viernes, 12 de julio de 2019

La paradoja de Fermi

Nuestro Universo está en continua expansión y alberga cientos de millones de galaxias, cada una de ellas con decenas de miles de millones de estrellas. Alrededor de cada estrella orbitan al menos una decena de planetas y malo será que al menos uno de ellos no orbite en la zona de habitabilidad de la estrella. 

O sea, si hacemos uso de la lógica, debería haber un número entre 1 (nosotros) y varios millones de sistemas estelares que albergan, han albergado o podrán albergar vida. Y, del mismo modo, podemos llegar a la conclusión de que un número entre 1 (nosotros) y varios millones de estos sistemas estelares, albergarán vida inteligente. 


La ecuación de Drake


El número, o más bien la estimación exacta, vendrá dado por cuán optimistas estemos el día en cuestión. Pero la lógica suele ser aplastante. 

Fran Drake desarrolló una ecuación que intenta estimar ese número de sistemas estelares que nos acompañan durante el camino (¿largo?, ¿corto?) de la civilización. Un intento de aplicar las matemáticas a un tema tan subjetivo. El problema, claro, que no es posible conocer los valores que necesitamos aplicar. O sea, vuelta a la subjetividad. 

Este es Drake...

Drake, como cualquiera de nosotros echando unos números, pensaba que debería haber otras civilizaciones inteligentes con las que podríamos comunicarnos e impulsó el proyecto SETI, ese en el que puedes participar tú también compartiendo tiempo de procesador. A pesar de todo, los años y las décadas pasan y no encontramos nada más allá de la fugaz señal WOW! y que no se ha vuelto a repetir. 

¡Uala!


Fue el físico italiano Enrico Fermi el que apuntó su famosa paradoja: la paradoja de Fermi. O sea, si hay potencial para tantos y tantos compañeros y vecinos, ¿dónde paran que no los oímos?. Otra aplastante aplicación de la lógica. Aplastante porque hace uso de la evidencia para destrozar los sueños de aquellos que desean surfear con los aliens. 

...y este es Fermi

Hay respuestas para todos los gustos, algunas más desarrolladas y otras apenas apuntadas:

  • Las civilizaciones no coinciden en el tiempo. La escala de tiempo del Universo es tan amplia que pudiera darse el caso de que dos civilizaciones cualesquiera no compartan la misma ventana temporal. 
  • Las distancias son tan grandes que todavía no hemos contactado. El tiempo que tarda una señal en llegar (o salir) a la Tierra desde el planeta habitado más cercano puede tan largo que todavía no haya llegado a nosotros.
  • Están ahí, pero no desean ser contactados. Esta hipótesis abre escenarios estimulantes para los conspiranoicos, esctritores y demás gente de mal vivir (por ejemplo la hipótesis del zoológico)
  • Están ahí, pero no conseguimos entenderlos. Puede que su tecnología sea tan avanzada que no tengamos los medios para reconocer sus mensajes.
  • Hay un cuello de botella en la evolución de las civilizaciones que puede llevar a su autodestrucción. O sea, que hay civilizaciones que se han autodestruido a escala temprana. Esto debe ser antes de que la civilización tenga capacidad para el viaje interplanetario y/o interestelar, porque de otro modo podría escapar del colapso de su mundo natal. Si el embudo es muy acusado, pocas o ninguna civilización será capaz de desarrollarse y pasar al otro lado. 
  • Realmente somos una consecuencia extremadamente improbable (hipótesis de la Tierra rara). Hay un gran filtro que impide el desarrollo de vida inteligente.
  • Realmente estamos solos
Prácticamente ninguna solución propuesta a la paradoja de Fermi fomenta el optimismo, la verdad. O nos enfrentan a la soledad del inmenso vacío estelar o nos ponen delante de un espejo para que veamos las consecuencias catastróficas de nuestro hacer. 


Filtro evolutivo

La verdad es que la lógica y la evidencia nos llevan a soluciones contradictorias. 

Pero también hay la posibilidad de que estemos pecando de inconscientes al querer contactar con una civilización vecina, como llegó a decir Stephen Hawking. Porque, ¿cuáles son sus capacidades? Y más importante aún, ¿cuáles son sus intenciones? 



lunes, 8 de julio de 2019

Vikingos (T5)

La quinta temporada de Vikingos también se ha dividido en dos partes de diez capítulos cada uno y continúa el cambio de foco tras la muerte de Ragnar en la cuarta temporada. 

El problema es el mismo de entonces: el personaje de Ragnar era tan arrollador que eclipsaba a todos los demas. Ninguno de los demás se le puede aproximar. Ni Lagertha, Bjorn, Floki, Ubbe, Rollo... ni el mismo Ivar sin Huesos.




En esta ocasión tenemos la guerra entre hermanos que ya se vislumbró en la cuarta temporada. De un lado Ubbe, Bjorn y Lagertha. Del otro Ivar, Hvitsärk y el rey Harald. En el medio, el control de Kateggat. 

Sangre, mucha sangre. E Ivar, mucho Ivar, que resulta el protagonista indiscutible de la temporada por encima de cualquiera de sus hermanos y demuestra estar también por encima suyo en cuanto a previsión, táctica y estrategia, derrotándolos una y otra vez hasta que, al final, solo la traición puede con él aunque conserva la vida para una sexta temporada. Ese descenso a los infiernos de la locura resulta atractivo, casi como caer al reverso tenebroso de la fuerza. 




Crece también el protagonismo de Alfredo de Wessex, aunque se le ve más bien pusilánime y aún lejos del gran rey que fue. En su trama brilló con luz propia su madre, Judith, capaz de todo con tal de asegurar en el trono a su hijo, aún a costa de su otro hijo (una escena digna de Juego de Tronos).

Una decepción resulta ser la historia de Floki y la colonización de lo que debe ser Islandia. Vale que es también la historia de la mezquindad humana y cómo esa mezquindad echa por tierra los sueños del buen Floki, que cree haber encontrado el hogar de los dioses, solo para ver una cruz cristiana en el interior de una cueva. 




Es interesante esa dualidad paganismo / cristianismo en los personajes principales que Vikingos recupera en esta temporada. Resulta ser uno de los mejores momentos desde la desaparición de Athelstan hace ya un par de temporadas. 

Y como descubrimiento que me encantó, Jonathan Rhys Meyers y su personaje, el obispo Heahmund, príncipe de la Iglesia y guerrero que se debate entre el amor a Dios y su amor a Lagertha. Su final me pareció épico, pero también triste porque hubiese sido un aliciente para las temporadas por venir. Confieso que no había visto antes a este actor, pero no voy a poder olvidar en mucho tiempo esa mirada que desprende a la vez fanatismo y locura, quizá lo más cercano a la santidad. 




En resumen, la quinta temporada me pareció bastante plana salpicada con algunos momentos de verdadero interés, pero también con otros momentos de verdadero aburrimiento. Me parece que el interés va a ir decreciendo, por el sencillo motivo que los personajes que se quedan no son capaces de cubrir el hueco de los personajes que se van. 


sábado, 29 de junio de 2019

Ún, dos tres...

Hace apenas un par de semanas que saltó la noticia de la muerte del gran Narciso Ibáñez Serrador, Chicho. Fue el 7 de junio de 2019, apenas un mes antes de haber cumplido los 84 años. 

Chicho Ibáñez Serrador es historia viva de la televisión española. Un mito para los que crecimos en los años 80 del siglo pasado y que cada viernes volvíamos a casa con la ilusión de ver un nuevo Un, dos, tres... concurso que está grabado a fuego en nuestra memoria. Un programa de humor blanco, apto para todos los públicos, que llegaba a juntar delante del televisor a padres e hijos, abuelos y nietos. 

Sin duda, un adelantado a su tiempo que llegó a convertir en oro a todo lo que tocaba y a garantizar un futuro esplendoroso a todos aquellos a los que descubrió para sus programas. 



Pero Chicho no es solo Un, dos, tres... 

Apenas un par de películas sirvieron para que revolucionara el terror patrio. En especial me quedo con ¿Quién puede matar a un niño?, un relato desasosegante que era una adaptación de la novela El juego de los niños del gijonés Juan José Plans (al que luego descubrí en el programa Historias, de RNE). 

Y más que todo eso, quizá, fueron aquellas Historias para no dormir, una serie que también marcó a una generación, esta vez la de mis padres allá por los años sesenta, cuando la televisión apenas estaba empezando en este país. Chicho y su padre, Narciso Ibáñez Menta (otro genio), aterrorizaron a los espectadores en formato en blanco y negro. Todavía es hoy el día en que mi madre recuerda alguno de aquellos capítulos espeluznantes con un escalofrío. 



Coincidí con Chicho en un avión, no recuerdo si de ida o de vuelta al archipiélago canario, hace unos cuantos años y ya estaba el hombre muy desmejorado. Algunos años más tarde coincidí con Mayra Gómez Kemp, icono del Un, dos, tres..., primero como azafata y luego como presentadora, en el Pasapalabra en el que fui humillado. Tengo un recuerdo agradable de ella, y sobre todo del comentario que hizo en una pausa de publicidad en el que dijo que yo me parecía mucho a Chicho cuando era joven. 

Ojalá me pareciera de verdad a este genio, al que no llego ni a la suela de los zapatos. 

Y hasta aquí puedo leer...


domingo, 9 de junio de 2019

Castle

Desde siempre me han gustado las series policíacas, Starsky & Hutch, Los hombres de Harrelson, Canción triste de Hill Street, Spenser..., pero tanto o más que estas me gustan las de suspense. Colombo o Se ha escrito un crimen, por ejemplo. Series que podía ver toda la familia, porque no había sangre y al muerto se le solía ver tapado con una sábana blanca. Era raro también ver el funcionamiento de una persona: la mejor arma del investigador era su cerebro y en el caso de Colombo esa última pregunta que llevaba a descolocar al sospechoso.



La televisión ha cambiado mucho desde que yo era un niño. Muchas cosas son mejores, otras son peores. Pero todavía se pueden encontrar series como las de antes.

Castle es una serie que alcanzó ocho temporadas, lo que no está nada mal en los tiempos frenéticos televisivos que corren actualmente. El protagonista es Rick Castle, un autor de éxito que busca una experiencia real con la policía para documentarse y escribir su nuevo libro. Durante esta experiencia traba relación con la inspectora Kate Beckett, que le impresiona tanto como para inspirarse en ella para su protagonista. Al inicio no se pueden ni ver, pero la cosa acabará de una forma muy diferente...

Y así, amigos, hasta 173 capítulos, la mayor parte de ellos muy entretenidos (el conjunto de la serie puntúa 8,1 en imdb), aunque la liaron con una trama de espionaje y conspiración que quizá no venía muy a cuento y que no aportaba gran cosa. 

Momento inolvidable


Una de las patas del éxito de Castle, además de unos casos de lo más interesantes, es el enorme carisma de sus protagonistas. No solo Castle y Beckett, sino de todos los habituales: Martha (la madre de Castle, interpretada por Susan Sullivan, a la que recordaréis - o no- de Falcon Crest), Alexis (su hija) y los detectives Ryan y Esposito. Todos ellos ayudan a construir una ficción creíble, dándole volumen y perspectiva. 

Otra de las patas, que sustenta o se sustenta en la primera, son los guiones: historias atractivas capítulo a capítulo hacen que los nuevos espectadores se enganchen a la serie; las historias personales de los personajes hacen que la ficción tenga una continuidad y un sabor familiar. 

Y la tercera pata es el tremendo carisma de Nathan Fillion, un actor que hace que de forma inmediata amemos a su personaje, ya sea el capitán de la Firefly, el hombre del tiempo novio de la hija de Phil Dunphy en Modern Family o un cuarentón novato de la policía en The Rookie.

De forma sorprendente, Castle sobrevivió incluso al final de la tensión sexual no resuelta entre Castle y Beckett, que incluso acabaría en boda. Y también a la aparente mala relación entre Nathan Fillion y Stana Katic en la vida real. Con buen criterio decidieron que la ficción no debería sobrevivir a la salida de uno de sus protagonistas y por eso acabaron por darle un final digno, sin hacerla arrastrarse por la parrilla televisiva. 

Otro momento inolvidable


Castle es de lo mejorcito que he visto en televisión en los últimos tiempos y todavía hoy, tres años después de su cierre, me quedo mirando alguno de sus capítulos en las infinintas reposiciones que se hacen en las cadenas de televisión digital.


viernes, 7 de junio de 2019

75 años de Omaha

Omaha la sangrienta
 
Juno

Gold

Utah

Sword

Aquello tuvo que ser escalofriante. Bajar de las lanchas de desembarco, tropezar en la orilla, oír zumbar las balas de una MG42, ver caer a tus compañeros justo a tu lado... 



Ayer se han cumplido 75 años del amanecer del 6 de junio de 1944. El Día D. 

Miles de muchachos británicos, canadienses, estadounidenses, algunos de los cuales ni siquiera sabrían ubicar Francia en un mapa, asaltaron la Fortaleza Europa y abrieron el segundo frente que los rusos llevaban años reclamando. A partir de ahí a Alemania se le fue escapando el aire poco a poco, aunque la guerra duraría casi un año más. 



Lejos de identificar a todo alemán con un nazi (aunque el tema daría para una entrada completa, sobre todo esa silenciosa aceptación del régimen por parte de la inmensa mayoría de la población y salvo muy honrosas excepciones), sí es verdad que seguramente estos muchachos salvaron al continente de un largo período de oscuridad. 



Siempre en el recuerdo, los caídos y los cada vez más escasos supervivientes de aquella jornada.