas suben y se pagan en oro bravoosi, amigos míos. 

Acabé un poco defraudado del volumen, aunque no se puede negar que el hombre sigue teniendo un oficio que te cagas y una mala leche impresionante. No llega al nivel de los tres primeros volúmenes de la serie (Juego de Tronos, Choque de Reyes y Tormenta de Espadas) y tenemos la sensación de que este cuarto volumen, finalmente dividido en dos (Festín de Cuervos y Danza de Dragones) no es más que un tomo de transición. 

Por todo esto, vamos a ponerle un siete.

Las previsiones para la publicación del sexto volumen son bastante aventureras. Se dice que para 2014 o 2015, pero Martin habla de que tiene apenas doscientas páginas terminadas de las aproximadamente 1.500 con las que se supone contará. Miedo me da.

Para terminar, alguna consideración sobre la edición española. Gilgamesh ha publicado este volumen en dos tomos, que vende por 38 euros del ala (48 euros la edición en tapa dura en un único tomo). El precio me parece una aberración, la verdad, una pasada para los tiempos que corren. 

Ambos tomos tienen un total de aprox. 1.300 páginas, divididas casi aritméticamente entre ellos. Pero cada tomo tiene solo 548 y 549 páginas de historia. De chicha, vamos. ¿Qué son las 100 páginas restantes, para un total de 200? La interminable lista de personajes y miembros de cada Casa de Poniente y Aledaños. No está mal, claro, pero no hacía falta repetirla en los dos tomos, digo yo. 

Eso, y que la edición en tapa dura saliera antes que la normal, me ha tocado bastante las narices, la verdad. Después de haberme pillado todos los volúmenes en edición normal, no pensarán ahora que voy a cambiar a estas alturas... No quedaría bien en la estantería.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Manus supra idolum

...age prima et septima de quatuor

Sí, señores, ante nosotros está la clave, la sencilla clave, para entrar en la Biblioteca. Con mayúsculas, porque supongo que todos sabemos de cuál estamos hablando.

La Abadía no tiene nombre. La rosa, tampoco. Aunque la novela (y la película) se titule El nombre de la rosa. Los protagonistas sí: fray Guillermo de Baskerville, franciscano, ex-inquisidor y un homenaje a Holmes bastante evidente; y Adso, joven novicio de Melk, una especie de Watson. El autor, Umberto Eco, oscuro profesor al que su primera obra de ficción hace saltar a la fama. 

Fray Guillermo y su speculum per oculo, cum vitro
Una historia que, no por clásica, deja de ser atractiva. Si bien estamos ante una novela de intriga, con una serie de asesinatos en una abadía benedictina en las montañas, el aderezo es lo que le da vida al asunto: una reunión entre los representantes de los franciscanos y los enviados papales, a la que asisten fray Guillermo y su novicio; una serie de asesinatos de difícil explicación; el ambiente cerrado, a veces claustrofóbico, de la abadía; el contexto histórico en que nos encontramos... Pero, sobre todo, los personajes, tanto los principales como los secundarios: Jorge de Burgos, Remigio da Varagine, Salvatore, Adelmo y Berengario, Bernardo Gui... Todos con sus luces y sombras, creando un cuadro de lo más peculiar e interesante.


Aunque en ocasiones el autor se pierde en excesivas disquisiciones para explicar los diferentes puntos de vista sobre la cuestión teológica de fondo, y las explicaciones sobre las distintas herejías que salpicaron la península italiana en los siglos XIII y XIV, con unos cuantos párrafos y alguna página que directamente podrían ser utilizados para levantar un murete de ladrillo, el resultado no deja de ser sobresaliente y, para desgracia del autor, nunca igualado posteriormente. 

El joven Adso y su, reconozámoslo, cara de pánfilo

 Las motivaciones, el desenlace, el culpable...  todo forma un conjunto de innegable calidad.


Si a eso añadimos que la adaptación de Jean Jacques Annaud es una de las mejores que se hayan hecho en cine de una obra literaria, tenemos entonces que El nombre de la rosa es, en sus dos vertientes, una obra imprescindible.

No solo eso, sino que los personajes tienen ya las caras de los actores en el imaginario del aficionado: Sean Connery es Guillermo de Baskerville, Christian Slater es Adso, Ron Perlman es Salvatore... 

Además, en España, un programador visionario creó una pequeña joya en los tiempos del Spectrum (aunque ya el 128 Kb): La abadía del crimen.  Se dice que intentó que Umberto Eco cediera los derechos para el juego, pero que fracasó al intentar explicarle de qué se trataba. ¡Quién lo iba a decir si eso pasara hoy día!

Pues eso, que si no has leído El nombre de la rosa, y/o no has visto El nombre de la rosa, no hay para ti perdón de Dios. Y que Él, en su infinita misericordia, tenga piedad de ti. 

Penitenciagite!
 


domingo, 26 de agosto de 2012

Soñar es gratis

¿Quién no ha mirado por las noches a la luna llena y pensado que estaría bien poder visitarla? 

Apenas una docena de personas han podido hacerlo y uno de estos astronautas, el primero de ellos, nos ha dejado esta noche. Neil Armstrong ha fallecido a la edad de 82 años, víctima de las complicaciones sufridas por una intervención cardiovascular. 

"Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad", dijo mientras descendía del módulo lunar. No sé si se lo dieron escrito o si se estuvo estrujando el cerebro durante días, pero el resultado fue mejor que lo que se oyó en el Enola Gay después de tirar LA BOMBA ("Mira como sube ese hijoputa").

Dicen que las probabilidades de no poder despegar de la Luna y quedarse allí para siempre rondaban el 50%. O una de cada dos. Nada despreciable, vamos...

En un tiempo en que la tecnología estaba en pañales y la informática como hoy la conocemos no era más que ciencia-ficción, había que tenerlos cuadrados para enfrentarse a ello.

Neil Armstrong los tenía bien puestos. Podría haber sido español. 


Fuente: elmundo.es

sábado, 25 de agosto de 2012

John Carter

Acción pulp en un metraje de 132 minutos, producido por Disney y con Taylor Kitsch y Lynn Collins en sus papeles principales. 

Basada en el personaje literario de Edgar Rice Burroughs (por cierto, guiño en la película, hacia el final, con el sobrino de John Carter), narra la historia de John Carter, veterano de la Guerra Civil estadounidense que busca una cueva de oro y en su lugar encuentra... otro planeta. 



Derroche de medios y efectos especiales, para generar la raza alienígena, casi insectoide, que captura a John Carter al principio.

Un poco de steampunk, naves que vuelan sacando energía de la luz solar, especie de láseres que parecen más bien rayos de luz condensados en grandes espejos, ciudades que se mueven dejando un rastro de destrucción...

Buen cine de aventuras, que fomenta el consumo de palomitas y bebidas gaseosas. No hay que buscar una historia profunda (para eso está Bergman o Lars Von Trier o...) ni dobles sentidos ni secretos dentro de mentiras envueltos en papel maché. No hará trabajar vuestro cerebro a más revoluciones de las especificadas, así que es una buena opción para una tarde aburrida o una velada sin pretensiones. 

Cumple su función de entretenimiento con honestidad, sin querer parecer lo que no es ni prometer más de lo que puede ofrecer. Digna adaptación del personaje, también.

A mí me ha gustado. No maravillado, pero sí gustado.

Podríamos llegar a un seis, para John Carter de la Tierra.

sábado, 18 de agosto de 2012

El temor de un hombre sabio

Hace ya bastante tiempo topé por casualidad con una joya, El nombre del viento. Una novela de fantasía que venía a darle un poco de lustre al género y que reseñé aquí (aunque odie autocitarme). Ahora le toca el turno a la tercera parte, El temor de un hombre sabio



La estructura es la misma que el primer volumen: Kvothe, leyenda viviente, dicta su historia al Cronista. Como en el primer volumen, transcurre un día de tiempo real, pero meses o años en la historia personal. No obstante, podemos distinguir cuatro bloques independientes.

El primero de ellos continua con la vida de Kvothe en la Universidad, sus problemas para obtener dinero, sus veladas en las diferentes posadas en las que toca por las noches. Esta parte mantiene el interés del primer volumen y se adentra más en la historia de los Chandrian, los asesinos de su familia. 

Luego, gracias a un amigo, consigue una invitación de un noble extranjero para pasar a su servicio y conseguir, quizás, un mecenazgo. Asì que abandona la Universidad y nos trasladamos a un nuevo entorno. Es quizá la parte más interesante del libro, porque aprendemos mucho de la sociedad en que se encuentra (especialmente atrayente todo el lío que se traen con los anillos y cómo el material de los que recibes -oro, plata, hierro- dispara la rumorología en la corte). Tenemos una parte de intriga cortesana con conspiración incluida, muy bien llevada, y luego una parte de búsqueda de bandidos en los bosques. también bastante lograda.

Al terminar esta parte, o más bien en medio de la misma, Kvothe pasa un tiempo indeterminado con la bella Felurian, una bellísima fata, o elfa. Esta parte parece de relleno y aburre bastante, siendo el único interés la conversación que Kvothe mantiene con el Chtaeh, un árbol malvado que conoce el futuro y que vierte veneno en el corazón de los hombres. Prescindible y/o demasiado larga.

Luego, Kvothe acompaña a Adem a uno de los compañeros mercenarios con los que persiguió a los bandidos en  el bosque. Menos brillante e interesante que otras, pero se describe la sociedad de los mercenarios adem (recuerdan bastante a los tibetanos), que voluntariamente abandona toda expresividad en el rostro y lo sustituyen por signos hechos con las manos. 

Finalmente, Kvothe vuelve a la Universidad con un cheque en blanco de su contratante, aunque no haya podido conseguir el contrato de mecenazgo. Así que, abandonadas las penurias materiales, se abandona al aprendizaje y a devolver antiguos favores. 

Y a lo largo de todo el libro aparece Denna, siendo ya un poco cansina esa historia de encuentro / desencuentro o amor  / desamor. 

En total, 1190 páginas que dejan una sensación agridulce: continúan tanto una ambientación lograda y detallada (ya he hablado de cómo retrata Rothfuss las diferentes sociedades) como unos personajes, principales y secundarios, atractivos y llenos de matices. Pero tras esa cantidad de tinta y papel, parece que hemos avanzado poco en la historia y da la sensación de que sobran 200 o 300 páginas (parecido a lo que me pasa con Ken Follett, por ejemplo). 

Además que son pocos los pasajes en los que Kvothe se revela como alguien realmente especial, si lo comparamos con su fama desmedida. 

El temor de un hombre sabio es, más que un paso atrás, un estancamiento respecto a El nombre del viento. Aunque su calidad es bastante superior a lo habitual en el género, no logra cumplir las expectativas generadas.

Por todo esto, un siete para Rothfuss y su El temor de un hombre sabio.