La saga de Senda de tinieblas continúa la historia de Drizzt Do´Urden y sus amigos de Mitrhil Hall tras los sucesos acaecidos en la búsqueda de Crenshinibon, el artefacto conocido como la Piedra de Cristal.
Se trata, cómo no, de una trilogía y su primer volumen es El estigma de Errtu. La trama principal, si se puede considerar así, es la caída a su abismo personal de Wulfgar, quien tras ser torturado hasta el borde de la locura por este demonio, es incapaz de remontar su espíritu y, más bien al contrario, se sumerge en una espiral de odio y autodestrucción basada en el alcohol y la autocompasión, al final de la cual llegará incluso a perder su preciado martillo de guerra, Aegis-fang.
Una de las tramas paralelas de este volumen lleva a Drizzt y el resto de sus compañeros en busca de un clérigo, que no resulta ser otro más que Cadderly, para intentar destruir el artefacto. La segunda trama paralela nos lleva a acompañar al asesino Artemis Entreri a su ciudad natal de Calimport en busca de revitalizar su memoria y su estatus en esta urbe del crimen organizado, las insidias y las conspiraciones.
El segundo volumen, La columna del mundo, narra el viaje de Wulfgar en busca de sí mismo, con la idea inicial de volver al territorio de su tribu. Acompañado por un amigo encontrado en las turbias calles de Luskan, la idea inicial se interrumpe al llegar a un valle en el que se verá involucrado en una trama producto de la ambición y la mezquindad humanas.
Una joven y bella campesina que atrae al joven señor al que ella no corresponde por voluntad sino por intentar asegurar la supervivencia de su familia. La muchacha se queda embarazada tras una sola noche de pasión con su amor verdadero y trazará un plan para deshacerse de la mácula en su virtud, encontrando al enorme Wulfgar al perfecto cabeza de turco. Al final, la nobleza de carácter del bárbaro conseguirá salir a la luz y llegar a un final satisfactorio.
La trama paralela la constituyen Drizzt y sus amigos, saliendo en busca del bárbaro con la ayuda del capitán Deudermont, el mago Robillard y la tripulación del Duende del mar, antiguos compañeros del grupo cuando se convirtieron en la pesadilla de los piratas. El capitán Deudermont se encontró con Wulfgar cuando era apenas un despojo humano, pero siempre creyó en la redención del muchacho a pesar de haber sido atacado por él.
La redención de Wulfgar se completa en El mar de las espadas, con Wulfgar navegando de nuevo en el Duende del mar. Sus amigos contrinúan buscándolo y siguen la pista de la marca del martillo perdido en un cadáver encontrado por casualidad. El martillo es ahora propiedad de la capitana pirata Sheilla Kree.
El final climático de la trilogía no corresponde a Wulfgar, sino a Drizzt, porque deberá combatir a muerte con un enigmático adversario que parece haber estudiado hasta el más mínimo detalle el estilo de lucha del drow. Tras vencer y matarlo, Drizzt descubrirá que su oscuro pasado ha vuelto a encontrarle en cuanto vea el verdadero rostro de su enemigo y reconozca el de la pequeña elfa a la que salvó la vida hace muchos años cuando su partida de guerra masacró a unos elfos de la superficie.
La trilogía adolece de muchos de los problemas de la literatura de franquicia y presenta muy pocas virtudes aparte del carisma de algunos de sus personajes y la ambientación en el rico escenario fantástico de los Reinos Olvidados.
Las motivaciones de los personajes son débiles en muchas ocasiones. El plan para enmascarar el embarazo de la muchacha es basto, zafio y mezquino incluso a los ojos del lector de hace treinta años. La autocompasión de Wulfgar y la introspección de Drizzt son difícilmente digeribles para alguien con muchas páginas leídas a cuestas. Y la locura de la muchacha elfa, si bien puede tener un éxito dramático, no me parece que se sostenga por ninguna parte.
Las escenas de lucha, pretendidamente dinámicas, pueden resultar maravillosas en la mente del autor, pero a mí me acaban cansando las descripciones de esgrima y acrobacias, en las que todos los actores acaban haciendo volteretas para esquivar los tajos mortales.
Este tipo de literatura, con una calidad discutible desde siempre, tenía un pase cuando el lector era mi yo de hace treinta años, pero hoy, con un bagaje de lecturas de fantasía muy amplio, apenas se sostiene y se le ven todas las costuras.
Sin embargo me cautiva por la añoranza de tiempos supuestamente mejores en los que un grupo de muchachos en los primeros años de sus veintenas, quedábamos una vez a la semana para pasar unas horas de evasión y aventuras jugando a Dragones y Mazmorras.
Supongo, dado que hoy se están reeditando estas novelas a buen ritmo, que estas historias pueden tener todavía su público, siempre que este no sea muy exigente.


