domingo, 14 de julio de 2019

El tapiz de Fionavar

En mi afán por leer obras clásicas, hace unos meses que leí la trilogía de El tapiz de Fionavar, del amigo Guy Gavriel Kay. Con un resultado bastante negativo, he de decir. 

Publicada en la primera mitad de la década de los ochenta del siglo pasado, El tapiz de Fionavar se compone de tres títulos, El árbol del verano, El fuego errante y Sendero de tinieblas, que cuentan la historia de unos muchachos canadienses (como el autor) que se ven transportados de nuestro mundo hasta Fionavar por el mago Loren Manto de Plata. Allí se convertirán en héroes de ese nuevo mundo, algunos de ellos morirán y todos sufrirán en una guerra que amenaza con destruir al resto de los mundos, incluido el nuestro, que están unidos a Fionavar por El Tejido. 




Partimos de una idea buena, ese viaje transdimensional o como lo queramos llamar. Tenemos alguna otra buena idea más, como esa particular forma de magia, que necesita del hechicero y de un catalista del que el primero extrae la energía mágica (algo que luego vimos en La espada de Joram). 

Pero lo que viene después no es ni mucho menos tan brillante. Es más, toda la obra tiene un cierto olor a viejo, a algo que ya está hecho y que se le ha querido dar un lavado de cara. Luego, cuando ves en algunos sitios que el amigo Guy Gavriel Kay ha colaborado con Christopher Tolkien en la redacción definitiva de El silmarillion, ya se entienden muchas cosas. 




La historia puede ser algo interesante, pero los personajes no tienen volumen y no se puede empatizar con ellos. Más bien odias a alguno de ellos y te da igual cuando mueren. Otros personajes que han podido dar un poco más de juego, mueren de una forma totalmente prescindible e inútil. 

Por ejemplo, cuando Melkor (perdón, el Tejedor), libera un dragón que promete fuego y sufrimiento a partes iguales, este es derrotado con bastante simpleza por un niño montado sobre un unicornio con alas. O sea, te quedas con una sensación WTF bastante poderosa. Una sensación que también tengo con el desenlace de la historia del hijo del Tejedor y una de las protagonistas (Jennifer, un personaje bastante poco empático con el lector), al que se le vende como el fiel de la balanza que desencadenará el destino del mundo dependiendo de su decisión, prometiendo al menos un confllicto sicológico interesante y luego se ventila como si nada.

Y la presencia del Rey Arturo y de su fiel Lancelot recuerda mucho, si no demasiado, al concepto de Campeón Eterno de Michael Moorcock.



Si además unes a todo esto una prosa excesivamente cargada y pomposa, tienes el cóctel perfecto para un fracaso en toda regla. Hay párrafos que son infumables, pretendiendo imitar la prosa de Tolkien (que, no nos engañemos, también tenía lo suyo), pero sin llegar a su talento.

Una pena, porque esta trílogía le podría haber gustado a mi yo de quince años. Y porque cuando leí Tigana, publicada por el mismo autor unos años después, no me disgustó para nada (aunque tampoco es un libro que vaya a cambiar la historia de la novela fantástica). 



Por lo menos es una trilogía de las clásicas, con libros manejables de trescientas y pico a cuatrocientas páginas y no los tochos que se llevan hoy en día. Si fuera así, sería homérico llegar al final. 

No puedo recomendarla. En conciencia.

viernes, 12 de julio de 2019

La paradoja de Fermi

Nuestro Universo está en continua expansión y alberga cientos de millones de galaxias, cada una de ellas con decenas de miles de millones de estrellas. Alrededor de cada estrella orbitan al menos una decena de planetas y malo será que al menos uno de ellos no orbite en la zona de habitabilidad de la estrella. 

O sea, si hacemos uso de la lógica, debería haber un número entre 1 (nosotros) y varios millones de sistemas estelares que albergan, han albergado o podrán albergar vida. Y, del mismo modo, podemos llegar a la conclusión de que un número entre 1 (nosotros) y varios millones de estos sistemas estelares, albergarán vida inteligente. 


La ecuación de Drake


El número, o más bien la estimación exacta, vendrá dado por cuán optimistas estemos el día en cuestión. Pero la lógica suele ser aplastante. 

Fran Drake desarrolló una ecuación que intenta estimar ese número de sistemas estelares que nos acompañan durante el camino (¿largo?, ¿corto?) de la civilización. Un intento de aplicar las matemáticas a un tema tan subjetivo. El problema, claro, que no es posible conocer los valores que necesitamos aplicar. O sea, vuelta a la subjetividad. 

Este es Drake...

Drake, como cualquiera de nosotros echando unos números, pensaba que debería haber otras civilizaciones inteligentes con las que podríamos comunicarnos e impulsó el proyecto SETI, ese en el que puedes participar tú también compartiendo tiempo de procesador. A pesar de todo, los años y las décadas pasan y no encontramos nada más allá de la fugaz señal WOW! y que no se ha vuelto a repetir. 

¡Uala!


Fue el físico italiano Enrico Fermi el que apuntó su famosa paradoja: la paradoja de Fermi. O sea, si hay potencial para tantos y tantos compañeros y vecinos, ¿dónde paran que no los oímos?. Otra aplastante aplicación de la lógica. Aplastante porque hace uso de la evidencia para destrozar los sueños de aquellos que desean surfear con los aliens. 

...y este es Fermi

Hay respuestas para todos los gustos, algunas más desarrolladas y otras apenas apuntadas:

  • Las civilizaciones no coinciden en el tiempo. La escala de tiempo del Universo es tan amplia que pudiera darse el caso de que dos civilizaciones cualesquiera no compartan la misma ventana temporal. 
  • Las distancias son tan grandes que todavía no hemos contactado. El tiempo que tarda una señal en llegar (o salir) a la Tierra desde el planeta habitado más cercano puede tan largo que todavía no haya llegado a nosotros.
  • Están ahí, pero no desean ser contactados. Esta hipótesis abre escenarios estimulantes para los conspiranoicos, esctritores y demás gente de mal vivir (por ejemplo la hipótesis del zoológico)
  • Están ahí, pero no conseguimos entenderlos. Puede que su tecnología sea tan avanzada que no tengamos los medios para reconocer sus mensajes.
  • Hay un cuello de botella en la evolución de las civilizaciones que puede llevar a su autodestrucción. O sea, que hay civilizaciones que se han autodestruido a escala temprana. Esto debe ser antes de que la civilización tenga capacidad para el viaje interplanetario y/o interestelar, porque de otro modo podría escapar del colapso de su mundo natal. Si el embudo es muy acusado, pocas o ninguna civilización será capaz de desarrollarse y pasar al otro lado. 
  • Realmente somos una consecuencia extremadamente improbable (hipótesis de la Tierra rara). Hay un gran filtro que impide el desarrollo de vida inteligente.
  • Realmente estamos solos
Prácticamente ninguna solución propuesta a la paradoja de Fermi fomenta el optimismo, la verdad. O nos enfrentan a la soledad del inmenso vacío estelar o nos ponen delante de un espejo para que veamos las consecuencias catastróficas de nuestro hacer. 


Filtro evolutivo

La verdad es que la lógica y la evidencia nos llevan a soluciones contradictorias. 

Pero también hay la posibilidad de que estemos pecando de inconscientes al querer contactar con una civilización vecina, como llegó a decir Stephen Hawking. Porque, ¿cuáles son sus capacidades? Y más importante aún, ¿cuáles son sus intenciones? 



lunes, 8 de julio de 2019

Vikingos (T5)

La quinta temporada de Vikingos también se ha dividido en dos partes de diez capítulos cada uno y continúa el cambio de foco tras la muerte de Ragnar en la cuarta temporada. 

El problema es el mismo de entonces: el personaje de Ragnar era tan arrollador que eclipsaba a todos los demas. Ninguno de los demás se le puede aproximar. Ni Lagertha, Bjorn, Floki, Ubbe, Rollo... ni el mismo Ivar sin Huesos.




En esta ocasión tenemos la guerra entre hermanos que ya se vislumbró en la cuarta temporada. De un lado Ubbe, Bjorn y Lagertha. Del otro Ivar, Hvitsärk y el rey Harald. En el medio, el control de Kateggat. 

Sangre, mucha sangre. E Ivar, mucho Ivar, que resulta el protagonista indiscutible de la temporada por encima de cualquiera de sus hermanos y demuestra estar también por encima suyo en cuanto a previsión, táctica y estrategia, derrotándolos una y otra vez hasta que, al final, solo la traición puede con él aunque conserva la vida para una sexta temporada. Ese descenso a los infiernos de la locura resulta atractivo, casi como caer al reverso tenebroso de la fuerza. 




Crece también el protagonismo de Alfredo de Wessex, aunque se le ve más bien pusilánime y aún lejos del gran rey que fue. En su trama brilló con luz propia su madre, Judith, capaz de todo con tal de asegurar en el trono a su hijo, aún a costa de su otro hijo (una escena digna de Juego de Tronos).

Una decepción resulta ser la historia de Floki y la colonización de lo que debe ser Islandia. Vale que es también la historia de la mezquindad humana y cómo esa mezquindad echa por tierra los sueños del buen Floki, que cree haber encontrado el hogar de los dioses, solo para ver una cruz cristiana en el interior de una cueva. 




Es interesante esa dualidad paganismo / cristianismo en los personajes principales que Vikingos recupera en esta temporada. Resulta ser uno de los mejores momentos desde la desaparición de Athelstan hace ya un par de temporadas. 

Y como descubrimiento que me encantó, Jonathan Rhys Meyers y su personaje, el obispo Heahmund, príncipe de la Iglesia y guerrero que se debate entre el amor a Dios y su amor a Lagertha. Su final me pareció épico, pero también triste porque hubiese sido un aliciente para las temporadas por venir. Confieso que no había visto antes a este actor, pero no voy a poder olvidar en mucho tiempo esa mirada que desprende a la vez fanatismo y locura, quizá lo más cercano a la santidad. 




En resumen, la quinta temporada me pareció bastante plana salpicada con algunos momentos de verdadero interés, pero también con otros momentos de verdadero aburrimiento. Me parece que el interés va a ir decreciendo, por el sencillo motivo que los personajes que se quedan no son capaces de cubrir el hueco de los personajes que se van. 


sábado, 29 de junio de 2019

Ún, dos tres...

Hace apenas un par de semanas que saltó la noticia de la muerte del gran Narciso Ibáñez Serrador, Chicho. Fue el 7 de junio de 2019, apenas un mes antes de haber cumplido los 84 años. 

Chicho Ibáñez Serrador es historia viva de la televisión española. Un mito para los que crecimos en los años 80 del siglo pasado y que cada viernes volvíamos a casa con la ilusión de ver un nuevo Un, dos, tres... concurso que está grabado a fuego en nuestra memoria. Un programa de humor blanco, apto para todos los públicos, que llegaba a juntar delante del televisor a padres e hijos, abuelos y nietos. 

Sin duda, un adelantado a su tiempo que llegó a convertir en oro a todo lo que tocaba y a garantizar un futuro esplendoroso a todos aquellos a los que descubrió para sus programas. 



Pero Chicho no es solo Un, dos, tres... 

Apenas un par de películas sirvieron para que revolucionara el terror patrio. En especial me quedo con ¿Quién puede matar a un niño?, un relato desasosegante que era una adaptación de la novela El juego de los niños del gijonés Juan José Plans (al que luego descubrí en el programa Historias, de RNE). 

Y más que todo eso, quizá, fueron aquellas Historias para no dormir, una serie que también marcó a una generación, esta vez la de mis padres allá por los años sesenta, cuando la televisión apenas estaba empezando en este país. Chicho y su padre, Narciso Ibáñez Menta (otro genio), aterrorizaron a los espectadores en formato en blanco y negro. Todavía es hoy el día en que mi madre recuerda alguno de aquellos capítulos espeluznantes con un escalofrío. 



Coincidí con Chicho en un avión, no recuerdo si de ida o de vuelta al archipiélago canario, hace unos cuantos años y ya estaba el hombre muy desmejorado. Algunos años más tarde coincidí con Mayra Gómez Kemp, icono del Un, dos, tres..., primero como azafata y luego como presentadora, en el Pasapalabra en el que fui humillado. Tengo un recuerdo agradable de ella, y sobre todo del comentario que hizo en una pausa de publicidad en el que dijo que yo me parecía mucho a Chicho cuando era joven. 

Ojalá me pareciera de verdad a este genio, al que no llego ni a la suela de los zapatos. 

Y hasta aquí puedo leer...


domingo, 9 de junio de 2019

Castle

Desde siempre me han gustado las series policíacas, Starsky & Hutch, Los hombres de Harrelson, Canción triste de Hill Street, Spenser..., pero tanto o más que estas me gustan las de suspense. Colombo o Se ha escrito un crimen, por ejemplo. Series que podía ver toda la familia, porque no había sangre y al muerto se le solía ver tapado con una sábana blanca. Era raro también ver el funcionamiento de una persona: la mejor arma del investigador era su cerebro y en el caso de Colombo esa última pregunta que llevaba a descolocar al sospechoso.



La televisión ha cambiado mucho desde que yo era un niño. Muchas cosas son mejores, otras son peores. Pero todavía se pueden encontrar series como las de antes.

Castle es una serie que alcanzó ocho temporadas, lo que no está nada mal en los tiempos frenéticos televisivos que corren actualmente. El protagonista es Rick Castle, un autor de éxito que busca una experiencia real con la policía para documentarse y escribir su nuevo libro. Durante esta experiencia traba relación con la inspectora Kate Beckett, que le impresiona tanto como para inspirarse en ella para su protagonista. Al inicio no se pueden ni ver, pero la cosa acabará de una forma muy diferente...

Y así, amigos, hasta 173 capítulos, la mayor parte de ellos muy entretenidos (el conjunto de la serie puntúa 8,1 en imdb), aunque la liaron con una trama de espionaje y conspiración que quizá no venía muy a cuento y que no aportaba gran cosa. 

Momento inolvidable


Una de las patas del éxito de Castle, además de unos casos de lo más interesantes, es el enorme carisma de sus protagonistas. No solo Castle y Beckett, sino de todos los habituales: Martha (la madre de Castle, interpretada por Susan Sullivan, a la que recordaréis - o no- de Falcon Crest), Alexis (su hija) y los detectives Ryan y Esposito. Todos ellos ayudan a construir una ficción creíble, dándole volumen y perspectiva. 

Otra de las patas, que sustenta o se sustenta en la primera, son los guiones: historias atractivas capítulo a capítulo hacen que los nuevos espectadores se enganchen a la serie; las historias personales de los personajes hacen que la ficción tenga una continuidad y un sabor familiar. 

Y la tercera pata es el tremendo carisma de Nathan Fillion, un actor que hace que de forma inmediata amemos a su personaje, ya sea el capitán de la Firefly, el hombre del tiempo novio de la hija de Phil Dunphy en Modern Family o un cuarentón novato de la policía en The Rookie.

De forma sorprendente, Castle sobrevivió incluso al final de la tensión sexual no resuelta entre Castle y Beckett, que incluso acabaría en boda. Y también a la aparente mala relación entre Nathan Fillion y Stana Katic en la vida real. Con buen criterio decidieron que la ficción no debería sobrevivir a la salida de uno de sus protagonistas y por eso acabaron por darle un final digno, sin hacerla arrastrarse por la parrilla televisiva. 

Otro momento inolvidable


Castle es de lo mejorcito que he visto en televisión en los últimos tiempos y todavía hoy, tres años después de su cierre, me quedo mirando alguno de sus capítulos en las infinintas reposiciones que se hacen en las cadenas de televisión digital.


viernes, 7 de junio de 2019

75 años de Omaha

Omaha la sangrienta
 
Juno

Gold

Utah

Sword

Aquello tuvo que ser escalofriante. Bajar de las lanchas de desembarco, tropezar en la orilla, oír zumbar las balas de una MG42, ver caer a tus compañeros justo a tu lado... 



Ayer se han cumplido 75 años del amanecer del 6 de junio de 1944. El Día D. 

Miles de muchachos británicos, canadienses, estadounidenses, algunos de los cuales ni siquiera sabrían ubicar Francia en un mapa, asaltaron la Fortaleza Europa y abrieron el segundo frente que los rusos llevaban años reclamando. A partir de ahí a Alemania se le fue escapando el aire poco a poco, aunque la guerra duraría casi un año más. 



Lejos de identificar a todo alemán con un nazi (aunque el tema daría para una entrada completa, sobre todo esa silenciosa aceptación del régimen por parte de la inmensa mayoría de la población y salvo muy honrosas excepciones), sí es verdad que seguramente estos muchachos salvaron al continente de un largo período de oscuridad. 



Siempre en el recuerdo, los caídos y los cada vez más escasos supervivientes de aquella jornada.  




domingo, 26 de mayo de 2019

Marciano vete a casa

Allá por 1955 se publica Marciano vete a casa, una obrita de ¿ciencia ficción? de Fredric Brown ambientada en 1964.

¿Que por qué pongo ciencia ficción entre interrogantes? Pues porque aparte del título y de la aparición de hombrecillos verdes de Marte, no está tan claro que la obra sea ci-fi. Más bien se podría decir que es ficción humorística.

Colección clásica de Ci-fi


Luke Deveraux es un escritor de éxito que pasa por un momento de bloqueo creativo. Para liberarse y poder cumplir con sus compromisos editoriales, se abstrae de la realidad y se aisla en una pequeña casita para trabajar y empinar el codo. Cuando comienza a escribir llaman a la puerta y al abrir se da de bruces con un hombrecito verde bastante irritante. 

Se trata de una invasión, incruenta, pero irritante. Los marcianos aprovechan su facultad de kwimmar, desplazarse de forma incorpórea e inmediata al lugar que deseen, para burlarse de los terrícolas mientras realizan sus tareas y funciones biológicas naturales. Sí, también esa, lo que corta el rollo a muchos. 



Uno de los efectos secundarios de esta invasión es que el gran público pierde de inmediato el interés por la ciencia ficción, lo que redunda en el interés por la obra de Luke, que en el pasado escribió alguna novelita ambientada en el Oeste y que ahora se cotizan al alza. En un arrebato creativo resulta convertirse en inmune a los hombrecillos verdes: no puede verlos, no puede oírlos. 

Al final del libro, tres personajes repartidos por el mundo intentan más o menos de forma simultánea hacer desaparecer a tan molestos visitantes. Estos se esfuman, sin que quede claro cuál de los tres lo ha conseguido. 

No es un marciano. Es el autor.


Aparte de lo curioso de la historia, y algún que otro golpe humorístico algo pasado de moda, Marciano vete a casa no me dice mucho más. No deja de ser una historia hija de su tiempo, los años cincuenta del siglo pasado, lo que se demuestra en los roles asignados a hombres y mujeres. 

Lo bueno es que se lee bastante rápido, pero también se me ocurre que hay mejores cosas para pasar el tiempo.

domingo, 19 de mayo de 2019

Pingüinos

Pingüinos es un juego de mesa para dos a cuatro jugadores, pequeño, barato y divertido. Su tamaño lo hace ideal para poder llevarlo de viaje, su precio lo hace apto para todos los bolsillos y asegura un rato divertido jugando en familia. 

El tablero se compone de diversas piezas exagonales que llevan dibujados uno, dos o tres peces. Tenemos que montarlo de forma aleatoria antes de colocar las figuras de los pingüinos, que se irá haciendo por turnos. 



El número de figuras es inversamente proporcional al número de jugadores: para dos jugadores habrá cuatro pingüinos por bando; si son tres, también llevaremos tres pingüinos cada uno; finalmente, si hay cuatro jugadores solo habrá dos pingüinos por cada uno de ellos. 

Los jugadores moverán un pingüino, por turnos, en horizontal o diagonal tantas casillas como quieran. La casilla desde la que sale el pingüino se retira del tablero y queda en poder del jugador. En su lugar queda un espacio libre de "mar" que un pingüino no puede cruzar. 



El objetivo del juego es ser el que más peces tenga al final de la partida. 

Fácil de aprender a jugar, las partidas son cortas y los más tedioso es montar el tablero cada vez, pero tampoco es que sea tecnología espacial. 

Los componentes son de buena calidad y, aunque no se pueden mojar las losetas, solo hace falta una superficie plana para montarlas y disfrutar de un rato de diversión en familia. 

Yo solo lo he jugado a dos con mi hija mayor, pero creo que a tres y a cuatro la experiencia será igual de buena o mejor. 


sábado, 18 de mayo de 2019

Animales fantásticos y dónde encontrarlos

Como en otras muchas ocasiones, también el filón de Harry Potter es demasiado jugoso como dejarlo abandonado así como así, por una razón tan nimia porque la autora haya finalizado la serie de libros en las que se basaban las películas. Siempre habrá precuelas, secuelas y demás cuelas que permitirán estirar el chollo hasta casi la ruptura de los enlaces subatómicos. Porque siempre habrá aficionados que pagarán gustosos por ver películas y comprar artículos relacionados con ellas. 



En esta ocasión tenemos a Newt Scamander, una especie de cazador de bestias mágicas y que varios años después, escribirá el libro de texto que usarán tres amigos en su curso de Hogwarts: Animales fantásticos y dónde encontrarlos

El libro comienza con la llegada de un despistado Newt a la agitada ciudad de Nueva York allá por los años veinte del siglo pasado, en su afán por buscar y catalogar animales mágicos. 

En esta ciudad se verá envuelto en una peligrosa aventura cuando, sin querer, cambia su maleta con la de un muggle llamado Jacob, que se convertirá en su mejor y quizá único amigo. El tema no es baladí, pues en la maleta guarda Newt todos sus especímenes, gracias a las propiedades mágicas del objeto que hacen que su interior sea mucho más grande de lo que aparenta y tenga capacidad para albergar un ecosistema mágico completo al que acude Newt a cuidar de esos animales. 



La cosa se complica al entrar en juego un Obscurus, una criatura mágica que se desarrolla a partir de un niño que reprime su magia por miedo, hasta que todo ese poder estalla en arrebatos destructivos. 

La película tiene momentos de acción, animales espectaculares (creados por ordenador, evidentemente), una recreación histórica del Nueva York real que resulta bastante creíble y una recreación del mundo mágico paralelo que resulta espectacular. 

Aventuras, amistad, romance, lealtad... tiene un poco de todo. Y aunque en ocasiones el ritmo resulta frenético, en otras es pausado hasta llegar al aburrimiento. Un poco, al menos. 

Eddie Redmayne realiza un gran trabajo con la personalidad un tanto caótica de Newt, mientras que Colin Firth resulta tan sobreactuado como siempre hasta que se quita la careta y su alter ego sobreactúa más que él. El resto del elenco, del que lamentablemente no conozco a nadie, actúa con gran solvencia.

Segunda a la izquierda y cuarta a la derecha, me dijeron...


El resultado de todo es una película en el que vamos a llamar Universo Potter que resulta ser más que digna cuando se compara con las películas canónicas. Es más, consigue que nadie se acuerde del muchas veces repelente señor Potter. 

Tiene un 7,3 a día de hoy en imdb, bastante ajustado a mi modo de ver.

domingo, 5 de mayo de 2019

El joven papa

Cuando la hermana Mary acogió en el orfanato al pequeño Lenny Belardo, nada hacía esperar el futuro que se abría ante él. Cuando, años después, el joven Lenny fue elegido Papa con el nombre de Pío XIII, toda la congregación se extrañó. 

Pero quizá se extrañaron demasiado pronto. Porque el joven Pío XIII, que muchos en la Curia eligieron porque pensaban que era manipulable, demostrará no solo que estaban equivocados sino que se puede ser reaccionario y retrógrado de forma independiente a la edad que tengas. 



Fumador empedernido, partidario de la misa en latín y de espaldas, contrario a que los homosexuales puedan ser sacerdotes... incluso al final del primer episodio confiesa no creer en Dios. ¿Quién narices es Lenny Bolardo y por qué hace lo que hace? 

El joven papa es una serie desconcertante, como su personaje principal, encarnado de forma muy solvente por Jude Law, que le presta su cara de niño bueno y un aire macarra que le acompaña siempre, desde los mismos títulos de crédito. 



No sabes nada de Lenny. No sabes nada de Pío XIII. No sabes si es un santo, un demonio o un loco. Sabes lo mismo que los cardenales de la Curia, que no están seguros de si han puesto a la Iglesia en manos de un personaje que va a destruirla, porque la distancia con los creyentes es más grande que nunca, algo que no parece importarle nada a Pío XIII, que reparte estopa a diestro y siniestro y da una de cal y otra de arena.

Pues eso, una serie desconcertante que he seguido más por curiosidad y por inercia que por otra cosa, aunque está bien aprender un poco de los tejemanejes dentro del Vaticano y todo eso. 




En imdb le dan en esta fecha una puntuación de 8,4, solo reservada a verdaderas joyas del cine y la televisión. Con todos mis respetos, El joven papa no llega a serlo, aunque la factura del creador (Paolo Sorrentino) y del elenco de actores (además de Jude Law tenemos a Diane Keaton e incluso a nuestro Javier Cámara) no desmerece para nada. 

domingo, 28 de abril de 2019

Fantasma Blitz

Otro juego de mesa que gustará a niños y a mayores es Fantasma Blitz

El juego tiene una dinámica muy parecida a Dobble, pero algo más complicada de digerir. En esta ocasión no se trata de buscar el dibujo en común de un par de cartas, sino de coger con la mayor rapidez el objeto correcto dependiendo del dibujo que muestra una carta. 



Ya digo que es algo más complicado, puesto que hay que fijarse bien en el dibujo, si sale el fantasma, si sale la lechuza, qué color tienen, qué se refleja en el espejo... dependiendo de todo eso, el objeto a coger será uno... u otro. Al final, el jugador más rápido se queda con la carta, y gana el que al final del juego tenga más cartas. 

Ojo, porque aunque las reglas básicas son muy sencillas, hay excepciones que te harán pensar más de la cuenta y perderás. 

Combinar las cartas con figuras que se colocan en la mesa delante de todos los jugadores, garantiza un ritmo frenético, risas y que el juego sea apto tanto para adultos como para pequeños. Y, aunque es divertido jugar a dos, lo es mucho más cuanto más gente se siente alrededor del botín. 

Los componentes, de buena calidad, se guardan en una caja pequeña que apenas ocupa espacio si te lo llevas de viaje, aunque es necesario una base estable para jugar o de lo contrario las figuras pueden caerse al suelo y quizá perderse. 

Me lo he pasado muy bien con Fantasma Blitz.


viernes, 19 de abril de 2019

Veinte mil leguas de viaje submarino

Prosigo incansable con mi labor de redescubrimiento de los clásicos, libros de obligada lectura de juventud que, por uno u otro motivo no leí en su día. Es el caso de Veinte mil leguas de viaje submarion, la fantástica epopeya del capitán Nemo y su submarino Nautilus. 

De nuevo el visionario Julio Verne construye una historia de aventuras y lo que hoy llamaríamos ciencia ficción, adelantándose a su tiempo al describir el funcionamiento de un submarino de propulsión eléctrica (debemos suponer que conocía los principios básicos de la navegación submarina, aunque por supuesto no los de la motorización eléctrica) e incluso de sistemas de buzo autónomo que no se verían hasta casi un siglo después de la publicación del libro. 



El libro empieza con una relación de extraños avistamientos de una especie desconocida de animal marino, un leviatán que realiza ataques a barcos de distintas nacionalidades en zonas oceánicas muy distantes entre sí. Los protagonistas, Pierre Aronnax (siempre, o casi siempre, hay un francés en las historias de Verne), su criado y el arponero Ned Land son capturados por la tripulación del Nautilus después de uno de estos episodios. 

Después de unas horas de amable, pero firme, cuativerio, se presenta ante ellos su captor y en estos momentos dueño de sus vidas: el misterioso capitán Nemo. 

Las páginas del libro narran las vicisitudes de estos protagonistas mientras recorren el fondo del mar, incluso bajo el casquete polar, como invitados forzosos del capitán hasta que éste los libera antes del último enfrentamiento. 

Verne nos narra con detalle las zonas por las que navega el submarino, haciendo gala de un conocimiento enciclopédico y/o de una gran labor de investigación. Utiliza a Pierre Aronnax como su alter ego, su voz en la novela, para transmitir todo ese torrente de conocimientos al lector, que se refleja en el criado de Aronnax, el joven Consejo. Pero en no pocas ocasiones el nivel de detalle es tal que llega a aburrir, con listas de especies animales y vegetales que ocupan páginas y más páginas. 



Más aún, en ocasiones la historia avanza a trompicones, con la sensación de estar leyendo una serie de relatos relacionados entre sí, pero con grandes espacios en blanco entre ellos. Como cuando cambias de marcha en un coche, que notas cada uno de los engranes. 

Aún con todo lo anterior, que me hace pensar que estoy ante una historia que hubiera disfrutado más cuando era un tierno preadolescente, Veinte mil leguas de viaje submarino es ya parte del imaginario colectivo, con diversas adaptaciones a sus espaldas: cine, tebeo, televisión... James Mason o Patrick Stewart han prestado su rostro al misterioso Nemo y hasta Geronimo Stilton ha viajado en el Nautilus. 

Y quizá sea por la fascinación que el capitán Nemo causa en el lector, sino porque Julio Verne hace del Nautilus un personaje más, casi en pie de igualdad que el resto. Sin duda los dos se cuentan entre las creaciones más redondas de Julio Verne. 



Por cierto, que el episodio del pulpo gigante no es tan importante en el libro como en las distintas adaptaciones.

jueves, 18 de abril de 2019

Dobble

Hace ya unos años que cada moneda de dos euros que cae en mi poder no vuelve a ver la luz del sol: la guardo raudo y veloz en mi hucha, que empiezo el día uno de enero y que abro el día 31 de diciembre. De esta forma consigo acumular un pequeño capital, entre 350 y 400 euros, que son de mi entera propiedad y que no se encuentran en los libros de cuentas de mi unidad familiar.

Yo lo llamo Frikigeld.

 ¿Y para qué lo quiero?

Pues, evidentemente, para comprar cosas frikis. Y encima sin tener que justificarme...

Esta introducción me sirve para decir que desde hace un par de años me estoy haciendo aficionado a los juegos de mesa. Un par de veces al año me paso por mi tienda habitual, aquella en la que solía comprar los juegos de rol hace más de veinte años: Capua Hobby´s (en realidad es mi segunda tienda; Arco Iris dejó los juegos hace tiempo y ahora es una tienda de comics). Una vez allí sufro una especie de síndrome de Stendhal: todo lo que veo me gusta y lo quiero, pero el Frikigeld no es suficiente para eso.

Pero algo cae, siempre...



Dobble es un juego bien barato, que gusta a niños y adultos. Se juega con unas "cartas" circulares que están repletas de dibujos de colores: delfín, cristal de hielo, hombre de nieve, iglú, lápiz, perro... así hasta no sé cuantos más. No sé cómo se las arreglan, pero dos "cartas" solo comparten un dibujo y, básicamente, los jugadores tienen que ser los más rápidos en identificar el dibujo que comparte la "carta" que tenga en su mano en ese momento con la de la pila. 

Esto nos lleva a partidas frenéticas y súperdivertidas, sea cual sea el número o la edad de los jugadores. Me lo paso igual de bien jugando cara a cara con mi hija mayor o en los raros momentos en que somos más jugadores. Como se trata más de un juego de agudeza visual y rapidez mental que otra cosa, los niños son rivales excelentes para los viejunos como yo.

Las instrucciones de uso describen cinco modalidades de juego y sí es verdad que para que alguna se necesitan más de dos jugadores. 

Fijaos bien: solo un dibujo en común entre dos cartas


Dobble se presenta en una pequeña lata metálica que contiene las "cartas" y las instrucciones de juego, lo que hace que sea ideal para llevarlo de viaje o a un paseo por la calle y poder jugar en ratos muertos (las partidas no duran más de diez o quince minutos). Además las "cartas son de buena calidad, por lo que no tiene que darnos miedo jugar en la calle.

Sin duda es una de mis mejores compras y siempre que vamos de viaje y elegimos un par de juegos o tres para llevarnos, Dobble viene con nosotros. Tenemos la edición inicial, pero sé que han sacado una más orientada a los más pequeños, pero no la considero necesaria.

domingo, 7 de abril de 2019

Sajones, vikingos y normandos (#1 a #6)

El año pasado descubrí esta serie de novela histórica: Sajones, vikingos y normandos. Escrita por el británico Bernard Cornwell, que tiene en su haber otra serie protagonizada por el fusilero Sharpe, junto al que visita muchos de los escenarios fundamentales de las guerras napoleónicas, incluyendo lo que los sajones llaman Peninsular War. 

El marco temporal de la saga que nos ocupa es el de las invasiones vikingas de los reinos sajones de lo que hoy es Inglaterra (Northumbria, Anglia Oriental, Mercia y Wessex) durante el siglo IX y, más en concreto, el reinado de Alfredo de Wessex, que pasa a la Historia como Alfredo el Grande. 



Bernard Cornwell utiliza, como muchos autores de novela histórica, un personaje ficticio como cadena de transmisión y relator de hechos históricos.

Este personaje es el niño Uthred, hijo de Uthred, desposeído señor de Bebbanburg por su propio tío, emprende una travesía vital que comienza en la casa del jarl Ragnar y que va pasando por diferentes etapas, muchas de ellas conectadas con el rey Alfredo. Durante varias décadas de su vida vemos cómo va progresando, a veces a duras penas, mientras se mantiene fiel a los dioses nórdicos con los que ha crecido aún habiendo sido cristiano en su niñez. 



Poco a poco toma posiciones de responsabilidad, vuelve a caer en desgracia y es tomado como esclavo, pero después recupera con creces su estado, a pesar de las envidias y las malas artes de los príncipes de la iglesia que desaconsejan a Alfredo que un pagano sea tan importante. A pesar de todo ello, Uthred se convierte en la espada de Wessex, el caudilllo en el que todos confían cuando los normandos deciden atacar los reinos sajones desde su bastion de York. 

Incluso tiene un cierto aire heroico al matar en combate a Ubbe Ragnarsson, hijo del mítico Ragnar Lothbrok, y derrotar a Ivar Ivarsson, nieto de Ragnar e hijo de Ivar el deshuesado. 

 

Cornwell decide, con buen criterio, utilizar los nombres sajones de ciudades actuales: Lundene, Ieofervic, Witanceaster, Cippanham... Aunque quizá dificulte la lectura, ayuda a entrar en la ambientación. Ayuda a dar sabor, por así decir. 



Y no cae en la tentación de endulzar las cosas. La Alta Edad Media era un tiempo difícil y peligroso para vivir, donde un guerrero estaba muy por encima del común de los mortales, no solo por su habilidad con las armas, sino por el equipo: espada, hacha o lanza, escudo, casco, cota de malla... Eran poco comunes, sobre todo los de calidad, así que no era de extrañar que los supervivientes de un combate despojaran a sus enemigos de todo lo que de valor podían encontrar para equiparse ellos mismos. 



Lo mismo que sus descripciones de batallas son fieles al período y al marco geográfico. Los choques armados en el siglo IX en Inglaterra reunían a varios cientos o unos pocos miles de guerreros entre ambos bandos, muy lejos de las enormes batallas de la Antigüedad o lo que posteriormente serían las guerras en Europa de los siglos XVIII y XIX, con centenares de miles de combatientes y numerosísismas bajas. 



Aunque no es una saga deslumbrante, ni mucho menos, se lee con agrado. Sobre todo si se está familiarizado o interesado en el marco histórico de las invasiones vikingas. Incluso diría que está un peldaño por encima de la serie de Simon Scarrow sobre Macro y Cato (salvando las diferencias de ambientación entre una y otra). En cualquier caso, se agradece la agilidad de lectura y la ligereza en las descripciones y diálogos. 






domingo, 31 de marzo de 2019

Medio millar

Van casi diez años de una aventura que empecé allá por abril de 2009, durante una Semana Santa. Recuerdo que una noche empecé a pensar en comenzar a escribir una bitácora y apenas pude dormir hasta que me levanté de madrugada, di forma a la plantilla  y redacté la primera entrada. 

Después, poco a poco, algunos años más que otros, vinieron otras 498 entradas más. Hasta la de hoy, que hace un número rendondo: medio millar.Y dentro de unos pocos días tendremos otro número redondo: diez años.

En este tiempo las cosas se han estandarizado un poco. Al principio las entradas tenían una longitud menor, no había fotos y ni siquiera daba formato a los párrafos. Ahora todo esto está bastante más cuidado. 

Además he estandarizado el día de actualización al domingo. Alguna vez actualizo otro día, pero lo más normal es que sea el domingo, casi siempre por la tarde, cuando tengo un rato por casa. Es entonces el momento de tirar de lista y ver de lo que toca hablar, porque hay tantas cosas que tengo apuntadas que llevo un retraso horrible y comento libros y películas con meses de decalaje respecto al a fecha de lectura o visionado. 




La verdad es que me gustaría darle un poco más de variedad al blog: algo más de rol, empezar con algo de música y con juegos de mesa (ahora que me estoy aficionando) y videojuegos. 

Retomar las efemérides y comentar la actualidad sociopolítica lo veo más complicado, porque a no ser que sean temas que me llamen la atención con intensidad, el esquema de actualización de fin de semana, acompañado de que paso bastantes días fuera de casa entre semana, hacen más difícil el encajar todas las piezas. 

Y, sobre todo, me gustaría retomar el que fue el objetivo primero de este blog: obligarme a escribir material nuevo del Ciclo de Iramar y publicarlo. 

Ha sido casi un cuarto de mi vida llevando este pequeño espacio en la blogosfera. Durante este tiempo he logrado combatir con éxito la temida campana de Gauss de la que hablé hace casi ocho años. No solo eso, sino que llegó el primer seguidor fuera de mi círculo físico de familia y amigos. Luego llegó alguno más. Sé que todos permanecéis ahí, en silencio, pero fieles a vuestra cita semanal. Os lo agradezco. 

Aquí seguiré, dispuesto a dar guerra. No sé si otros diez años, u otras quinientas entradas. No pongo límites, pero ahora mismo no veo en el horizonte nada que me haga pensar en el cierre, así que... Y, si la cosa se tercia, a lo mejor hasta consigo darle ritmo al spin-off de Historias de Iramar, el blog de baloncesto 24 segundos que tengo bastante abandonado.

domingo, 24 de marzo de 2019

Pandorum

Los viajes estelares son uno de los pilares de la ciencia ficción y el modo de acometerlos, tanto en la literatura como en el cine, ha sido diferente. 

Por una parte tenemos los viajes por el hiperespacio, un concepto bastante difuso en el que la nave y todo lo que contiene "pasa" a otro nivel, desaparece del espacio actual y se planta, más o menos de forma instantánea, en el punto deseado de destino. El viaje por el hiperespacio tiene más bien pocas limitaciones, siendo quizá la más conocida el no poder saltar al hiperespacio cerca de una gran masa. Es la idea mayoritaria en los títulos en los que se habla de una civilización a escala galáctica.

Otra de las aproximaciones de los viajes estelares es el de las naves semilla. Naves estelares de gran tamaño que viajan a velocidades no relativistas repletas de centenas, miles o decenas de miles de tripulantes, generalmente en animación suspendida mientras el ordenador de a bordo traza y mantiene la ruta a un destino que se alcanzará en decenas o miles de años. Esta es la idea mayoritaria cuando lo que se trata es de salvar al último grupo de seres humanos antes del colapso del planeta, y no funciona en una civilización a escala galáctica.

Pandorum trata del segundo de estos conceptos. 



Dos miembros de la tripulación de la nave Elysium despiertan del hipersueño, antes de tiempo, totalmente desorientados y encerrados en una sala de control. De la tripulación a la que debían relevar no se sabe nada. Aislados como están, tratan de salir al exterior para tomar contacto con el puente, donde se supone que deberían estar sus compañeros, pero lo que se encuentran está lejos de ser lo que esperaban.

Tribus de humanoides caníbales, que han evolucionado en los largos años de travesía a partir de los pasajeros originales y que hoy solamente buscan en conseguir su sustento y dormir apiñados al calor del reactor nuclear. Antiguos tripulantes que han escapado de esa pesadilla y viven aislados, sin esperanza. Traiciones inesperadas.Todo un cóctel de aventuras y terror.


De izquierda a derecha: Payton, Nadia y Bower


Mientras intentan reconducir la situación y retomar la misión original, el teniente Payton y el cabo Bower temen contraer el virus pandorum. Temblores, escalofríos o desorientación son los síntomas iniciales de una infección que degenerará con rapidez en paranoia y locura. Lo más terrible de todo es que pandorum no tiene cura, así que si se contagian estarán condenados. 

Pandorum es una película entretenida, de algo menos de dos horas de duración y que se estrenó en España en 2009 (una vez más comento películas de la más rabiosa actualidad), que funciona bastante bien hasta llegar al final, que deja un poco descolocado y que es lo suficientemente abierto para poder desarrollar una segunda parte a partir de ahí. 

Lo mejor es, sin duda, la primera media hora o así de la película en la que parece que nos vamos a enfrentar a un thriller psicológico. A partir de ahí deriva en algo parecido a una película de vampiros o zombies y para mí pierde algo de interés. No obstante, el conjunto se ve con agrado. 

Además sale Antje Traue. 

Ella