lunes, 13 de abril de 2009

Un claro en Arthedain

Este primer cuento que os traigo lo escribí para un certamen de relatos basados en la obra de Tolkien y convocado por la página web de elfenomeno.com. Fue allá por 2005 y ganó una mención especial del jurado.
Lo cual no tuvo mucho mérito, la verdad, ya que más de la mitad de los treinta relatos presentados fueron merecedores de una mención especial.
Pero pensé que para ser el primer certamen al que me presentaba no estaba mal. Más cuando lo escribí en apenas unas horas. Y sinceramente, se nota. He pulido una buena parte de él y reescrito el final. De muchos defectos no me dí cuenta hasta esta relectura.
Sin más os dejo con él. Espero que os guste.
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-¿Cuánta ventaja nos llevan, padre?
El muchacho se encontraba recostado en un árbol del frondoso bosque al borde de la estrecha vereda de animales que lo atravesaba. De elevada estatura para su edad, tenía el largo cabello negro enmarañado y respiraba agitadamente apoyado en un arco de tejo casi tan alto como él. De su cinturón pendía un largo cuchillo de caza, envainado en una bonita funda de cuero adornado con filigranas de cobre.
Su acompañante miraba ceñuda y fijamente al suelo frente a ellos, buscando indicios claros de aquellos a los que perseguían, al tiempo que apretaba fuertemente en su mano un trozo de fino paño que en un tiempo debió ser azul pero que ahora se encontraba sucio de polvo, sangre y barro.
Posó entonces en el chico sus severos ojos grises, que sin duda se enternecieron aunque sólo fuera por un momento. Vio en su rostro el reflejo fiel del de su amada esposa, los mismos ojos azules como el cielo, la misma fina nariz recta que dividía su rostro agraciado en dos partes casi simétricas, o los labios finos y firmes sobre una barbilla delicadamente ovalada. Sólo la espesa mata de crespos cabellos negros parecía haber sido su aportación al atractivo muchacho.
Al recordar a su mujer sintió una punzada de miedo que desechó con rapidez, pues consideraba inútil dejarse llevar por esa sensación en aquellos momentos, y volvió la espalda al chico.
-No lo sé con seguridad, quizá dos o tres horas. Definitivamente no más. –dijo al tiempo que se incorporaba de nuevo. –Apresurémonos. Está anocheciendo y deberán acampar si no quieren perderse.
Apenas dirigió un breve vistazo a su hijo al emprender de nuevo el camino, primero a buen paso para comenzar a correr antes de perderse de vista.
El joven, meneando la cabeza, fue tras él después de asegurar el arco a su espalda con un suspiro de resignación y esquivando como podía las traicioneras ramas bajas y raíces, cada vez más difíciles de ver en la decreciente luz.
Mientras su cuerpo adoptaba un paso mecánico al igual que lo había hecho a lo largo de la tarde su mente se trasladó al momento en que, dos días antes, llegó a la casa familiar tras un tedioso día de caza.
Aún desde la distancia era evidente que algo no iba bien en la gran mole de piedra. El corazón le dio un vuelco en el pecho pues la vida no era fácil ni segura allá en las postrimerías, no ya del poderío sino incluso de la mera existencia del único resto libre del antiguo reino de Arnor. Sí, en las fronteras de Arthedain la vida no era una maravilla. Su padre, aun siendo un vástago menor de una casa de poca importancia en el glorioso Númenor, tenía el porte severo y orgulloso de los dúnedain, curtido además por una larga vida en el salvaje Norte, donde cada día la gente se levantaba con el miedo a los ejércitos del Rey Brujo y, últimamente, a las numerosas bandas de merodeadores y bandidos que vagaban por sus tierras.
Llevaban casi una semana intentando conseguir algo de caza para complementar las gachas de cereales que eran su único alimento en las últimas semanas, así que añoraba el hogar, a su hermana pequeña y a su madre. Ella era su apoyo cuando su padre perdía la paciencia con él, lo que por otra parte sucedía con bastante frecuencia pues la espada y el arco no eran para él tan preciadas como un buen libro y la calidez del hogar. Su padre nunca se cansaba de repetir que un libro no defendería a su futura mujer e hijos cuando tuviera que hacer frente a una incursión y no entendía el afán de su hijo.
Durante la caza, su mente se encontraba en otro sitio. Y su sueño no era otro que viajar al lejano y aún floreciente Gondor, aposentarse allí y visitar a placer las sin duda numerosísimas y hermosas bibliotecas, estudiar sus preciados libros y pergaminos y, por qué no, hacer carrera como escriba en la burocracia del reino. Nada tenía aquella inhóspita e insegura tierra que ofrecerle. Mas temía el momento de comunicar a su familia sus intenciones.
Al no ver signo alguno de vida en el claro, miró de reojo a su padre. Si bien su rostro permanecía imperturbable como siempre, le pareció no obstante que también estaba preocupado, pues apretó el paso en su ansia por llegar a la vivienda.
A unos buenos quinientos pasos de la casa iniciaron una frenética carrera. Ambos habían visto lo mismo, un bulto casi oculto por la maleza a un lado de la senda, cerca de la puerta principal. Unas aves allí congregadas y que sin duda eran cuervos, negros como la noche, emprendieron el vuelo al espantarse.
Se encontraron al viejo Galeth tendido sin vida en el suelo. Cuando los demás siervos abandonaron el asentamiento al hacerse casi insoportable la vida en él, el anciano caballerizo había permanecido fiel, quedándose con ellos.
Recordaba las súplicas de su madre para que su familia siguiera el ejemplo de los que se habían ido. Pero más aún recordaba la ira de su padre mientras replicaba que nunca abandonaría la casa de sus ancestros.
Ahora el viejo yacía ante sus ojos. Un amplio surco rodeaba su cuello, allá por donde la vida había escapado de su enteco cuerpo en rojos borbotones. Los achaques de la edad le hacían incapaz de realizar trabajos pesados, así que su labor se limitaba a ayudar a su madre y su hermana en las tareas de la casa o acarrear con gran esfuerzo baldes de agua para cocinar o lavarse. Pero no había dudado en defender a sus señoras, como lo atestiguaba una vieja espada oxidada asida en su sarmentosa mano. ¡Pobre Galeth! Valiente y fiel hasta el final.
Miró a su padre y por primera vez fue consciente de su humanidad, pues con gran delicadeza se arrodilló junto a él y acarició aquella mano sin vida antes de retirar la espada y cubrir el cuerpo con su capa. Luego desenvainó su largo cuchillo de caza y, con el ánimo encogido, se dirigió a la casa.
Muchos años antes de nacer él ya se habían sellado las plantas superiores del gran edificio, siendo ahora la planta baja y la primera las únicas que se utilizaban con regularidad. Atravesaron la puerta principal para encontrarse lo que tanto habían temido: la vivienda había sido saqueada por completo, los escasos muebles estaban destrozados, los víveres habían desaparecido e incluso se habían llevado las mejores armas de la panoplia.
Pero esto no importaba comparado con la ausencia de su madre y su hermana. Recorrieron la casa infinidad de veces gritando sus nombres, arriba y abajo, sin encontrar rastro de ellas. Cobraron entonces conciencia de que ahora eran cautivas. Las otras posibilidades eran demasiado dolorosas para ser tenidas siquiera en consideración.
Era ya de noche cuando salieron al exterior. Discutieron entonces, pues no tenía sentido emprender una persecución de inmediato sino que más valía esperar a las primeras luces del alba y, entonces, buscar el rastro que les permitiera encontrar a las mujeres. Pero su padre no apreció este punto de vista. Enfurecido se adentró de nuevo en la casa para salir al poco con una tea encendida.
-Buscaremos el rastro ahora –recordó que le dijo con voz firme.- Aunque los ojos se nos caigan bajo la escasa luz.
Nunca antes había visto esa fiera determinación en sus ojos. Así que no se atrevió a replicar y, tras hacerse él mismo con otra antorcha, comenzaron la frenética búsqueda.
Aquello había sucedido apenas dos días atrás, pero parecía mucho más lejano en su memoria. Su mente volvió al presente y se preocupó de no ver aún a su padre ante él. Seguramente sus ensoñaciones habían hecho que perdiera terreno.


Corría ya en la más completa oscuridad. Parecía que su hijo había quedado nuevamente atrás y masculló un reniego. ¿Es que nunca sería capaz de introducirle un poco de sentido común en la sesera? No era tonto, se había dado cuenta que aquella vida no llenaba al muchacho y, si debía ser sincero, en lo más profundo de su ser estaba de acuerdo con él. Pero no podía aceptarlo, de ningún modo. Sus antepasados habían navegado con el valiente Elendil y sus hijos cuando la cólera de los Valar castigó el orgullo de Númenor. Su familia había combatido en la Tierra Negra y había llorado la muerte del Rey. Sus servicios les valieron una porción de tierra, pequeña pero merecida. Y en su momento decidieron asentarse en el Reino del Norte.
Allí habían vivido desde entonces. Y mientras Arnor o su heredero tuvieran un soplo de vida, un miembro de su familia estaría dispuesto a luchar por la tierra que pisaban.
Sólo él sabía cuán difícil era aquello. Nada deseaba más que acompañar a su hijo a Gondor y olvidar las penurias y llevarse con él a su pequeña flor y a su amada esposa, pero ahora hasta eso le había sido arrebatado.
Cuando constató que la casa estaba vacía sintió crecer en su interior una ira fría que invadió todo su ser. Decidió entonces que rescataría a las mujeres y que haría pagar a sus captores cada momento de sufrimiento. Nada importaba que fueran esbirros del Rey Brujo, bandoleros harapientos y desesperados o quién sabe qué.
Se detuvo un momento aguzando el oído sin que le llegara sonido alguno detrás de él, así que decidió continuar sólo, pues el tiempo apremiaba. Apretó fuertemente en su mano el jirón de tela que era al mismo tiempo su esperanza y su miedo desde que lo encontraran a primera hora de la tarde y tras sujetarlo al cinturón emprendió la marcha, ahora con más cuidado.
Era ya noche cerrada, pero no quiso encender una luz. Confiaba en estar cerca del grupo y no quería alertarles sin saber cuántos eran. Estimaba que serían entre cinco y ocho, sin contar a las dos mujeres cuyas huellas eran en ocasiones patentes en la senda que seguían. Debían estar cansadas, pues le pareció que arrastraban los pies, dejando un rastro alargado en la tierra. Por eso estaba seguro que tendrían que acampar de noche. Y pensaba darles alcance antes de que despuntara el nuevo día.
Tras seguir su camino durante lo que le pareció un largo tiempo, percibió más adelante un tenue resplandor apenas visible entre la enmarañada vegetación. El corazón comenzó a palpitarle con fuerza, pues no dudaba que se encontraba cerca de su meta. Extremó entonces sus precauciones, asegurando los correajes de su ligera armadura de cuero y desenvainando el cuchillo. Besó el frío filo, depositando en él sus plegarias y sus esperanzas. Aquella noche debía serle más fiel que nunca.
Avanzó con cautela, oteando los alrededores de cuando en cuando y poniendo especial cuidado en dónde pisaba. A medida que se aproximaba distinguía la luz con mayor facilidad. Se encaminaba hacia un claro en el que el grupo se había detenido. El hecho de que hubieran encendido el fuego hizo crecer la confianza en su interior; aquello significaba que no esperaban que alguien les siguiera el rastro, por lo que debería ser relativamente fácil sorprenderlos. Si tenía suerte quizá pudiera asustarles lo suficiente para no tener que pelear con todos a la vez, rescatar a su mujer y a su hija y emprender la huida.
Se detuvo, pues a su derecha se recortaba la sombra de un centinela. Esperó unos instantes, pero no había sido visto ni oído. Se encontraba a unos pocos metros de distancia, así que decidió acabar con él antes de continuar su camino hacia el claro. Se acercó sigilosamente, empuñando con fuerza el mango del cuchillo, hasta que pudo oír la respiración del otro, tan cerca que podía tocarle si extendiera el brazo.. Su pausado ritmo le dio la pista que esperaba: se había quedado dormido. Acabó por decidirse, así que con un rápido movimiento amordazó rápidamente al desgraciado con su mano derecha y, levantándole la cara hacia las copas de los árboles, sesgó su cuello con el cuchillo que portaba en la izquierda. No aflojó su presa hasta que sintió el cuerpo sin vida recostarse contra él. Se acercó entonces lo más posible a fin de estudiar su rostro para encontrarse con un malencarado hombre, de enmarañada barba descuidada. Le despojó de sus armas pero, tras sopesar la espada corta, prefirió continuar con el cuchillo a cuyo uso estaba más acostumbrado.
Retomó el camino, llegando al linde de un amplio claro en cuyo centro ardía una hoguera que a juzgar por el titilar del fuego hacía ya un buen rato que no había sido alimentada con leña. Se arrastró hacia la derecha, buscando una mejor visión del grupo y contó cuatro hombres tan desagradables como el que había eliminado. Además, atadas al tronco de un árbol mucho más grande que los demás, vio a su hija y a su mujer. La falta de cualquier señal de vida en ellas le incomodó y preocupó. A pesar de estar un largo rato esperando, no variaron su postura y a la distancia a la que se encontraba tampoco era capaz de ver el movimiento de sus pechos al respirar.
Penetró entonces en el claro, dentro del círculo de luz, moviéndose en silencio y con rapidez y determinación. Pero no todos los rufianes estaban dormidos, pues uno de ellos se incorporó y dio la alarma. Antes de que pudiera llegar a él, ya los otros tres se incorporaban y buscaban sus pertrechos.
Sonó el estrépito del acero contra el acero, mientras esgrimía su cuchillo contra la hoja de su adversario. Los otros maniobraban para rodearle, así que intentó acabar cuanto antes con el primero para enfrentarse a ellos.
Presionó duramente, propinándole una auténtica lluvia de tajos y estocadas hasta que encontró el hueco que buscaba y hundió profundamente el cuchillo en el pecho, segando su vida. Con rapidez se hizo con la espada pensando que le ayudaría a enfrentarse al resto y se volvió. Justo a tiempo, pues este movimiento fue suficiente para que la estocada que tenía por objetivo su espalda se clavara profunda y dolorosamente en su brazo derecho. Sintió la sangre empapándole la mano, y el dolor le hizo entornar los ojos. Vio que los tres se dirigían miradas de complicidad y el fatalismo invadió su espíritu, mas con ello vino su desprecio por la propia muerte. Apretó los dientes y se lanzó al ataque hacia el centro, esquivando dos estocadas y parando otra con la espada corta. Pronto jadeó por el esfuerzo y la pérdida de sangre dejando caer la espada, demasiado pesada ahora para su brazo herido. Mas siguió presionando y esquivando, con el único afán de llevarse a alguno más por delante.
Y entonces oyó un seco chasquido y un silbido para ver el astil de una flecha salir del cuello del hombre de su derecha y quedarse allí, cimbreante. Los otros dos quedaron tan sorprendidos como él, pero se repuso con rapidez y enterró el cuchillo en el estómago de uno. El otro se lo pensó mejor y huyó, solo para ver truncada su carrera a los pocos pasos y caer como un fardo al suelo con una flecha clavada en la espalda.
Cayó entonces sobre una rodilla, jadeante, antes de poder girarse y ver salir de la espesura a su hijo, con el arco tensado y una flecha preparada, caminando con cautela. Apretó fuertemente su herida, tratando de evitar la pérdida de sangre, y desechó el desvanecimiento con un movimiento de cabeza. Se dirigió hacia las mujeres, casi arrastrándose, con verdadera ansia de tocarlas y estrecharlas en sus brazos. Llegó antes al lugar donde yacía su hija, a la que encontró desvanecida aunque viva, con un débil pálpito en su cuello. La acarició suavemente, dejando en su rostro el rastro de su propia sangre. Trató de soltar las ataduras que la aprisionaban, pero estaban hechas por manos expertas y él había dejado atrás su acero. Desesperó y porfió, hasta que alguien puso un cuchillo en su mano. Alzó los ojos para encontrarse con los de su hijo, que tras haberse cerciorado de que los cuatro hombres estaban muertos, se unió a su padre.
Tras cortar las ligaduras, depositaron a la joven amorosamente en el suelo y se dirigieron a hacer lo mismo con la madre. Pero en aquel cuerpo no encontró signo alguno de vida. Frenético buscó otra vez, mas pronto comprendió que su amada mujer estaba muerta, quizá de agotamiento y penurias, pues no había rastro visible de violencia en su cuerpo. Sollozó y se apartó mientras su hijo se arrodillaba junto a él y comprobaba a su vez la fatalidad.

Buscó el pulso, pero no lo sintió bajo la piel. Escuchaba los sollozos de su padre a su lado, mas sólo tenía ojos para el cuerpo sin vida de la mujer. Con delicadeza, retiró un mechón de cabellos castaños del dulce rostro y lo acarició. Sintió la ira crecer dentro de él como nunca lo había hecho y estalló. Se dirigió a su padre y cogiéndole con fuerza por los hombros le zarandeó con violencia.
-¡La has matado! –gritó con fiereza- ¡Orgulloso egoísta!¡La has matado!
Su padre le miraba con ojos vacíos, sin contener el llanto. Trató de zafarse de la presa que lo atenazaba, pero ésta se mantenía con brutalidad.
-¡Si nos hubiéramos ido cuando tuvimos la oportunidad ahora estaría viva! – continuó- ¡Y el viejo Galeth habría muerto como merecía, en la cama, honrado por la familia a la que sirvió!
Agotado, se dejó caer junto a su padre y rompió a llorar. Ambos lloraron hasta que se les secaron las lágrimas.

Al despuntar el alba habían erigido un túmulo para alojar el cuerpo de la madre y esposa, para protegerlo de las alimañas. Ante él rezaron sus plegarias y recordaron para sí al ser querido. Su padre tenía el brazo en cabestrillo, con el vendaje aún manchado de sangre. Los rostros estaban macilentos, con grandes manchas violáceas bajo los ojos debidas al cansancio, la falta de sueño y la pena. La joven permanecía acostada, ajena a la desgracia que había golpeado a su familia.
-Iremos a Gondor –anunció el mayor.
Ambos se miraron. El padre con profunda pena, el hijo sin dejar asomar sentimientos hacia él. Era demasiado tarde.
-Ya nada nos ata a esta tierra –continuó- Demos a tu hermana lo que tu madre siempre deseó.
El joven asintió sin decir palabra. No había nada que decir. Se dirigió al lugar en el que habían amontonado sus pertrechos.
Su padre se demoró un poco más junto al túmulo; no quería irse sin decir un último adiós a su esposa. Se arrodilló y alargó el brazo, acariciando las piedras. Se quedó allí unos instantes, reacio a irse definitivamente, hasta que un golpe sordo acompañado de un gemido apagado le hizo salir de su ensimismamiento. Se volvió para ver a su hijo caer al suelo, con una flecha en el pecho, disparada desde tan poca distancia que la roja punta asomaba más de un palmo por la espalda.
Sus ojos se desorbitaron y quiso gritar, sin éxito. Buscó con la vista, hasta localizar al arquero, que ya tenía otra montada en el arco corto, apenas a veinte pasos de distancia. Sonrió mostrando sus dientes cariados y soltó la cuerda.
Sintió un fuerte dolor en el pecho. Bajó la vista y allí estaba el proyectil. Miró incrédulo a su asesino, mientras sentía que la sangre se escapaba por la herida, esta vez sin remisión. Se reprochó su propia necedad, pues entendió que en algún momento de la persecución el rastro se dividió y él continuó tras el grupo mayor, obviando uno o dos forrajeadores. Bueno, ya no había remedio.
Pensó en su mujer, a la que pronto vería allá donde Ilúvatar destinara las almas de los Hombres. También en su hijo, al que quizás entendiera por fin en la otra vida. Y por último en su hija, a la que deseaba una muerte rápida, sin sufrimientos. Pronto se reunirían otra vez los cuatro.
Pensó entonces que no debería morir de rodillas. No debería permitir la vergüenza de su estirpe. Escupió un esputo sanguinolento y, con esfuerzo, se incorporó. Jadeó con el rostro crispado. Para entonces el rufián había desenvainado un largo cuchillo y se había acercado lo suficiente para poder oler su fétido aliento.
-Adiós, viejo –dijo al tiempo que le apuñalaba y retorcía la hoja en su vientre.
Su cuerpo se convulsionó. Cerró los ojos mientras caía hacia atrás.
“Espérame amor mío. Ya voy”

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