domingo, 29 de agosto de 2010

Solomon Kane, la película

Hace unas pocas entradas hablaba de las historias de Solomon Kane, con bastante buena impresión. Así que dedicí dar el salto a su adaptación cinematográfica.

El resultado es más bien decepcionante en su conjunto. Aunque la película cumple su función, que es entretener al personal durante unos 100 minutos, después de verla no queda nada. Da la sensación de haber visto una película más, sin nada verdaderamente perdurable. Todo está dentro de la corrección: el guión, la fotografía, los efectos (sin alardes), el reparto... Pero en ningún caso se va un paso más allá, no destaca...

Es cierto que también se toma algunas licencias, pero con un buen fin. No es habitual que el protagonista tenga una catadura moral, digamos, difusa. En Hollywood todo es blanco o negro: los héroes son héroes, los malutos son malutos. Así que hay que construir un pasado para Kane, de tal forma que una desgracia familiar lo empuje a hacer el mal, pero su naturaleza le hace reflexionar para volver a ser el héroe que siempre debió ser. ¿Quién si no sería capaz de sacrificar su alma inmortal para salvar a una casi desconocida chica?

No obstante, a pesar de estas licencias, considero que es bastante fiel al personaje literario. En ese sentido, la película es como en el resto, satisfactoria sin más.

Una cosa que no me ha gustado es el doblaje de Kane. Habla permamentemente como si gritara pero sin llegar a hacerlo. Siempre enfatizando su voz. No sé, no me convence. Me recuerda a Viggo en Alatriste.

Una cosa que sí me ha gustado es la elección del protagonista. James Purefoy, al que conocía de su papel de Marco Antonio en la gran serie Roma. Espero verle más a menudo por las pantallas.


martes, 24 de agosto de 2010

Linaje real

Aquí estamos de nuevo, probando suerte en el III Certamen Monstruos de la Razón. Tras el fiasco del año pasado vuelvo con ánimos renovados, esperando al menos colar algún relato entre los finalistas.

Acabo de depurar un poco el de Fantasía, Linaje real. Después de un tiempo dándole vueltas a la cabeza con la trama, me he puesto a darle a la tecla. Lo acabé el domingo y ha estado reposando desde entonces, hasta que hoy lo he retocado un poco. Pensé que uno de los errores cometidos otros años era no revisar convenientemente los textos.

Son 1.993 palabras (el máximo del certamen son dos mil), el relato más largo que he mandado nunca a este concurso. Creo que me ha quedado bien, aunque sigo dándole vueltas al final. Quizá me haya pasado de sutil o que poca gente coja el guiño. Pero como me gusta tanto, lo he mandado igual.

En unos días espero colgar el de Ciencia Ficción y, con un poco más de tiempo, el de Terror. Este año voy a enlazar directamente a la web de OcioZero los relatos, así evitamos tamaño en el blog y podéis navegar un poco por la página.

Espero que os guste el relato

viernes, 13 de agosto de 2010

Ivanhoe

Ayer dí por sorpresa con esta película. La estaban poniendo en La 2 y, cómo no, me quedé enganchado (por cierto, una gozada ver cine sin publi). Cine de aventuras, un clásico. No entraré aquí en el argumento. Pienso que es de todos conocido.

Pero viéndola no puedo menos de acordarme de aquellas tardes de sábado en que veíamos "Sesión de Tarde" después de comer. De vaqueros, de aventuras, melodrama, comedias... Tirados sobre la alfombra, con pijama en invierno o con pantalones cortos en verano, en aquellas teles en blanco y negro (sí, tan mayor soy) y con dos canales para elegir: el de siempre y el UHF.

Con Robert Taylor en el papel del noble sajón Wilfredo de Ivanhoe, pasa ante nuestros ojos la Inglaterra del siglo XII. Colores artificiales, decorados de cartón piedra, peculiares vestuarios y atrezzo, armas de pega, extrañas ideas sobre lo que es la caballería y los caballeros, actores casi en la cincuentena que encarnan personajes mucho más jóvenes, con bigotitos engominados, bisoñés imposibles y engominados y caídas de ojos, siempre inasequibles al desaliento, riéndose de sus verdugos, siempre vencedores ante la adversidad.

No dudo que en su época fueran grandes superproducciones, pero hoy en día no pueden dejar de mirarse con simpatía las ingenuas escenas de acción: flechas que parecen lanzarse a puñados sobre las almenas del castillo; armas supuestamente contundentes que rebotan en el adversario sin causar daño; caídas a distinto nivel un tanto patéticas, entre desgarradores gritos de agonía provocada por heridas sin sangre.

¿Qué decir del doblaje? ¿Cómo olvidar las voces lánguidas de ellas, o las varoniles de ellos, encargados de proteger a las sufridas doncellas? Esa música de fondo remarcando los momentos más profundos, esas estruendosas trompetas que de cuando en cuando amenazan con rasgar nuestros tímpanos. Esos mensajes de integración racial, en este caso referido a los judíos, en un país como los Estados Unidos en que la segregación era práctica activa en una porción importante de su territorio. Paradójico, cuando menos.

Entretenimiento en estado puro. Si no hubiera existido, habrían tenido que inventarlo.

Para el final dejo a Elizabeth Taylor. Rebeca, la bella hija de Isaac de York, que contra toda esperanza ama a Ivanhoe y es a su vez deseada por Brian de Bois-Gilbert. Pocas veces he visto en cine una mujer tan hermosa y a ella misma sólo la puedo comparar en La gata sobre el tejado de cinc. Guapa, guapa y reguapa. Como Sofía Loren en El Cid o en La caída del Imperio Romano. O Elke Sommer en El premio. Vaya tres. Visto esto, cuánto hemos perdido en ese sentido. Las actrices de ahora sólo enseñan carne o se convierten en remedos violentos de su contraparte masculina. Ains, cómo hecho de menos el cine de los 50 o 60...

Sólo nos falta Víctor Mature, probablemente el peor actor de la historia, para completar el cuadro. Cuentan que en una ocasión quiso entrar en un club o en un restaurante y no le dejaron pasar. "Lo siento, señor. No se permite la entrada a actores". "Yo no soy actor" contestó sin inmutarse, con la misma cara que puso en cientos de escenas. "Tengo 64 películas para probarlo". Así, con un par.

Espero que algún día Dan Brown tenga los redaños para decir: señor mío, yo no soy escritor; tengo cinco novelas para probarlo.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Clones

Vamos hoy con un poco de cyberpunk.

Confieso que empecé el libro con un poquito de desconfianza... o un mucho. La fuente que me lo hizo llegar se había descolgado anteriormente con unas recomendaciones harto dudosas, así que no las tenía todas conmigo. Pero esa desconfianza pronto se descubrió infundada o, por lo menos, exagerada.

Estamos en un futuro relativamente cercano, siglo XXII, en una ciudad llamada Nueva Richmond que no es sino un enorme centro comercial volante que ha caído a tierra y cuyos habitantes han desarrollado una cultura exclusivamente urbana, estratificada de tal modo que la pirámide social deja de ser una metáfora para convertirse en una realidad: cuanto más elevada es la posición de una persona, vive y se relaciona en una planta superior del centro comercial, más cerca de la cúspide.

Antes he dicho que hablaría de cyberpunk. No es del todo cierto, ya que la novela podría también clasificarse con la misma facilidad dentro del género negro. El protagonista, Jack Randall, es un antihéroe que narra la historia en primera persona, antiguo policía, drogadicto, alcohólico y autodestructivo. Se dedica a trabajar a deshoras para llegar a casa sin tener que dar conversación. Resulta un ser atormentado no obstante por la muerte de su mujer y su hija de corta edad, horriblemente asesinadas, de la que es sin duda responsable.

Por azares de la vida, se encuentra fuera de Nueva Richmond trabajando en una Granja. Esto no es más que un edificio en el que se crían clones de personas pudientes a los que se extirpan miembros u órganos para reemplazar a los que pueda perder el original. Un ramalazo de ética hace que no pueda soportar esta situación, moderna esclavitud, y huya en compañía de un reducido número de "recambios" (curioso, pues el título original de la novela es "Spares"). A partir de aquí, se desarrolla la trama, alternando secuencias en el tiempo actual con repetidos flash-backs del protagonista que ayudarán a entender la historia y sus motivaciones.

Pero la presencia de los recambios, los clones, y esa nueva esclavitud, finalmente parece una excusa. No hay un desarrollo claro y parece que son mera ambientación. Escrita a mediados de los noventa, el entorno cyberpunk está bastante alejado en cuanto a valentía y calidad de lo que William Gibson hizo con Neuromante. Cuanto más lo pienso, más creo que el ambiente tecnológico no es más que un continente sin demasiado interés para el autor.

Si bien es cierto que la novela está plagada de clichés y peca de escasa originalidad (a no ser la acertada recreación de la sociedad de Nueva Richmond), se lee agradablemente. Tenemos un poco de todo: bajos fondos; amigos de Randall que le ayudan desinteresadamente y que en ocasiones pagan por ello; recreaciones sintéticas de personalidad; tiros; diálogos bien construidos teniendo en cuenta el entorno...

Aún así hay partes que se hacen áridas, como la visita que hacen al Abismo, una especie de realidad virtual en la que se desarrolla una guerra sangrienta y sin fin.

El final se hace demasiado precipitado y choca un poco con el resto del texto. Si hasta entonces hemos tenido una sociedad materialista, ahora se deja entrever un cierto mesianismo que, para mi gusto, está fuera de lugar. Por añadidura, el final feliz del chico-conoce-chica resulta demasiado edulcorado. No es que Jack Randall no se lo merezca, es que resulta un poco forzado y típico final feliz de Hollywood.

A pesar de todo lo dicho, me ha gustado. Merece un aprobado por los buenos ratos que he pasado leyéndola, aunque no entre en los anales del género.

Por cierto, el autor es Michael Marshall Smith.

sábado, 7 de agosto de 2010

Vueltas sin brillo

El otro día estuve meditando sobre algunos de los grandes mitos del deporte, en concreto tres. Tienen en común un ansia voraz de títulos y que no supieron asimilar que toda época tiene un final. Después de hacer Historia en sus respectivas disciplinas, después de haber grabado a fuego sus nombres, con filigranas de oro, en el corazón de millones de seguidores, después de años de retiro dorado, decidieron volver. El resultado es que enfangaron en cierta medida su legado, dejaron un baldón en su otrora impoluto nombre.

Veamos caso por caso...

El primero es Michael Jordan. Para muchos, el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos; no sé si tanto, pero es uno de los tres mejores. Su palmarés es espectacular: 10 veces máximo anotador de la NBA, 5 veces mejor jugador, 6 veces mejor jugador de las Finales, 6 títulos de la NBA, dos oros olímpicos... Tras un primer trienio glorioso con los Chicago Bulls, en los que ganó tres campeonatos, se retiró en el año 93 con aún 30 años. El asesinato de su padre y una cierta desgana tras arrasar continuamente, le hicieron probar suerte en el béisbol. Volvió en el año 95 para ganar otros tres títulos en el 96, 97 y 98, retirándose de nuevo con la sensación de poder dominar al menos un par de años más y dejando para la memoria la última jugada de las finales del 98. Un broche dorado a una trayectoria sin igual. Tras insistentes rumores sobre su vuelta, reapareción en 2001 con la camiseta de los Washington Wizards y con 38 añitos a sus espaldas. Aunque su rendimiento fue espectacular considerando la edad, fue incapaz de llegar a los play-offs y dejón una cierta sensación agridulce, aunque fuera uno de los pocos jugadores en anotar 40 o más puntos con 40 años o más.

Por orden cronológico, el sisguiente es Lance Armstrong. Ejemplo de superación personal al curarse de un cancer testicular con metástasis en cerebro y pulmones, y volver al máximo nivel, hoy en día es un símbolo de la lucha contra el cáncer y sus pulseras amarillas se venden por millones. Ganador de 7 Tour de Francia consecutivos, ostenta el récord tanto de victorias como de victorias seguidas. Además ha vencido en 23 etapas de la ronda gala. En 2009 volvió a la competición quedando tercero, pero creando también una agria polémica con su compañero de equipo y posterior campeón Alberto Contador. Demostró que no estaba preparado para ser el segundo de a bordo y dividió al equipo. En 2010 desapareció de los primeros lugares de la clasificación, marcando su ocaso para siempre. Su caso es peliagudo pues tras su vuelta se han disparado las declaraciones y acusaciones de dopaje, algunas realizadas por antiguos compañeros de equipo. Sean o no ciertas, su nombre ha quedado manchado. Si se demostrara alguna de ellas, su legado se perdería para siempre.

Finalmente tenemos a Michael Schumacher. Campeón de F1 siete veces, dos con Benetton y cinco con Ferrari, 91 victorias en grandes premios, 154 podios, 68 poles y 76 vueltas rápidasse retiró en 2006 tras ser derrotado por Fernando Alonso. A partir de entonces, asesor de Ferrari. Hasta que este año 2010 descuelga el casco y corre con Mercedes. Una catástrofe, pues se ve superado continuamente por su compañero de equipo Nico Rosberg, y se ve envuelto en grandes polémicas. La más gorda de ellas en el último GP de Hungría, en el que maniobra con alevosía empujando a su antiguo compañero Rubens Barrichello haciendo que casi choque contra el muro. Además de ser el piloto más laureado, es quizá el mas polémico: provocando accidentes para salir beneficiado y ganar el campeonato, maniobras discutibles durante carrera... Su vuelta ha hecho que el admirado Káiser esté luchando por conseguir puntuar de vez en cuando (esto no es culpa suya, el coche no da para más). Apagado el brillo sólo queda lo sucio, como la maniobra a Barrichello.

¿Qué pasa por la cabeza de estos campeones para arriesgarse así a perder su prestigio? Tienen fama y dinero, mucho dinero. Pero quizá tengan también una ambición sin igual. Supongo que sin ella no se puede llegar a ciertas cotas. Si no se es egoísta, es difícil destacar. Y estos tres van sobrados. Pero también hay que saber adaptarse a una nueva vida, afrontar nuevos retos, y no caer en la tentación de tratar de ser el de antes porque el tiempo pasa. Otros campeones llegan mientras los antiguos se van. Pero la gloria es eterna.

domingo, 1 de agosto de 2010

Sherlock Holmes, la película

Ha sido una agradable sorpresa. Tras ver duras críticas afirmando que no reflejaba ni mucho menos el espíritu del personaje, he de decir que me ha gustado.

Dirigida por Guy Ritchie, la película es vertiginosa desde el primer minuto hasta los títulos de crédito. Acción y humor se mezclan en una más que decentemente reconstruida época victoriana en el Londres de finales del XIX. En este punto, la recreación, los efectos visuales brillan con méritos propios, permitiendo gozar de magníficas vistas hasta el horizonte de la City.

Robert Downey Jr. y Jude Law están bien en sus papeles, Holmes y Watson respectivamente. El personaje de Holmes es, finalmente, bastante parecido al original: arrogante, ácido, un poquito asocial, misógino, un genio que necesita mantener la mente ocupada en extravagantes experimentos cuando no se encuentra dedicado a una investigación. En este momento es interesante el punto de vista de Watson, reflejando lo difícil que resulta convivir con él. Lo que no vi fueron señales de la adicción a la cocaína que Holmes, como muchos otras personas del XIX, sufría cuando la droga era considerada la panacea y era consumida libremente por los pacientes y recomendada por los médicos; supongo que se debe al afán políticamente correcto de la opinión pública actual.

En cuanto a Watson, no le va mal el aire dandy de Jude Law. Quizá resulta un poco demasiado joven, pero quizá también esto se deba a la imagen clásica que del personaje tenemos. Fiel acompañante de Holmes y, aquí más que nunca, una necesaria ancla a la realidad. ¿Qué sería de Holmes si Watson le abandonara? Probablemente se perdería en un abismo sin fondo.

¿Por qué tan malas críticas, entonces? Puede que porque, además de su cerebro, Holmes emplea su cuerpo y no en pequeñas dosis. Las peleas se suceden a un ritmo trepidante y el despliegue físico es impresionante. El resultado no está mal si uno está abierto a nuevas perspectivas. Me ha gustado el recurso utilizado de ver primero la estrategia en la pelea con una explicación del procedimiento y el resultado que se espera conseguir (pérdida de consciencia, costillas fisuradas, mandíbula desencajada) y luego ver cómo Holmes aplica esa misma estrategia a una velocidad de vértigo, para deshacerse de su rival.

El misterio, el núcleo de la peli, tampoco está mal llevado aunque no resulte demasiado original: un villano vuelve de la muerte para destruir el mundo; intriga a distintos niveles, llegando incluso al Gobierno de Inglaterra, por aquél entonces la primera potencia mundial.

¿Qué no me gustó? Irene Adler, por supuesto. ¿Tensión romántica en una película de Holmes? Pero claro, si queremos un blockbuster no hay otra forma que meter acción y romance. Es el peaje que en ocasiones hay que pagar para que se hagan películas que de otro modo quizá no serían financiadas o, al menos, no a este nivel.

Lo que me pareció fantástico fue el final, con la explicación de rigor de Holmes. No se había engañado al espectador. Todo estaba ahí, lo habíamos visto todo. No había ninguna información que tuvieran los protagonistas y no los espectadores. No era necesario ningún añadido, sino que repasando los planos clave y resaltando lo importante con un buen juego de luces, vemos lo evidente. Este recurso tan honesto me parece que es de agradecer.

Tampoco están nada mal la aparición del misterioso Moriarty. De una importancia tangencial en el argumento, su carisma como villano habla por sí mismo.

En resumen, a pesar de alguna que otra extravagancia, Sherlock Holmes es una buena película que ayuda a pasar el rato. Una peli de aventuras de las de antes, con los medios de hoy. De 0 a 10, se lleva un 8, con un par. En cualquier caso, resulta mucho mejor que El Código Da Vinci, basada en el libro homónimo de cierto autorcillo...